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El Último Libro

Alphonse Daudet


Cuento


«¡Ha muerto!» me dijo alguien en la escalera. Desde hacía ya unos días esperaba la lúgubre noticia. Sabía que, de un momento a otro, me la iba a encontrar en esta puerta; y, sin embargo, me sorprendió como algo inesperado. Con el corazón triste y los labios temblorosos, entré en esta humilde vivienda de hombre de letras donde el despacho ocupaba la mayor parte, donde el estudio despótico se había adueñado de todo el bienestar, de toda la claridad de la casa.

Estaba allí, tendido en una cama de hierro muy baja; y la mesa cargada de papeles, su gran caligrafía interrumpida en mitad de la página, su pluma aún de pie en el tintero, daban fe de que la muerte lo había golpeado súbitamente. Detrás de la cama, un alto armario de roble, desbordando manuscritos y papeles, se entreabría por encima de su cabeza. A su alrededor, libros, sólo libros, sólo libros: por todas partes, en las estanterías, sobre las sillas, sobre el escritorio, apilados en el suelo en los rincones, hasta al pie de la cama. Cuando escribía ahí, sentado a su mesa, este amontonamiento, estos papeles sin polvo podían agradar a la vista: se sentía la vida, el entusiasmo en el trabajo. Pero, en esta habitación de muerto, parecían algo lúgubre. Todos aquellos pobres libros, que se venían abajo por pilas, parecían dispuestos a marcharse, a perderse en la gran biblioteca del azar, dispersa por las tiendas, por los márgenes del río, por los puestos de viejo, abiertos por el viento y la ociosidad.

Acababa de besarlo y permanecía allí, de pie, mirándolo, aún impresionado por el contacto de aquella frente fría y pesada como una piedra. De repente, la puerta se abrió. Un dependiente de librería, cargado, jadeante, entró alegremente y dejó sobre la mesa un paquete de libros recién salidos de imprenta.

—Un envío de Bachelin —gritó. Luego, al ver la cama, retrocedió, se quitó la gorra y se retiró discretamente.


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4 págs. / 7 minutos / 80 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

En el Camino de Brighton

Richard Middleton


Cuento


Lentamente había trepado el sol por las colinas blancas y duras hasta alumbrar, sin el misterioso ritual del amanecer, un centelleante mundo de nieve. Una fuerte helada había caído por la noche, y los pájaros que saltaban ateridos de un lado a otro no dejaban huellas de su paso en los plateados caminos. En algunos lugares, las abrigadas cavernas de los setos mitigaban la monotonía de blancura que había descendido sobre la coloreada tierra, y allá arriba se fundían los torsos del cielo, del anaranjado al azul profundo, y del azul profundo a un celeste tan pálido que más que espacio ilimitado sugería una tenue pantalla de papel. Un viento frío y silencioso soplaba de los campos, arrancando a los árboles un fino polvillo de nieve, pero sin alcanzar a mover los pesados setos. Una vez superado el horizonte, el sol pareció ascender con más rapidez, y a medida que se elevaba, su calor luchaba con la gelidez del viento.

Quizá haya sido esta extraña alternativa de calor y frío lo que arrancó al vagabundo de su sumo; lo cierto es que forcejeó un instante con la nieve que lo cubría, como un hombre que se revuelve incómodo entre las sábanas, y después se sentó con ojos abiertos e interrogantes.

—¡Cielos! Pensé que estaba en cama —dijo para sus adentros, observando el desnudo paisaje—, y en realidad no me he movido de aquí.

Se desperezó, y levantándose cuidadosamente se sacudió la nieve que le cubría el cuerpo. El viento lo hizo tiritar, y comprendió entonces que su lecho había sido tibio.


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4 págs. / 7 minutos / 165 visitas.

