Meditaciones
Marco Aurelio
Filosofía
Dominio público
153 págs. / 4 horas, 28 minutos / 3.483 visitas.
Publicado el 8 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
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Dominio público
153 págs. / 4 horas, 28 minutos / 3.483 visitas.
Publicado el 8 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
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270 págs. / 7 horas, 53 minutos / 116 visitas.
Publicado el 25 de mayo de 2026 por Fernando Guzmán.
Era una amplia estancia, de techo alto y ricamente amueblada. Sus dos ventanas daban a un parque cuyos altos árboles se alzaban demasiado cerca de la casa. Un biombo apenas lograba aislar del resto de la habitación la cama, colocada en el centro, donde yacía una joven. Su cabello castaño, cuidadosamente trenzado y extendido sobre la almohada, formaba una especie de aureola alrededor de su cabeza. Su rostro, aunque contraído por el dolor, conservaba belleza; las cejas fruncidas dibujaban una línea recta. De sus labios finos y bien delineados escapaba, de vez en cuando, un gemido, y bajo la sábana que la cubría se adivinaba cómo su cuerpo se tensaba.
Junto a la cama permanecía un grupo de personas atentas: un anciano vestido de frac, con una condecoración prendida en la solapa; un hombre más joven, de expresión inteligente, con bata blanca; y dos enfermeras. En la hora en que toda mujer, herida en su cuerpo y en su pudor, tiene derecho a permanecer sola, varias personas rodeaban a aquella mujer que sufría. Pertenecía, en efecto, a una casta en la que ni el dolor ni la alegría podían mantenerse en secreto, y la emperatriz de Austria, Isabel, de apenas veinte años, estaba obligada a dar a luz en público.
Junto a una de las ventanas se encontraba un hombre bajo y rechoncho, de piernas cortas: Su Alteza Imperial y Real, el archiduque Raniero. Conversaba en voz baja con el consejero íntimo Carlos Fernando, conde de Buol-Schauenstein. Otros tres personajes, vestidos con uniforme, contemplaban en silencio el parque y sus avenidas rectas, ya cubiertas por las sombras del atardecer. Dos damas, sentadas en un rincón, cuchicheaban entre sí.
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169 págs. / 4 horas, 57 minutos / 19 visitas.
Publicado el 26 de julio de 2026 por Fernando Guzmán.
Aquella mañana Marcial y Camila salieron a pasear muy temprano. Marcial estaba sombrío, aunque hacía esfuerzos por ocultarlo, fingiendo reír hasta enseñar los dientes, pero con una risa estúpida que no tenía razón de ser. La mañana estaba azul, las flores frescas de rocío y el río echaba espuma como caballo cansado: todo motivo para sentir alegría. Pero en un hombre taciturno y enfermo como Marcial, eternamente dolorido del género humano y sin avenimiento con las ridiculeces del siglo, no cabía risa verdadera.
Marcial era por instinto un quijotesco fuera de época, exagerado en su moral, dispuesto a desfacer entuertos aunque arriesgara vida y hacienda. Ignoraba la existencia de Cervantes y de su ilustre manchego, pero hubiera sido trovador provenzal si el destino no lo hubiera hecho nacer en un pueblo de México y ser maromero por educación y necesidad. Su padre fue el ecuestre más notable de las compañías de funámbulos que recorrían la república; su madre, hábil acróbata de salón. Así que Marcial nació para el trapecio.
Camila, por su parte, era hija de una acróbata enferma de tisis, que murió pronto. La niña fue recogida por la familia de Marcial. Creció en el ambiente del circo, con libertad de acción y lenguaje atrevido, pero sin corromper su corazón. Sabía de la vida y presentía el amor, alegre y feliz, sin nervios ni preocupaciones.
Sentados bajo un mezquite junto al río, Marcial atrajo dulcemente a Camila y le dijo: —Camila, yo te amo. ¿Quieres ser mi esposa? ¿Quieres que nos casemos y no volvamos jamás al trapecio?
La muchacha creyó estar soñando. No subir más al horrible trapecio, tan alto y áspero… Pero recordó que esa misma noche debía trabajar sin red, en el trapecio volante y doble. No respondió, solo sonrió tristemente. —¿No me amas? —preguntó él.
Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 43 visitas.
Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
El
silencio de la sala, que se había interrumpido cuando el presidente
del jurado entregó su veredicto, se hizo aún más profundo. El
juez, dirigiendo una rápida mirada por encima de sus lentes al alto
prisionero, ordenó sus documentos con esa precisión y método que
los hombres mayores muestran en momentos de tensión como este. Juntó
los papeles blancos, azules y beige, y los apiló cuidadosamente en
una pequeña repisa a la izquierda de su escritorio. Luego, tomó su
pluma y escribió unas cuantas palabras en un formulario impreso que
tenía frente a él.
Hubo otra pausa expectante. El juez
tanteó debajo del escritorio, sacó un pequeño cuadrado de seda
negra y lo colocó con cuidado sobre su peluca blanca. Entonces
habló:
—James Meredith, tras un largo y minucioso
juicio, ha sido usted declarado culpable del terrible crimen de
asesinato premeditado. Estoy en total acuerdo con el veredicto del
jurado. Después de escuchar el testimonio de la desafortunada dama
con la que usted estaba comprometido —y cuyo testimonio intentó
refutar de la manera más brutal—, quedan pocas dudas de que,
cegado por los celos, usted le disparó a Ferdinand Bulford. La
declaración de la señorita Briggerland respecto a que usted había
amenazado a este pobre joven, y que la dejó a ella en un estado de
furia, es inquebrantable. Por una terrible coincidencia, el señor
Bulford estaba en la calle, frente a la puerta de su prometida cuando
usted salió de allí, y enloquecido por sus celos enfermizos, usted
lo mató a tiros.
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201 págs. / 5 horas, 52 minutos / 51 visitas.
Publicado el 30 de junio de 2026 por Fernando Guzmán.
Obra original: The Doomed City – John R. Carling, 1910. En dominio público.
Edición: Traducción independiente realizada por Fernando Guzmán. (CC BY 4.0).
CAPÍTULO I
UNA BODA MISTERIOSA
La luz púrpura del atardecer había caído sobre la costa siria cuando Crispo, con paso rápido y oscilante, recorría la bien trazada calzada que conducía hacia el sur, a la majestuosa ciudad de Cesarea, capital romana de Judea.
Evidentemente amaba el ejercicio de caminar, pues, si lo hubiera deseado, podría haber cabalgado: a una distancia respetuosa lo seguía, conducido por un par de esclavos, su rheda de dos caballos, un carro de viaje de bronce esculpido, provisto de toldo de cuero y cortinajes de seda, que contenía el equipaje necesario (llamado con propiedad impedimenta por los romanos) que un hombre de gustos sencillos requeriría en un largo trayecto.
Crispo, de unos veinticinco años, tenía una figura poderosa y a la vez graciosa, ojos de un gris profundo, cabello rizado de tono bronceado y un rostro hermoso, tan nítido como si hubiera sido esculpido en mármol; un semblante cuya pureza de tez hablaba de pureza de vida —virtud rara en aquella época—; un rostro cuya mirada ardiente y aguda prometía que su dueño había nacido para alcanzar distinción, si es que no la había alcanzado ya. “Un romano antiguo”, se diría al verlo, pues aún se aferraba al uso de la majestuosa toga, que en el primer siglo estaba siendo rápidamente sustituida por la túnica griega; además, el anillo en su dedo no era de oro, sino de hierro, conforme a la antigua costumbre.
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324 págs. / 9 horas, 27 minutos / 56 visitas.
Publicado el 11 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.
Quedó resuelto que saldríamos a veranear. Nos lo pedían los huesos helados por la incesante lluvia del invierno, los músculos ateridos clamaban por un poco de sol, los ojos cansados de la inmensidad gris del mar anhelaban salir de lo verde en la campiña y el matiz de las gayas flores. Mientras llegó el día de la marcha y nos ocupamos en preparativos de viaje, la tarea diaria se nos hizo más llevadera.
