Huelgas por todas partes, de Rusia a la Argentina. ¡Y qué huelgas!
Veinte, cincuenta mil hombres que de pronto, a una señal, se cruzan de
brazos. Los esclavos rebeldes de hoy no devastan los campos, ni
incendian las aldeas; no necesitan organizarse militarmente bajo jefes
conquistadores como Espartaco para hacer temblar al imperio. No
destruyen, se abstienen. Su arma terrible es la inmovilidad.
Es que el mundo descansa sobre los músculos crispados de los
miserables. Y los miserables son muchos; cincuenta mil cariátides
humanas que se retiran no es nada todavía. El año próximo serán cien
mil, luego un millón. El edificio social no parece en peligro; está
cerrado a todo ataque por sus puertas de acero, sus muros colosales, sus
largos cañones; está rodeado de fosos, y fortificado hasta la mitad de
la llanura. Pero mirad el suelo, enfermo de una blandura sospechosa;
sentidlo ceder aquí y allí. Mañana, con suavidad formidable, se
desmoronará en silencio la montaña de arena, y nuestra civilización
habrá vivido.
Hay un ejército incomparablemente más mortífero que todos los
ejércitos de la guerra: la huelga, el anárquico ejército de la paz. Las
ruinas son útiles aún; el saqueo y la matanza distribuyen y transforman.
La ruina absoluta es dejar el mármol en la cantera y el hierro en la
mina. La verdadera matanza es dejar los vientres vírgenes. La huelga, al
suspender la vida, aniquila el universo de las posibilidades, mucho más
vasto, fecundo y trascendental que el universo visible. Lo visible pasó
ya; lo posible es lo futuro. Asesinar es un accidente; no engendrar es
un prolongado crimen.
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