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editor: Francisco A. Baldarena etiqueta: Cuento


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Invisibilidad

Francisco A. Baldarena


cuento


Exactamente el mismo día que le declaró su amor a Corina y ella le dijo que lo quería apenas como amigo, Tadeo decidió hacerse mago. ¡Y con tantas ilusiones que se había hecho!, pero la respuesta de Corina fue como una patada en el hígado y el inesperado hecho le dio a su vida un giro de ciento ochenta grados. Y aunque el rechazo de Corina tenía todo lo necesario para hacerlo caer en una profunda depresión, o cosa peor, como por ejemplo el suicidio, Tadeo se zambulló de cabeza en los oscuros meandros de la magia. La extraña decisión no tenía como principal intención distraer su mente y así mantener a Corina alejada de sus pensamientos, y mucho menos la de olvidarla totalmente, sino la de ser el medio por el cual conseguir invertir los sentimientos de la muchacha hacia él. 

 Por un buen tiempo en el barrio, poco o nada se supo de él; salía de casa muy temprano y regresaba al oscurecer, pasando todo el día recorriendo bibliotecas y librerías en busca de libros relacionados con el tema. “Pero de magia verdadera”, les aclaraba a los encargados de las bibliotecas o a quien lo atendiera en las librerías, “no de trucos de esos pseudos magos que embroman a los niños, o entretienen a los adultos que aún no han crecido mentalmente y se comen cualquiera. No sé si me entiende”. Y cuando regresaba a su casa, se encerraba en su habitación y, robándole horas al sueño, devoraba con avidez libro tras libro. Meses más tarde, se supo que había viajado al interior del país, y en el barrio enseguida se corrió la voz de que el motivo principal no era conocer otros lugares del país, sino olvidar a Corina. Nada más lejos de la verdad, porque Tadeo había estado viajando a distintas provincias para entrevistarse con curanderos y brujos. Se le había ocurrido que si la magia fallaba, un gualicho infalible no le vendría nada mal. 


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5 págs. / 9 minutos / 269 visitas.

Publicado el 20 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El Niño-Rolando

Francisco A. Baldarena


cuento


A cada dos o tres minutos, la señora Marlos, sentada junto a dos grandes valijas en la sala VIP del aeropuerto de Paris —una con los regalos para su gran descendencia, dos hijos, dos nueras y cinco nietos, todos varones, y la otra con sus cosas personales—, miraba con impaciencia la hora; le urgía tomar el avión y llegar de una vez por todas al sosiego de su departamento en Nueva York. Cuando no miraba la hora, la señora Marlos miraba más allá de los cristales de la sala, sin ningún interés en especial. En una de las tantas cabeceadas, cerca de la zona de check-in, vio un matrimonio con su pequeño hijito, sentado al lado de la madre. De pronto su corazón disparó; el rostro del niño era idéntico al de su tercer hijo, ya lejano y perdido para siempre hacía más de veinte años atrás, cuando una gripe mal curada se lo arrebató de las manos. Tendía, ese niño, más o menos la misma edad que su hijo al morir. 

 Inmediatamente, la señora Marlos abandonó la sala con las dos valijas rodando a su lado y fue a sentarse lo más cerca del niño que pudo, pues no había en ese momento muchos asientos vacíos disponibles. 

 Y sí, viéndolo más de cerca, el parecido con Rolando era abrumador, y cuanto más lo miraba, más ganas tenía de acercarse a él y abrazarlo como lo había hecho tantas veces con su añorado hijito. 

 «Rolando, hijito mío», murmuró en cierto momento, pero tan bajito que solo ella pudo oírse. 


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3 págs. / 6 minutos / 255 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El Inmortal

Francisco A. Baldarena


cuento


1 


EL VELORIO 


Aníbal Pérez tendría unos cinco o seis años, cuando le agarró un miedo terrible a la muerte. Todo se originó el día que su tío Manuel murió y al pobrecito de Aníbal le hicieron besar al muerto, frío como el mármol. Como su abuela, que lo criaba, no tuvo con quien dejarlo, se lo llevó al velorio con ella. Además del beso al muerto, que fue como darle un beso a la misma muerte, la parentela se pasó toda la noche entre accesos de llanto —de los lastimosos y de los histéricos—, quejidos moribundos y lúgubres lamentaciones. ¡Y todo alumbrado a trémula luz de velas! Con lo que Aníbal, todavía tuvo que vérselas con siniestras sombras fantasmales, moviéndose temblorosas sobre las paredes grises del living donde velaban al pariente. Y para terminar de completar el trauma, al otro día se lo llevaron al cementerio bajo una lluvia fina que, caprichosamente, se le había antojado caer justo esa mañana. El aterrado Aníbal, como una garrapata, no soltaba la falda de su abuela ni para ir al baño. Y la cosa no paró por ahí: de yapa, pesadillas aterradoras lo persiguieron durante casi un mes. 


2 


CATALEPSIA 



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13 págs. / 23 minutos / 589 visitas.

Publicado el 8 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El Jardín Secreto

Francisco A. Baldarena


cuento


1 


EL BOTÁNICO 


Los cargadores, baquianos del lugar, aprovecharon el ensimismamiento del botánico para largar los bultos al piso y convertirse, en segundos, en parte de la selva. Mientras el profesor Zachariah Taylor estaba en «su mundo», cosas ajenas a lo estrictamente salvaje y natural estaban fuera de su percepción; por eso vino a percatarse que lo habían abandonado mucho después, cuando se le resbaló de las manos sudadas los prismáticos con el cual observaba la techumbre verde surcada por luminosos haces rectilíneos en todas direcciones, tratando de avistar un guacamayo escurridizo herido en un ala que se movía torpe y dificultosamente por la copa de los árboles, un poco más adelante que la comitiva. Justo ahí, sin nadie delante ni detrás, fue que se dio cuenta de que estaba solo, abandonado y librado a su suerte en medio de una selva repleta de peligros. Entretanto, creyó que no le resultaría difícil volver por la trocha abierta entre la maraña si no se demoraba mucho en pegar la vuelta, puesto que si lo agarraba la noche en la selva, lo más probable es que no fuese a sobrevivir para contarlo. 

 Miró la hora. Eran las nueve y veintiocho, así que todavía tenía un buen margen de luz para continuar explorando un poco más. Presumía que el guacamayo de un momento a otro caería con un ruido blando, soltando quizás un quejido de dolor casi imperceptible, sobre la hojarasca humedecida, entonces lo atraparía, le trataría la herida y se lo llevaría como recuerdo de sus andanzas por la selva. 


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4 págs. / 8 minutos / 548 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

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