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etiqueta: animales


Anand y los Monos

Francisco A. Baldarena


cuento, animales



Después que Daya terminó de prepararle la bandeja con los Mangalore Buns, Anand fue a sentarse al jardín, lugar que tiene casi como sagrado, y donde suele pasar largas horas tomando el desayuno o practicando la lectura y escritura, siempre que el tiempo lo permita. 

   Era una mañana alegre, con el canto de las aves y el ruidoso movimiento de los monos entre la arboleda que tanto le agradaba oír. Anand cerró los ojos y dejó que el primer bocado le arrancara un profundo suspiro. 

En la copa de los árboles el suspiro de Anand no fue desapercibido por los monos, que suspendieron lo que hacían de inmediato y fijaron su atención en él. 

   De vez en cuando se miraban entre sí, o bien lo hacían hacia Bandor, el jefe de la manada. De pronto vieron al mayordomo acercarse a Anand. 

3

 La irrupción del mayordomo, sacó a Anand del mundo de profundos suspiros y dulces sabores. 

    Mi señor...

    ¿Qué deseas, Kiran? 

   El señor Singh ha llegado y desea verlo. 

   ¿Singh, a esta hora? Anand frunció el ceño, bueno, está bien, dile que ya voy a su encuentro. 

   Sí, mi señor, respondió el mayordomo y se retiró tan silencioso como había venido. 

   Anand abandonó la bandeja con los buñuelos con pesar y fue a ver qué deseaba el señor Singh. 

En la copa de los árboles la retirada de Anand inquietó a los monos, que de inmediato se agruparon y empezaron a secretear. 


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Publicado el 17 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

¡Pobre de Nosotras!

Francisco A. Baldarena


cuento, animales


Por la velocidad a la que marchaba el camión, mirar al suelo cercano me causaba vértigo, por eso mis ojos estaban más allá de la banquina y de los alambrados de los campos. Y cuanto más lejos miraba, el paisaje parecía una estampa inmóvil, como de fotografía. Un puñado de ganado, en franco desparramo, pastaba mansamente o descansaba al resguardo de la sombra de unos cuantos árboles plantados desordenadamente, como nacidos al acaso.

   De repente, a pocos metros de una tranquera, vi el inmóvil bulto de una vaca tumbada de lado, estaba muerta. Cerca de la finada, hinchada como un globo, un grupo de caranchos esperaba pacientemente, posado encima de los postes del alambrado, que la desgraciada estuviera en su punto para caer, voraz, de cabeza en la podredumbre. 

   En eso oí que la compañera de la derecha, comprimida contra mi cuerpo, musitaba con pesar: 

   ¡Pobrecita, qué final ingrato! 

   Y a otra, que me apretaba por el flanco izquierdo, exclamar, con igual desánimo: 

   ¡Qué triste manera de morir! 

   Pero yo, que no soy tan estúpida como piensa la humanidad, haciéndome cargo de mis palabras, indignada les respondí:

   ¡Qué pobrecita ni qué ocho cuartos! ¡Pobre de nosotras, digo yo, que vamos derecho al matadero! 



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Publicado el 16 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Los Pumitas

Francisco A. Baldarena


cuento, animales


1- 


LA OPORTUNIDAD


Mamá puma no estaba, había salido a cazar al monte. "No se alejen demasiado de la cueva", les había recomendado a los dos cachorros supervivientes de los cuatro que había parido dos meses atrás. Pero ellos, inquietos como eran, no le hicieron caso y, apenas la vieron desaparecer en la espesura del monte, salieron a dar una vuelta por los alrededores. 


   En un dado momento uno de los pumitas percibió, en un pastizal cercano, algo moviéndose de una manera que le pareció sospechosa, lo que activó su curiosidad. 


2- 


LA SORPRESA


   Le hizo señas al hermano para que se acercara. 


   Llegaron, agazapados y haciendo el menor ruido posible, a centímetros del lugar donde el pasto seguía moviéndose no sabían por qué. Una mirada los sincronizó para el salto decisivo hacia el punto fijado. Cayeron sobre aquello que estaba escondido allí con sus pequeñas garras listas para atraparlo. 


  Y "aquello" resultó ser una pequeña liebre que, al ver a los dos pumitas que caían de sorpresa sobre ella, no atinó a moverse siquiera; apenas cubrió los ojos con las orejas, se agachó lo más que pudo y esperó los pinchazos y las mordidas predecesoras del final de todo. Pero la liebre corrió con suerte, porque los pumitas, los ojos atentísimos, apenas vieron quién era, automáticamente retrajeron las garras y, arqueando el cuerpo, la esquivaron. Pero eso no garantizaba que no se la comieran, por lo que durante unos momentos estuvo temblando de miedo. Pero ese día era su día de suerte, porque los pumitas todavía no sabían que las liebres hiciesen parte de su dieta; pues la madre llegaba de cazar, regurgitaba algo comestible, y después de saciados, de postre, les daba de mamar y listo. 


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Publicado el 16 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .