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Poemas de polvo y agua

Enrique Floriano


Poesía


 EL CLIMA


El pronóstico del sueño previene de un río amargo de fantasmas en las sienes y un correr entre escenarios. Serán las próximas horas de aguaceros en las manos y una voz desconocida
que vendrá de tres a cuatro. Clara inestabilidad
a la altura de los cráneos
y un relato en blanco y negro que dirá entre saltos algo.

Serán nubes en los dedos recuerdos desmenuzados, bloques para el día a día
de un presente diluviando. Llegará el persecutor
en las lluvias del espanto; tal vez no te dará alcance mas no podrás alejarlo. Vendrá azul de boca a pecho cual viento desde un pasado, un calor en granizada
y un beso que sabe a plagio. Una música de cielo

—más relámpago que canto y más cántaro que mar— moverá el mordido labio. Inundado el pensamiento inventará algún presagio como una voz en los ojos
o un escombro decorado.

24 de septiembre de 2023





OLAS INMERECIDAS


Ya no hay mar,
para estos ojos ciegos ya no se siente el mar,

si acaso todavía ruge a lo lejos
la canción de olas inmerecidas,
y aún deja el aire en nuestra ropa
el nombre del agua sibilante.
Y cómo nos grita el sin sentido
de las huellas en la arena
cuando al mediodía el mar intenta sin nosotros la gravedad de otros huecos planetarios.
Y hacia estos se empeña el mar
con terrena humedad de cangrejos y horizontes.


Con gracia se esfuerza cabalgando
sobre el amor de un millón de trotes marsupiales
Son culpables todas estas manos solitarias,

voluntariosas en palpar desde lejos
lo que exige amor con nuestros poros,
que marchó el gran mar de las sirenas hacia la otra cara prometida del silencio.

18 de septiembre de 2023



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Dominio público
33 págs. / 58 minutos / 68 visitas.

Publicado el 3 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

La carta muerta

Metta Victor


Novela


PARTE I


Capítulo 1: La carta



El pueblo de Blankville es uno de los más hermosos de ese valle del Hudson, famoso por su belleza. Se asienta sobre la falda de las colinas, mirando hacia el río, con sus iglesias de altas agujas, sus elegantes mansiones y sus calles sombreadas por olmos centenarios. En la época de la que hablo, yo era un joven abogado que apenas comenzaba a abrirse camino en el despacho del señor Burton, uno de los hombres más respetados de la región.

Nada parecía perturbar la paz de aquel lugar, hasta que ocurrió el evento que habría de cambiar nuestras vidas para siempre. El señor Burton no era solo mi mentor, sino también el padre de Eleanor, la joven a quien yo amaba con toda la devoción de mi primer romance. La vida se presentaba ante mí como un camino despejado, lleno de promesas y felicidad.

Recuerdo perfectamente aquella tarde de octubre. El aire era fresco y las hojas comenzaban a teñirse de rojo y oro. Nada en la atmósfera presagiaba la tragedia. Sin embargo, el destino ya había movido sus piezas. Henry Moreland, el prometido de la otra hija del señor Burton y un hombre querido por todos, debía llegar al pueblo tras un breve viaje de negocios. Pero Henry nunca llegó a la estación.

Su desaparición fue el primer eslabón de una cadena de horrores que dejaría a Blankville sumida en el miedo. Las búsquedas iniciales no dieron fruto, y lo que comenzó como una preocupación por un posible retraso, pronto se convirtió en una angustia sofocante. Fue entonces cuando el instinto de detective del señor Burton comenzó a despertar, presintiendo que no estábamos ante un simple accidente, sino ante algo mucho más oscuro y premeditado.


Capítulo 2: Sucesos de una noche




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Dominio público
293 págs. / 8 horas, 33 minutos / 62 visitas.