“Seremos veinte los de la expedición” —pensábamos— y por aquella porción menguada de la gran masa que poblaba la ciudad porteña, sentíamos particular simpatía, cuanto era desdén indiferente por el enjambre humano que íbamos a dejar atrás. Qué se nos iba o se nos venía de que los demás se ahogaran o se secaran como pergamino. El sentimiento egoísta que nace de la aglomeración humana en lucha por la existencia era la única muestra de sentir que a mí me daba el corazón.
Con el embarazoso bulto de las tiendas de campaña plegadas hasta lo mínimo, y provisiones de boca hasta para un mes, salimos de la ciudad el 4 de julio, día de aniversario de la independencia norteamericana, día terrible, como del juicio final, hasta para los mismos nacionales. La ciudad estaba envuelta en humo, y aletargada con el monótono crac crac de los cohetes chinos, que a las puertas de las casas quemaban los niños y viejos en señal de patriótico regocijo. Causaba tedio. Nada dice al espíritu del extranjero el sentimiento de un pueblo cuya vida no se ha podido identificar; y eso mismo me acontecía. ¿Qué se me daba de Jorge Washington y sus hazañas en aquel terruño, cuya historia no es la de México y en el cual mis pies solicitaban con recelo el privilegio de pasar?
Por la gran avenida empezaba a agruparse la gente a presenciar el desfile de la parada, y ya las carretas, empavesadas del comercio que éste suele enviar como reclamo, aguardaban su turno metidas en una y otra acera.
Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 56 visitas.
Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
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12 págs. / 21 minutos / 118 visitas.
Publicado el 13 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.
Bien segura estoy de que las ráfagas de octubre, echando a mala parte el pudor de los tiernos arbustos, desnudábalos sin preocuparse de la suerte de los pobrecitos gorriones que entre hojas y capullos diéranse a fabricar palacios góticos, castillos señoriales y hasta chalets a la moderna usanza. También creo recordar que las estrellas temblaban, al través de ligerísima bruma, con esa trémula palpitación de las vírgenes bajo el albo velo nupcial. Sirio, la reina Sirio, sobresalía en blancura brillante y luminosa en medio de todas las otras rojas, verdes y azules que decoraban el espacio. El cielo teñido suavemente entre azulado y verdoso tiraba a superficie de mar, pero un mar alegre y sereno; y hasta se me alcanza que las demás estrellas han de haber estado hechas una furia de celosas: cierto que resplandecían; mas con ese fulgor siniestro de las miradas de una mujer en presencia de su rival.
Dominio público
2 págs. / 3 minutos / 50 visitas.
Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
El pueblo de Blankville es uno de los más hermosos de ese valle del Hudson, famoso por su belleza. Se asienta sobre la falda de las colinas, mirando hacia el río, con sus iglesias de altas agujas, sus elegantes mansiones y sus calles sombreadas por olmos centenarios. En la época de la que hablo, yo era un joven abogado que apenas comenzaba a abrirse camino en el despacho del señor Burton, uno de los hombres más respetados de la región.
Nada parecía perturbar la paz de aquel lugar, hasta que ocurrió el evento que habría de cambiar nuestras vidas para siempre. El señor Burton no era solo mi mentor, sino también el padre de Eleanor, la joven a quien yo amaba con toda la devoción de mi primer romance. La vida se presentaba ante mí como un camino despejado, lleno de promesas y felicidad.
Recuerdo perfectamente aquella tarde de octubre. El aire era fresco y las hojas comenzaban a teñirse de rojo y oro. Nada en la atmósfera presagiaba la tragedia. Sin embargo, el destino ya había movido sus piezas. Henry Moreland, el prometido de la otra hija del señor Burton y un hombre querido por todos, debía llegar al pueblo tras un breve viaje de negocios. Pero Henry nunca llegó a la estación.
Su desaparición fue el primer eslabón de una cadena de horrores que dejaría a Blankville sumida en el miedo. Las búsquedas iniciales no dieron fruto, y lo que comenzó como una preocupación por un posible retraso, pronto se convirtió en una angustia sofocante. Fue entonces cuando el instinto de detective del señor Burton comenzó a despertar, presintiendo que no estábamos ante un simple accidente, sino ante algo mucho más oscuro y premeditado.
Dominio público
293 págs. / 8 horas, 33 minutos / 86 visitas.
Publicado el 5 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.