Textos más descargados publicados por Fernando Guzmán disponibles

Mostrando 1 a 10 de 39 textos encontrados.


Buscador de títulos

editor: Fernando Guzmán textos disponibles


1234

El árbol de la ciencia

Pío Baroja


Novela


 PRIMERA PARTE   La vida de un estudiante en Madrid.


I  ANDRÉS HURTADO COMIENZA LA CARRERA

Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriera la clase. De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban, reían y hablaban.

Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura, no eran arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos. La clase de Química general del año preparatorio de Medicina y Farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de Arquitectura.

La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar en el aula se explicaba fácilmente por ser aquél, primer día de curso y del comienzo de la carrera. Ese paso del bachillerato al estudio de facultad siempre da al estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre, que su vida ha de cambiar.

Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compañero, miraba atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por donde tenían que pasar. Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el público a la entrada de un teatro.

Andrés seguía apoyado en la pared, cuando sintió que le agarraban del brazo y le decían:


Leer / Descargar texto

Dominio público
223 págs. / 6 horas, 31 minutos / 634 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

El código del crimen

William Le Queux


Novela, Thriller


PREFACIO



El Código del Crimen es una obra representativa del ingenio de William Le Queux, uno de los pioneros del suspense y de la literatura de intriga internacional.

La Estructura del Misterio En esta novela, Le Queux teje una red de secretos que se aleja de la violencia caótica para centrarse en un proceso narrativo claro y meticulosamente estructurado. La trama avanza como un sofisticado rompecabezas intelectual, donde la resolución del conflicto no depende de giros perturbadores, sino de la deducción lógica, la observación aguda y el desciframiento de enigmas complejos —como criptogramas musicales y mensajes ocultos a plena vista—.

El autor transporta al lector a través de la Europa de principios del siglo XX, contrastando la aparente tranquilidad de los elegantes salones aristocráticos con la tensión que se respira en los pasillos de los trenes nocturnos que cruzan el continente, desde Calais hasta Constantinopla. Es un mundo donde la alta sociedad convive con secretos inconfesables, joyas desaparecidas y alianzas ocultas.

El verdadero atractivo de esta historia reside en su capacidad para mantener la intriga a través de la agudeza mental de sus personajes y la elegancia de su prosa. Es una invitación a desentrañar un misterio clásico paso a paso, ideal para quienes disfrutan de las tramas bien hiladas donde el orden, el análisis y la razón terminan por imponerse al desconcierto inicial.


Leer / Descargar texto

Creative Commons
233 págs. / 6 horas, 49 minutos / 37 visitas.

Publicado el 28 de agosto de 2026 por Fernando Guzmán.

El cuarto rojo

William Le Queux


Novela, Misterio, Suspenso, Detectives


Prefacio


En el corazón de esta novela se esconde una habitación donde convergen los secretos, las sospechas y los temores de una época marcada por la intriga. El cuarto rojo nos introduce en un mundo donde nada es lo que parece, y donde cada sombra proyectada sobre la pared puede ser el eco de una conspiración. William Le Queux, maestro del suspense y pionero del espionaje literario, nos guía por pasillos de incertidumbre, revelando poco a poco los hilos que conectan la ambición, el peligro y la verdad.

Esta obra, publicada en 1909, conserva intacta su capacidad de inquietar y fascinar, como si el cuarto aún estuviera esperando que alguien se atreva a entrar.



Capítulo Uno

Tres hombres inquisitivos




Leer / Descargar texto

Creative Commons
200 págs. / 5 horas, 50 minutos / 106 visitas.

Publicado el 25 de marzo de 2026 por Fernando Guzmán.

Estaba escrito

Laura Mendez de Cuenca


Cuento



Aquella mañana Marcial y Camila salieron a pasear muy temprano. Marcial estaba sombrío, aunque hacía esfuerzos por ocultarlo, fingiendo reír hasta enseñar los dientes, pero con una risa estúpida que no tenía razón de ser. La mañana estaba azul, las flores frescas de rocío y el río echaba espuma como caballo cansado: todo motivo para sentir alegría. Pero en un hombre taciturno y enfermo como Marcial, eternamente dolorido del género humano y sin avenimiento con las ridiculeces del siglo, no cabía risa verdadera.