Publicado el 5 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

Una era de cristal

W. H.Hudson


Novela, Ciencia ficción


PREFACIO

Los romances del futuro, por muy fantásticos que sean, despiertan en la mayoría de nosotros un interés permanente, aunque leve, ya que nacen de un sentimiento muy común: una sensación de insatisfacción con el orden existente, combinada con una fe vaga o una esperanza en uno mejor que vendrá. La imagen que se nos presenta es falsa; la sabíamos que sería falsa antes incluso de verla, ya que no podemos imaginar lo desconocido más de lo que podemos construir sin materiales. Nuestra atmósfera mental nos rodea y nos encierra como nuestra propia piel; nadie puede presumir de haber escapado de esa prisión. El vasto y desmesurado panorama se extiende ante nosotros, pero, como añade tristemente el poeta, "nubes y tinieblas reposan sobre él". Sin embargo, no podemos suprimir toda curiosidad, ni dejar de preguntarnos unos a otros: ¿cuál es tu sueño, tu ideal? ¿Cuál es tu Noticias del Aquí y Ahora, o más bien, cuál es el resultado del pequeño empujón que tu mano ha dado al viejo juguete de cartón con una docena de cristales de colores como contenido? Y, lo más importante de todo, ¿puedes presentarlo en forma de narrativa o romance que me permita pasar una hora de ocio sin aburrimiento? ¿Cómo, por ejemplo, se compara con otros libros proféticos en la estantería?


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Creative Commons
162 págs. / 4 horas, 44 minutos / 46 visitas.

Publicado el 13 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

La pequeña casa en Allington

Anthony Trollope


Novela


 Capítulo 1

El señor de Allington

Por supuesto, había una Casa Grande en Allington. ¿De qué otro modo podría haber existido una Casa Pequeña? Nuestra historia, como su nombre indica, tendrá sus vínculos más estrechos con quienes vivían en el menos digno de ambos domicilios; pero también guardará relación con el más distinguido, y será conveniente que, en primera instancia, dedique unas palabras a la Casa Grande y a su propietario.

Los señores de Allington lo habían sido desde que se tiene noticia en Inglaterra de tales hacendados, al menos tal y como se conocen hoy. De padre a hijo, de tío a sobrino y, en una ocasión, de primo segundo a primo segundo, el cetro había descendido en la familia de los Dale; y los acres habían permanecido intactos, aumentando en valor y no disminuyendo en número, pese a no estar protegidos por ningún mayorazgo ni por una dosis asombrosa de prudencia o sabiduría. Las tierras de los Dale de Allington habían sido colindantes con la parroquia de Allington durante algunos siglos; y aunque, como he dicho, la estirpe de los señores no había poseído una discreción sobrehumana, y quizá no se había guiado en su paso por la vida por principios muy definidos, había habido en ellos tal adhesión a una ley sagrada que ni un solo acre de la propiedad se había separado jamás de las manos del señor de turno.


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Dominio público
781 págs. / 22 horas, 47 minutos / 50 visitas.

Publicado el 2 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

El paso del lobo

William Byron Mowery


Cuento


Sucedió en un desolado tramo de transporte de canoas, a unos treinta kilómetros adentrándose en la naturaleza virgen desde el puesto de la Policía Montada en Bighorn. Le pasó a Sylvia. El desastre se presentó de golpe; fue una desgracia horrible, exactamente como Lorn lo había profetizado cuando le ordenó que no saliera sola a explorar el bosque esa semana.

Cargando su pequeña y elegante canoa de corteza de abedul durante los cien pasos que separaban el punto de desembarque del de partida, Sylvia caminaba por un sendero de osos bajo los enormes pinos amarillos. A su alrededor había señales de peligro que debieron haberla alertado. En la densa y musgosa arboleda a su derecha, un arrendajo canadiense graznaba con furia ante la presencia de algo. Un conejo de nieve, con los ojos saltones de puro susto, salió disparado de entre los arbustos y cruzó su camino de un salto. Una familia de reyezuelos de Sitka lanzaba su agudo "grito de serpiente" ante alguna amenaza acechante, fuera hombre o bestia.

Pero para Sylvia, una chica de ciudad que aún no conocía el lenguaje de esta naturaleza salvaje de las Rocosas del Norte, aquellas señales claras que gritaban "¡Cuidado! ¡Cuidado!" no significaban nada. Y si acaso pensaba en la advertencia de su marido, lo hacía con un desafiante desprecio hacia él por ordenarle no abandonar el puesto mientras él no estuviera.

