La Costurera
Francisco A. Baldarena
Cuentos
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Publicado el 27 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 27 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 18 de diciembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 19 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
«Y he aprendido que amar a dos
Es igual a no amar a ninguna.»
Caramelos de Cianuro
1
LA INVITACIÓN
Mientras no aparecía nadie, yo me entretenía jugando solo a la bolita en la vereda de mi casa, una ya lejana tarde de verano a mediados de los setenta, cuando oí un silbido. Levanté la cabeza.
Era Antonio, uno de los hijos mayores de don Nicola, parado en la vereda, delante de su casa. Me saludó con la mano y cruzó la calle apoyado en la bicicleta.
—Fran, ¿me acompañas a un par de cuadras de acá? —me preguntó.
Le iba a decir que no, pero antes que yo le contestara, adosó un soborno a la proposición:
—Te dejo andar de bici —me dijo.
Yo, que no tenía bicicleta, pero sabía andar, cambié de idea y le respondí con entusiasmo que sí y después le pregunté:
—¿Qué vas a hacer? Le pregunté qué iba a hacer, no por curiosidad ni porque me importase con ello, sino porque creí que algo tenía que preguntarle.
—Voy a ver a una novia —dijo, y después me previno que si salía el padre de la chica, le dijera que yo era su hermano. Lo de hermano lo acompañó guiñando un ojo.
—Está bien —le respondí, aunque no tenía bien en claro por qué tendría que pasar por hermano delante del padre de la chica.
Mientras íbamos, yo montado en el caño porque la bicicleta era de varón, le pregunté, desde la inocencia de mis diez u once años, no recuerdo bien, pero por ahí andaría, si no le daba asco besar en la boca, porque sabía que los novios hacían eso. Él lanzó una risotada corta y me dijo:
—¡Claro que no!, es rebueno.
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Publicado el 20 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 30 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
«¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia.»
Epicuro
1
Primer día de vacaciones de Frank Sandbucket. Vacaciones que pensaba aprovechar al máximo, por eso al entrar en la habitación no se fijó en nada; ni en las comodidades ni en el paisaje que podía ver desde la ventana, sino que se deshizo de la ropa —solo eso quería.
«Adiós por un mes a los zapatos, al traje y a la corbata.»
Menos de media hora después, descalzo y vistiendo un short de baño y una camisa floreada —que compró, al llegar, en una tienda del aeropuerto—, bajó a la playa y, como cuando era niño, se lanzó a caminar sin descanso hasta que tuviese hambre.
Le habían dicho los empleados del hotel que no debía preocuparse en llevar agua, pues varios arroyos cortaban la playa, despejando sus aguas frescas, cristalinas y, sobre todo, puras en el mar; y también que caminara con calma, de lo contrario daría la vuelta a la isla en un par de horas, a pesar de que en su interior había tantas diversiones como para mantenerse bastante ocupado durante el mes que él pensaba quedarse.
Cerca de una hora de caminata, Franck se deparó, confundido entre la maleza, con un antiguo caserón destartalado, pero todavía conservando un vago vestigio de lo imponente y bello que fuera alguna vez.
—¿Qué tal echar un vistazo? —dijo y se abrió camino por la tupida vegetación que rodeaba la vivienda. La puerta, ligeramente caída a un lado, estaba abierta.
Franck inspeccionó cómodo por cómodo en busca de un souvenir, pero después de unos pocos minutos todo lo que encontró para llevarse de recuerdo fue un botellón de vidrio mugriento, que yacía olvidado sobre una opaca y polvorienta repisa agujereada por las termitas.
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Publicado el 18 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 7 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
I
LA MUERTE
La tarde en que Remigio González fue asesinado parecía que el sol hubiera evaporado hasta la última gota de aire. Nada se movía, a no ser el asesino, a camino de su destino aniquilador.
II
UNA VUELTA EN EL PUEBLO
Los pinos delante del rancho iban fundiéndose imperceptiblemente en el azabache de la noche que ya caía, cuando Pedro Campos sintió ganas de dar una vuelta por el pueblo. Era viernes. Pensó en lo duro que había trabajado en los últimos días en la estancia, y, por lo tanto, que merecía distraerse un poco. Se afeitó la barba de varios días, emparejó el bigote y se dio un baño sin muchos retoques.
«Las horas del patrón pasan rápido, las nuestras no», reflexionó, mientras se secaba.
Vistió ropa limpia: la bombacha negra de salir, una camisa inmaculadamente blanca y un pañuelo rojo, que anudó al cuello con parsimonia y esmero; luego calzó las botas de cuero, negras y lustrosas, se ciñó firmemente la faja, también roja para combinar con el pañuelo, y se acomodó el facón de plata por detrás de la cintura. Finalmente, dobló el poncho bordó y se lo acomodó sobre el hombro izquierdo. Antes de salir al patio, agarró el rebenque y el sombrero de fieltro negro, que siempre dejaba colgados detrás de la puerta de entrada, y, dándole un beso en la frente a su esposa, le dijo:
—Ya vuelvo, voy al pueblo. Enseguida salió hacia el fondo, allá, en el corral, ensilló el caballo y, al rato y al trotecito manso, tomó el rumbo del pueblo.
III
EL BOLICHE
A través de los amplios ventanales, Pedro Campos vio que el boliche estaba a medio llenar, como siempre a esa hora. Ató el caballo al palenque y entró, saludando a los presentes mientras se acercaba al mostrador, donde pidió un tinto y se puso a armar un firme.
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Publicado el 10 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 13 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 2 de julio de 2022 por Francisco A. Baldarena .