Capítulo I
Durante el duro invierno de 1860, el Oise se heló,
las llanuras de la baja Picardía quedaron cubiertas por grandes nevadas
y, sobre todo, llegó una borrasca del Nordeste que casi sepultó la
ciudad de Beaumont el día de Navidad. La nieve, que ya había empezado a
caer por la mañana, arreció por la tarde y se fue acumulando durante
toda la noche. Empujada por el viento, se precipitaba en la parte alta
de la ciudad, en la calle de los Orfebres, en cuyo extremo se encuentra
como encajada la fachada norte del crucero de la catedral, y golpeaba la
puerta de santa Inés, la antigua portada románica, ya casi gótica,
decorada con numerosas esculturas bajo la desnudez del hastial. Al día
siguiente, al alba, casi alcanzaba en ese lugar una altura de tres pies.
La calle aún dormía, emperezada por la fiesta de la víspera. Dieron
las seis. En las tinieblas, azuladas por la caída lenta e insistente de
los copos, sólo daba señales de vida una forma indecisa, una niña de
nueve años que, refugiada bajo las arquivoltas de la portada, había
pasado allí la noche tiritando y resguardándose lo mejor que pudo. Iba
cubierta de andrajos y tenía la cabeza envuelta en un jirón de pañuelo, y
los pies, desnudos dentro de unos grandes zapatos de hombre.
Seguramente, había ido a parar a aquel lugar después de haber estado
recorriendo la ciudad durante mucho tiempo, ya que había caído allí de
puro cansancio. Para ella, era el fin del mundo, pues ya no le quedaba
nadie ni nada, el abandono final, el hambre que corroe, el frío que
mata; en su debilidad, ahogada por la pesada carga que oprimía su
corazón, dejaba de luchar, y, cuando una ráfaga de viento arremolinaba
la nieve, no le quedaba sino el alejamiento físico, el instinto de
cambiar de lugar, de hundirse en aquellas viejas piedras.
Información texto 'El Sueño'