Publicado el 27 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Los Señores Burke y Hare: Asesinos

Marcel Schwob


Cuento


El señor William Burke ascendió desde la más baja condición hasta una eterna celebridad. Nació en Irlanda y empezó como zapatero. Durante varios años ejerció este oficio en Edimburgo, donde trabó amistad con el señor Hare, sobre quien ejerció gran influencia. Dentro de la colaboración de los señores Burke y Hare, no hay duda alguna de que el poder de invención y simplificación perteneció al señor Burke. Sin embargo, sus nombres han permanecido inseparables en el arte, como los de Beaumont y Fletcher juntos vivieron, juntos trabajaron y juntos fueron presos. El señor Hare nunca protestó contra la popularidad con que particularmente se distinguió a la persona del señor Burke: desinterés tan cabal no tuvo su recompensa. Fue el señor Burke quien legó su nombre al procedimiento especial que honró a ambos colaboradores. El monosílabo Burke ha de vivir aún mucho tiempo en boca de los hombres, cuando ya la persona de Hare haya desaparecido en el olvido que injustamente se abate sobre los oscuros trabajadores.


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4 págs. / 7 minutos / 59 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Las Enredaderas Serpiente

Robert E. Howard


Cuento


Esta es la historia que Hansen me contó cuando salió tambaleándose de aquella jungla negra y repugnante de Indochina, se derrumbó a mis pies y se retorció murmurando sonidos inarticulados. Cuando hubo recobrado un poco de lucidez, se quedó tumbado en mi jergón de campaña y entrecortó sus frenéticos gemidos con grandes tragos de whisky que bebía directamente de la botella. Y esto es lo que me dijo:

—¡Amigo mío, yo salí en busca de orquídeas! ¡Orquídeas... Señor! ¡Encontré el horror y la demencia! ¡Por el amor del cielo, no dejes que se me acerque!

—¿Impedir que se te acerqué qué?

—¡La jungla! Esa obscenidad oscura, fétida, ciega y monstruosa... ¡en este mismo momento extiende sus tentáculos de serpiente para alcanzarme! ¡Me busca a tientas en las tinieblas!

Su voz se transformó en un grito penetrante, y uno de mis soldados gurkha se despertó sobresaltado y empezó a disparar a tontas y a locas contra las sombras, convencido de que estábamos siendo atacados por las tribus de las colinas. Conseguí tranquilizar a mis hombres no sin cierto esfuerzo, porque el campamento estaba sobresaltado desde que Hansen salió de la espesura en aquel lamentable estado; sus gritos no ayudaron a arreglar las cosas.

Sin embargo, los disparos parecieron tranquilizar ligeramente a mi amigo, medio loco de terror.

—Vamos, muchacho —dijo, jadeando y tiritando—. No sirve de nada acribillarlas a balazos... pero de ese modo uno se siente mejor.

»Sí, Haldred y yo partimos en busca de orquídeas. En el seno de esa horrible jungla... lejos, muy lejos... en una región donde nunca se había aventurado ningún hombre blanco. Tuvimos algunos problemas con los indígenas, pero nada serio. Maldita sea, hubiera preferido que nos masacraran a los dos antes de que...


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4 págs. / 7 minutos / 90 visitas.

Publicado el 9 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Membrillo

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—Acabo de ver a la pobre Betsy Mullen —le anunció Vera a su tía, la señora Bebberly Cumble—. Parece que lleva bastante mal lo de la renta. Debe unas quince semanas y dice que no sabe dónde puede conseguir el dinero.

—Betsy Mullen siempre tiene dificultades con el alquiler, y cuanto más le ayuda la gente menos se preocupa al respecto —contestó la tía—. Lo que es seguro es que no voy a ayudarla más. La verdad es que tendrá que irse a una casita más pequeña y barata; hay varias al otro lado del pueblo por la mitad del alquiler que está pagando, o que se supone debería estar pagando. Hace ya un año que le dije que debía mudarse.

—Pero no conseguiría un jardín tan agradable en ningún otro lugar —protestó Vera—. Con ese membrillo tan alegre en la esquina. Creo que no existe otro membrillo en toda la parroquia. Además, jamás hace dulce de membrillo; creo que tener un membrillo y no hacer dulce con él demuestra una gran fuerza de carácter. No es posible que abandone ese jardín.

—Cuando una tiene dieciséis años dice que son imposibles algunas cosas que simplemente son desagradables —contestó severamente la señora Bebberly Cumble—. No sólo es posible que Betsy Mullen se mude a una casa más pequeña, sino también deseable; apenas tiene muebles suficientes para llenar esa gran casa.

