1. El disparo
Raimunda aguzó el oído. De nuevo y por dos veces
consecutivas aquel ruido se hizo escuchar lo bastante claro para poder
diferenciarlo de los demás ruidos confusos que violaban el silencio de
la noche; pero era a la vez tan débil que ella no hubiera sabido decir
si su origen había sido próximo o lejano, si se producía dentro de los
muros del vasto castillo o bien fuera, entre los rincones tenebrosos del
parque.
Se levantó despacio. Su ventana estaba entornada y la abrió de par
en par. La claridad de la luna descansaba sobre un tranquilo paisaje de
céspedes y bosquecillos donde las ruinas dispersas de la antigua abadía
se recortaban formando siluetas trágicas, columnas truncadas, ojivas
incompletas, esbozos de pórticos y fragmentos de arbotantes. Un ligero
vientecillo flotaba sobre la superficie de las cosas, deslizándose por
entre las ramas desnudas e inmóviles de los árboles, pero agitando las
hojas recién nacidas de los macizos.
Y de pronto, el mismo ruido… Provenía del lado de la izquierda y
por encima del piso en que ella vivía, es decir, de los salones que
ocupaban el ala occidental del castillo.
Aun siendo valiente y fuerte, la joven sintió la angustia del miedo. Se puso sus ropas de noche y tomó las cerillas.
—Raimunda… Raimunda…
Una voz débil como un suspiro la llamaba desde la habitación
vecina, cuya puerta no estaba cerrada. Se dirigió hacia allí a tientas,
cuando Susana, su prima, saltó a su encuentro y se arrojo sobre sus
brazos.
—Raimunda…, ¿eres tú?… ¿Has oído?…
—Sí… ¿Entonces no duermes?
—Creo que es el perro el que me ha despertado… hace ya largo tiempo… Pero después no ha vuelto a ladrar. ¿Qué hora será?
—Deben ser aproximadamente las cuatro.
—Escucha… Alguien anda caminando por el salón.
—No hay peligro. Tu padre está allí, Susana.
Información texto 'Arsenio Lupin y la Aguja Hueca'