La ejecución
Noche lívida, niebla estrellada de farolas de gas,
luces rojas en los marcos de las ventanas alrededor de la plaza de la
Roquette; tal es el decorado de la muerte de Eyraud. Una muchedumbre
turbulenta se agolpa en las aceras, en la calle inclinada; se oyen
murmullos difusos y relinchos de caballos. Entonces se recortan con
viveza las siluetas de los gendarmes, con las botas calzadas en los
estribos, manteniendo a los caballos de frente y en fila.
Entre los rostros del público destaca el poeta Rodolphe Darzens, que se inclina hacia delante con avidez; Monsieur
de Winter, plantado en primera fila, con su uniforme gris, un gorro
hasta las orejas y un fino bigote retraído, contempla la escena con sus
ojos claros. ¿Acaso ha venido a inspirarnos con el alma rusa, amplia y
piadosa, el alma de Turguenev, que quiso retratar la ejecución de
Troppmann, o el alma de Dostoievski, que se apiadó del estudiante
Rodion? No lo parece.
Ha asistido a la toilette del condenado con su impasibilidad
de andarín infatigable, que arrastraba periodistas a su paso, como los
perseguidores del Judío Errante, a través de la ventisca invernal. Se
trata de un sportman que está en la plaza para asistir a un tipo
de muerte desconocido para él. En Rusia existe la horca y el knout, así
que tiene curiosidad por conocer el suplicio típico de los franceses,
que tal vez sean para él esos extraños habitantes de Occidente. Se
llevará a su patria una visión clara de la máquina que, llegada del
Extremo Occidente, estremeció antaño a Europa.
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