Marcial era por instinto un quijotesco fuera de época, exagerado en su moral, dispuesto a desfacer entuertos aunque arriesgara vida y hacienda. Ignoraba la existencia de Cervantes y de su ilustre manchego, pero hubiera sido trovador provenzal si el destino no lo hubiera hecho nacer en un pueblo de México y ser maromero por educación y necesidad. Su padre fue el ecuestre más notable de las compañías de funámbulos que recorrían la república; su madre, hábil acróbata de salón. Así que Marcial nació para el trapecio.

Camila, por su parte, era hija de una acróbata enferma de tisis, que murió pronto. La niña fue recogida por la familia de Marcial. Creció en el ambiente del circo, con libertad de acción y lenguaje atrevido, pero sin corromper su corazón. Sabía de la vida y presentía el amor, alegre y feliz, sin nervios ni preocupaciones.

Sentados bajo un mezquite junto al río, Marcial atrajo dulcemente a Camila y le dijo: —Camila, yo te amo. ¿Quieres ser mi esposa? ¿Quieres que nos casemos y no volvamos jamás al trapecio?

La muchacha creyó estar soñando. No subir más al horrible trapecio, tan alto y áspero… Pero recordó que esa misma noche debía trabajar sin red, en el trapecio volante y doble. No respondió, solo sonrió tristemente. —¿No me amas? —preguntó él.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 52 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

Un rayo de luna

Laura Méndez de Cuenca


Cuento


No era una noche tibia de primavera, de esas noches impregnadas de perfumes de Oriente, cielo gris perla, nubes encarrujadas y esfumadas hacia el horizonte, cuando el misterioso rayo de luna llenó mi alma de emoción hasta entonces no sentida.

Bien segura estoy de que las ráfagas de octubre, echando a mala parte el pudor de los tiernos arbustos, desnudábalos sin preocuparse de la suerte de los pobrecitos gorriones que entre hojas y capullos diéranse a fabricar palacios góticos, castillos señoriales y hasta chalets a la moderna usanza. También creo recordar que las estrellas temblaban, al través de ligerísima bruma, con esa trémula palpitación de las vírgenes bajo el albo velo nupcial. Sirio, la reina Sirio, sobresalía en blancura brillante y luminosa en medio de todas las otras rojas, verdes y azules que decoraban el espacio. El cielo teñido suavemente entre azulado y verdoso tiraba a superficie de mar, pero un mar alegre y sereno; y hasta se me alcanza que las demás estrellas han de haber estado hechas una furia de celosas: cierto que resplandecían; mas con ese fulgor siniestro de las miradas de una mujer en presencia de su rival.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 3 minutos / 56 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

El millón perdido

William Le Queux


Novela


Obra original: The Lost Million – William Le Queux, 1913.

Traducción de uso libre


 Capítulo 1 Un hombre y su secreto


—¡Mire! Está… está en mi bolsa de viaje, allí. La cosa… aquello ante lo cual el mundo entero quedará asombrado

El hombre, delgado, de rostro pálido y barba gris, que yacía de espaldas en la cama, hizo un esfuerzo por incorporarse ligeramente y, con un dedo huesudo, señaló su resistente aunque maltrecha bolsa de cuero, arrinconada en un extremo de la pequeña habitación del hotel.


Leer / Descargar texto

Creative Commons
247 págs. / 7 horas, 13 minutos / 52 visitas.

Publicado el 12 de agosto de 2026 por Fernando Guzmán.

Rosas muertas

Laura Méndez de Cuenca


Cuento


Quedó resuelto que saldríamos a veranear. Nos lo pedían los huesos helados por la incesante lluvia del invierno, los músculos ateridos clamaban por un poco de sol, los ojos cansados de la inmensidad gris del mar anhelaban salir de lo verde en la campiña y el matiz de las gayas flores. Mientras llegó el día de la marcha y nos ocupamos en preparativos de viaje, la tarea diaria se nos hizo más llevadera.

