Me escribe un amigo desde Chile diciéndome que se ha encontrado allí
con algunos que, refiriéndose a mis escritos, le han dicho: «Y bien, en
resumidas cuentas, ¿cuál es la religión de este señor Unamuno?» Pregunta
análoga se me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no
contestarla, cosa que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido
de la tal pregunta.
Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso —y cabe
pereza espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de
otros órdenes análogos— propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan,
quiéranlo o no, proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual
huye de la posición crítica o escéptica.
Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido
etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda,
sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree
haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una
fórmula, acertada o no, como solución de él.
En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación
el pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el
planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el
borrar lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso.
Cuando una casa amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo
que procede es derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre
ella. Cabe, sí, edificar la nueva con materiales de la vieja, pero es
derribando antes ésta. Entretanto, puede la gente albergarse en una
barraca, si no tiene otra casa, o dormir a campo raso.
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