¡Ella no era una de sus subordinadas bajo su mando! ¡Qué importaba si él era el inspector Hastings; haberse casado con él no significaba que se hubiera enlistado en la Policía Montada!


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20 págs. / 36 minutos / 32 visitas.

Publicado el 22 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

El monstruo de metal

Abraham Merritt


Novela, Ciencia ficción


Obra original: The Metal Monster, 1930, en dominio públicoTraductor al español: Artifacs, 2021, CC-BY-NC-SA 4.0.




PRÓLOGO
Antes de que la narración que sigue fuese puesta en mis manos, nunca había visto al Dr. Walter T. Goodwin, su autor.
Cuando la Asociación Internacional de Ciencias me entregó el manuscrito que revela sus aventuras entre las prehistóricas ruinas de Nan-Matal (La Fuente Lunar) en las Carolinas para que yo lo editara y lo revisara a fin de cumplir con los requisitos de una presentación popular, el Dr. Goodwin había dejado América. Él había explicado que seguía demasiado conmovido, demasiado deprimido, para poder recordar experiencias que inevitablemente debían llevar consigo renovados recuerdos de aquellos a quienes amaba tan bien y de quienes, sentía él, estaba separado con toda probabilidad para siempre.
Yo tenía entendido que había ido a alguna parte remota de Asia para realizar ciertos estudios botánicos y, por tanto, fue con la más viva sorpresa e interés que recibí una citación del presidente de la Asociación para encontrarme con el Dr. Goodwin en un lugar y hora designados.
A través de mi detenido estudio de los artículos de La Fuente Lunar, me había formado una imagen mental de su escritor. También había leído esos volúmenes de investigación botánica que lo habían colocado muy por encima de todos los demás científicos estadounidenses en este campo, deduciendo de su curiosa mezcla de observaciones extremadamente técnicas y descripciones minuciosamente precisas, aunque extraordinariamente poéticas, pistas para ampliar mi imagen de él. Me complació descubrir que había dibujado una bastante buena.
El hombre que me presentó el presidente de la Asociación era robusto, bien formado, un poco por debajo de la media. Tenía una frente ancha, pero lo bastante baja para que me recordara un poco al difunto mago eléctrico Steinmetz.


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272 págs. / 7 horas, 56 minutos / 41 visitas.

Publicado el 16 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

Rosas muertas

Laura Méndez de Cuenca


Cuento


Quedó resuelto que saldríamos a veranear. Nos lo pedían los huesos helados por la incesante lluvia del invierno, los músculos ateridos clamaban por un poco de sol, los ojos cansados de la inmensidad gris del mar anhelaban salir de lo verde en la campiña y el matiz de las gayas flores. Mientras llegó el día de la marcha y nos ocupamos en preparativos de viaje, la tarea diaria se nos hizo más llevadera.

“Seremos veinte los de la expedición” —pensábamos— y por aquella porción menguada de la gran masa que poblaba la ciudad porteña, sentíamos particular simpatía, cuanto era desdén indiferente por el enjambre humano que íbamos a dejar atrás. Qué se nos iba o se nos venía de que los demás se ahogaran o se secaran como pergamino. El sentimiento egoísta que nace de la aglomeración humana en lucha por la existencia era la única muestra de sentir que a mí me daba el corazón.

Con el embarazoso bulto de las tiendas de campaña plegadas hasta lo mínimo, y provisiones de boca hasta para un mes, salimos de la ciudad el 4 de julio, día de aniversario de la independencia norteamericana, día terrible, como del juicio final, hasta para los mismos nacionales. La ciudad estaba envuelta en humo, y aletargada con el monótono crac crac de los cohetes chinos, que a las puertas de las casas quemaban los niños y viejos en señal de patriótico regocijo. Causaba tedio. Nada dice al espíritu del extranjero el sentimiento de un pueblo cuya vida no se ha podido identificar; y eso mismo me acontecía. ¿Qué se me daba de Jorge Washington y sus hazañas en aquel terruño, cuya historia no es la de México y en el cual mis pies solicitaban con recelo el privilegio de pasar?

