Aquella mañana me había retrasado más de la cuenta en ir a la
escuela, y me temía una buena reprimenda, porque, además, el señor Hamel
nos había anunciado que preguntaría los participios, y yo no sabía ni
una jota. No me faltaron ganas de hacer novillos y largarme a través de
los campos.
¡Hacía un tiempo tan hermoso, tan claro! Se oía a los mirlos silbar
en la linde del bosque, y en el prado Rippert, tras el aserradero, a los
prusianos que hacían el ejercicio. Todo esto me atraía mucho más que la
regla del participio; pero supe resistir la tentación y corrí
apresuradamente hacia la escuela.
Al pasar por delante de la Alcaldía vi una porción de gente parada
frente al tablón de anuncios. Por él nos venían desde hacía dos años
todas las malas noticias, las batallas perdidas, las requisiciones, las
órdenes de la Kommandature, y, sin pararme, me preguntaba para mis
adentros: “¿Qué es lo que todavía puede ocurrir?”
Entonces, al verme atravesar la plaza a la carrera, el herrero Watcher, que estaba con su aprendiz leyendo el bando, me gritó:
—No te molestes tanto, muchacho; todavía llegas a la escuela bastante a tiempo.
Me pareció que me hablaba con sorna, y entré sin aliento en el patio de la escuela.
De ordinario, al comenzar la clase, se levantaba un gran alboroto,
que se oía hasta en la calle: los pupitres, que abríamos y cerrábamos;
las lecciones, que repetíamos a voces todos a un tiempo, tapándonos los
oídos para aprenderlas mejor, y la ancha palmeta del maestro, que
golpeaba la mesa:
—¡Silencio! ¡Un poco de silencio!
Información texto 'La Última Clase'