—Si hablamos de valor —añadió Vera tras una breve pausa—, hay más en la casa de Betsy que en cualquier otra casa en millas a la redonda.

—Tonterías; hace tiempo que se deshizo de toda la porcelana antigua que tenía —dijo la tía.

—No estoy hablando de nada que pertenezca a la propia Betsy —añadió oscuramente Vera—. Pero claro, no sabes lo que yo sé, y supongo que no debería decírtelo.


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4 págs. / 7 minutos / 58 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

El Poder de las Palabras

Edgar Allan Poe


Diálogo


Oinos.—Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu al que acaban de brotarle las alas de la inmortalidad.

Agathos.—Nada has dicho, Oinos mío, que requiera ser perdonado. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. En cuanto a la sabiduría, pide sin reserva a los ángeles que te sea concedida.

Oinos. —Pero yo imaginé que en esta existencia todo me sería dado a conocer al mismo tiempo, y que alcanzaría así la felicidad por conocerlo todo.

Agathos.—¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en su adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio.

Oinos.—El Altísimo, ¿no lo sabe todo?

Agathos.—Eso (puesto que es el Muy Bienaventurado) debe ser aún la única cosa desconocida hasta para Él.

Oinos. —Sin embargo, puesto que nuestro saber aumenta de hora en hora, ¿no llegarán por fin a ser conocidas todas las cosas?

Agathos.—¡Contempla las distancias abismales! Trata de hacer llegar tu mirada a la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras erramos lentamente entre ellas... ¡Más allá, siempre más allá! Aun la visión espiritual, ¿no se ve detenida por las continuas paredes de oro del universo, las paredes constituidas por las miríadas de esos resplandecientes cuerpos que el mero número parece amalgamar en una unidad?

Oinos.—Claramente percibo que la infinitud de la materia no es un sueño.


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4 págs. / 7 minutos / 2.620 visitas.

Publicado el 9 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Barco del Tesoro

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


El gran galeón yacía semienterrado bajo la arena, los yuyos y el agua de la bahía septentrional donde los azares de la guerra y el tiempo lo habían instalado. Habían pasado tres siglos y un cuarto desde que había navegado en alta mar como una importante unidad de un escuadrón de guerra; precisamente en qué escuadrón era el punto en que los expertos no se ponían de acuerdo. El galeón no había aportado nada al mundo, pero según la tradición y la información, se había llevado mucho de él. ¿Pero cuánto? En esto nuevamente los expertos estaban en desacuerdo. Algunos eran tan generosos en sus cálculos como un asesor de impuestos, otros aplicaban una crítica más fuerte a los cofres del tesoro sumergidos, y otros rebajaban su contenido a una moneda de oro ficticio. A la primera clase pertenecía Lulú, duquesa de Dulverton.


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4 págs. / 7 minutos / 144 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Los Fabuladores

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era otoño en Londres, esa bendita estación entre la aspereza del invierno y las insinceridades del verano; una estación confiable cuando se compran bulbos y cada uno procede a registrar su voto, creyendo perpetuamente en la primavera y en un cambio de gobierno.

Morton Crosby estaba sentado en un banco en un apartado rincón de Hyde Park, disfrutando indolentemente de un cigarrillo y observando el paseo de un par de gansos árticos que pastaban lentamente; el macho parecía una edición albina de la rojiza hembra. Con el rabillo del ojo Crosby también advertía con cierto interés los vacilantes giros de una figura humana, que había pasado y vuelto a pasar por su asiento dos o tres veces a intervalos cada vez más cortos, como un cuervo cauteloso a punto de posarse cerca de un bocado posiblemente comestible. Inevitablemente, la figura vino a ubicarse en el banco a una distancia adecuada como para conversar con su ocupante original. La vestimenta desaliñada, la agresiva barba grisácea y la mirada furtiva, evasiva, del recién llegado, delataban al vendedor ambulante profesional, el hombre que soportaría horas humillantes de hilvanar historias y soportar desaires antes que aventurarse en un trabajo decente de media jornada.

Durante un rato, el recién llegado mantuvo la mirada fija hacia el frente con una mirada enérgica aunque sin ver nada; luego su voz resonó con la inflexión de alguien que tiene una historia para contar digna del tiempo requerido por cualquier persona inactiva para escucharla.