Por la gran avenida empezaba a agruparse la gente a presenciar el desfile de la parada, y ya las carretas, empavesadas del comercio que éste suele enviar como reclamo, aguardaban su turno metidas en una y otra acera.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 20 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

Estaba escrito

Laura Mendez de Cuenca


Cuento



Aquella mañana Marcial y Camila salieron a pasear muy temprano. Marcial estaba sombrío, aunque hacía esfuerzos por ocultarlo, fingiendo reír hasta enseñar los dientes, pero con una risa estúpida que no tenía razón de ser. La mañana estaba azul, las flores frescas de rocío y el río echaba espuma como caballo cansado: todo motivo para sentir alegría. Pero en un hombre taciturno y enfermo como Marcial, eternamente dolorido del género humano y sin avenimiento con las ridiculeces del siglo, no cabía risa verdadera.

Marcial era por instinto un quijotesco fuera de época, exagerado en su moral, dispuesto a desfacer entuertos aunque arriesgara vida y hacienda. Ignoraba la existencia de Cervantes y de su ilustre manchego, pero hubiera sido trovador provenzal si el destino no lo hubiera hecho nacer en un pueblo de México y ser maromero por educación y necesidad. Su padre fue el ecuestre más notable de las compañías de funámbulos que recorrían la república; su madre, hábil acróbata de salón. Así que Marcial nació para el trapecio.

Camila, por su parte, era hija de una acróbata enferma de tisis, que murió pronto. La niña fue recogida por la familia de Marcial. Creció en el ambiente del circo, con libertad de acción y lenguaje atrevido, pero sin corromper su corazón. Sabía de la vida y presentía el amor, alegre y feliz, sin nervios ni preocupaciones.

Sentados bajo un mezquite junto al río, Marcial atrajo dulcemente a Camila y le dijo: —Camila, yo te amo. ¿Quieres ser mi esposa? ¿Quieres que nos casemos y no volvamos jamás al trapecio?

La muchacha creyó estar soñando. No subir más al horrible trapecio, tan alto y áspero… Pero recordó que esa misma noche debía trabajar sin red, en el trapecio volante y doble. No respondió, solo sonrió tristemente. —¿No me amas? —preguntó él.


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1 pág. / 3 minutos / 22 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

Sombras acechantes

William Le Queux


Novela, Detectives, Crimen


Obra original: Poison Shadows – Wiliam Le Queux, 1927. 

Edición: Traducción por Fernando Guzmán, 2025. 

Nota legal: La obra original en inglés está en dominio público. Esta obra derivada se distribuye bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0 International (CC BY 4.0).




I. Un alma en venta

—Tienes que ser firme, Gordon. No importa en lo más mínimo si Sibell lo ama o lo detesta. Tiene que casarse con él, de lo contrario ambos vamos a acabar en la ruina. Así que nada de discusiones. ¿Estás de acuerdo? —preguntó la mujer.

—Por supuesto que estoy de acuerdo, querida Etta. Pero mi pupila es terca y se niega rotundamente a volver a verlo —respondió el hombre calvo y deforme que estaba junto a Lady Wyndcliffe, en la ventana del salón privado que daba a las arenas doradas y el mar veraniego frente al Grand Hotel, en la Digue de Knocke, en la costa belga.

—¡Qué tontería! ¡Hay que hacerla entrar en razón! —replicó la mujer esbelta, de cabello oscuro y rostro atractivo, vestida con un vaporoso vestido a rayas azules que delataba discretamente a la modista parisina.—Otway es simpático, sí, pero no tiene un centavo, mientras que Gretton heredó más de medio millón de su padre, quien hizo un buen negocio con lana durante la guerra y gracias a eso llegó a ser alcalde de Bradford. Gussie es medio tonto, pero eso nos conviene. Ambos necesitamos dinero con urgencia. Y hasta ahora he jugado bien mis cartas: él está loco por ella. Solo hay que deshacerse de Otway a toda costa. Un joven médico sin recursos no sirve para Sibell.

—Estoy de acuerdo con cada palabra —dijo el extraño jorobado, Gordon Routh, con su voz aguda y chillona—. Tú y yo hemos hecho muchos negocios que nos han resultado satisfactorios, y ahora, ¿no es curioso que estemos negociando el futuro de la chica?


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Creative Commons
249 págs. / 7 horas, 17 minutos / 56 visitas.

Publicado el 8 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

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