“Seremos veinte los de la expedición” —pensábamos— y por aquella porción menguada de la gran masa que poblaba la ciudad porteña, sentíamos particular simpatía, cuanto era desdén indiferente por el enjambre humano que íbamos a dejar atrás. Qué se nos iba o se nos venía de que los demás se ahogaran o se secaran como pergamino. El sentimiento egoísta que nace de la aglomeración humana en lucha por la existencia era la única muestra de sentir que a mí me daba el corazón.

Con el embarazoso bulto de las tiendas de campaña plegadas hasta lo mínimo, y provisiones de boca hasta para un mes, salimos de la ciudad el 4 de julio, día de aniversario de la independencia norteamericana, día terrible, como del juicio final, hasta para los mismos nacionales. La ciudad estaba envuelta en humo, y aletargada con el monótono crac crac de los cohetes chinos, que a las puertas de las casas quemaban los niños y viejos en señal de patriótico regocijo. Causaba tedio. Nada dice al espíritu del extranjero el sentimiento de un pueblo cuya vida no se ha podido identificar; y eso mismo me acontecía. ¿Qué se me daba de Jorge Washington y sus hazañas en aquel terruño, cuya historia no es la de México y en el cual mis pies solicitaban con recelo el privilegio de pasar?

Por la gran avenida empezaba a agruparse la gente a presenciar el desfile de la parada, y ya las carretas, empavesadas del comercio que éste suele enviar como reclamo, aguardaban su turno metidas en una y otra acera.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 68 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

El pequeño César

William Riley Burnett


Novela, Crimen


PRIMERA PARTE


En una mesa redonda y detrás de Sam Vettori, estaban jugando al póker Otero, apodado el Greco, Tony Passa y Rico, lugarteniente de Sam Vettori. Bajo el reflejo verde de la pantalla, el rostro de Otero naturalmente oscuro parecía cadavérico; por lo demás, tanto si ganaba como si perdía, no se movía ni pronunciaba palabra alguna. Tony, robusto y sonrosado, con veinte años apenas cumplidos, se mostraba muy interesado en la partida, manifestando su gozo cuando la suerte le era favorable y jurando si le era adversa, más por necesidad de excitarse que por ansia de ganar. En cuanto a Rico, tenía el ala del sombrero sobre los ojos, sus facciones estaban contraídas y repiqueteaba nerviosamente con los dedos sobre la mesa: él jugaba para ganar.
Vettori aspiró una bocanada de humo de su cigarrillo, la lanzó al espacio y, levantándose, se puso a pasear arriba y abajo de la estancia.
—¿Dónde estará? —preguntó para sí con los ojos puestos en el techo—. Le he dicho que volviera a las ocho, y ya son casi las ocho y media.
—Joe no suele acordarse de la hora —dijo Tony.
—Es un inútil —gruñó Rico sin levantar la vista de las cartas—; un tipo demasiado blando.
—Es posible —repuso Vettori, el cual se había acercado a la mesa para seguir el juego—; es posible. Sin embargo, la verdad es que le necesitamos. Como tú sabes, tiene una gran facilidad para introducirse en todas partes, sea donde sea. Los hoteles de lujo no le impresionan. Se acerca al gerente y con gran naturalidad le dice: “Un apartamento, por favor”. ¡Un apartamento! Indiscutiblemente, no se puede prescindir de él.
Rico, con el rostro enrojecido, tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—No te fíes demasiado, Sam —murmuró—. Un día u otro dará un paso en falso. Ten presente lo que te digo: acabará traicionándonos. Cuando uno es un hombre de verdad no se hace pagar por bailar con las mujeres.
Sam se rió.—Tú no le conoces.


Leer / Descargar texto

Dominio público
78 págs. / 2 horas, 17 minutos / 48 visitas.

Publicado el 27 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

1234