—Es un mundo extraño —dijo.

Como la declaración no recibió repuesta, le dio la forma de una pregunta.

—Me atrevo a decir que usted ha descubierto que éste es un mundo extraño, señor.

—En lo que me concierne —dijo Crosby—, la extrañeza se ha agotado en el curso de treinta y seis años.


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Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Bofetada a Charlotte Corday

Alejandro Dumas


Cuento


—Soy —dijo— hijo del famoso Comus, físico del rey y de la reina; mi padre, al que su apodo burlesco hizo que lo incluyeran entre los prestidigitadores y charlatanes, era un sabio distinguido de la escuela de Volta, de Galvani y de Mesmer. Fue el primero que, en Francia, se ocupó de fantasmagoría y de electricidad, pronunciando conferencias de matemáticas y de física en la corte.

"La pobre María Antonieta, que yo vi veinte veces, y que más de una vez me tomó de las manos y me besó cuando estaba recién llegada a Francia, es decir, cuando yo era un niño, María Antonieta era gran admiradora suya. A su paso por París, en 1777, el emperador Joseph II declaró que no había visto nada más curioso que Comus.

"En medio de todo eso, mi padre se ocupaba de la educación de mi hermano y de la mía, iniciándonos en todo cuanto sabía de ciencias ocultas y en un montón de conocimientos galvánicos, físicos, magnéticos, que hoy son ya de dominio público, pero que en aquellos momentos eran secretos, privilegio sólo de unos pocos; el título de físico del rey, hizo que mi padre fuera encarcelado en 1793; pero, gracias a algunas amistades que yo tenía en la Montaña, conseguí que lo liberaran. Mi padre se retiró a esta misma casa en la que vivo ahora, y falleció en 1807, a la edad de setenta y seis años.

"Volvamos a mí. Acabo de mencionar mi amistad con miembros de la Montaña. Estaba relacionado efectivamente con Danton y con Camille Desmoulins. A Marat lo había conocido más como médico que como amigo. Pero, en fín, lo había conocido. Como consecuencia de la relación que tuve con él, por corta que fuera, el día en que condujeron a la señorita de Corday al cadalso, decidí asistir a su ejecución."

—Yo iba exactamente —interrumpí— a ayudarle en su discusión con el doctor Robert acerca de la persistencia de la vida, contando un hecho que la historia ha consignado relativo a Charlotte de Corday.


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Publicado el 23 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Espectro en el Umbral

Robert E. Howard


Cuento


Lo sobrenatural siempre ha jugado un papel importante, no solo en el folclore, sino en la verdadera historia de Irlanda. Aparte de los Duine Sidh, los espíritus de la tierra, los Leprechaun, o Leuhphrogan, el Geancanach o la Cloblier-ceann, y demás espíritus como las hadas, comunes a toda la isla y a toda la raza, existen espíritus locales, y resulta difícil encontrar una sola familia irlandesa que no cuente con su propio fantasma o aparición.

Lo que se disponen a leer a continuación es una traducción del gaéèlico de las Memorias del capitán Turlogh Kirowan, que ejerció dicho rango en Francia, durante el reinado de Luis XIV, en 165—. La vida del capitán Kirowan resulta sumamente turbulenta. Nació en la ciudad de Galway, pero su madre era una O’Sullivan del Condado de Kerry. Participó en primera línea en la mayoría de los complots y revueltas contra el gobierno inglés y fue en 1650, durante la increíble severidad del sangriento dominio de Cromwell en Irlanda, cuando tuvieron lugar los siguientes sucesos. Kirowan le era bien conocido a Cromwell, tanto por su valor como por su habilidad, y el célebre hipócrita de manos ensangrentadas, que rugía blasfemias contra la voluntad Divina mientras repartía muerte a diestro y siniestro, había ofrecido un alto precio por la cabeza del valiente capitán de Galway. Podemos estar seguros de que Cromwell andaba a la búsqueda de Kirowan, aunque fuera por medio de terceros. El puritano psicópata se encontraba en su elemento a la hora de masacrar a mujeres y niños, pero no tenía agallas para enfrentarse con Kirowan, hombre a hombre.


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4 págs. / 7 minutos / 123 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

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