INTRODUCCIÓN
El Viajero a través del Tiempo (pues convendrá llamarle así al hablar
de él) nos exponía una misteriosa cuestión. Sus ojos grises brillaban
lanzando centellas, y su rostro, habitualmente pálido, mostrábase
encendido y animado. El fuego ardía fulgurante y el suave resplandor de
las lámparas incandescentes, en forma de lirios de plata, se prendía en
las burbujas que destellaban y subían dentro de nuestras copas. Nuestros
sillones, construidos según sus diseños, nos abrazaban y acariciaban en
lugar de someterse a que nos sentásemos sobre ellos; y había allí esa
sibarítica atmósfera de sobremesa, cuando los pensamientos vuelan
gráciles, libres de las trabas de la exactitud. Y él nos la expuso de
este modo, señalando los puntos con su afilado índice, mientras que
nosotros, arrellanados perezosamente, admirábamos su seriedad al tratar
de aquella nueva paradoja (eso la creíamos) y su fecundidad.
—Deben ustedes seguirme con atención. Tendré que discutir una o dos
ideas que están casi universalmente admitidas. Por ejemplo, la geometría
que les han enseñado en el colegio está basada sobre un concepto
erróneo.
—¿No es más bien excesivo con respecto a nosotros ese comienzo? —dijo Filby, un personaje polemista de pelo rojo.
—No pienso pedirles que acepten nada sin motivo razonable para ello.
Pronto admitirán lo que necesito de ustedes. Saben, naturalmente, que
una línea matemática de espesor nulo no tiene existencia real. ¿Les han
enseñado esto? Tampoco la posee un plano matemático. Estas cosas son
simples abstracciones.
—Esto está muy bien —dijo el Psicólogo.
—Ni poseyendo tan sólo longitud, anchura y espesor, un cubo tener existencia real.
—Eso lo impugno —dijo Filby—. Un cuerpo sólido puede, por supuesto, existir. Todas las cosas reales...
Información texto 'La Máquina del Tiempo'