Basilea era una república y una ciudad libre,
gobernada por una asamblea de notables, un cónsul y un obispo. Villa
diplomática, se asentaba en la ribera baja del Rin, con sus pequeñas
casas puntiagudas cubiertas de tejas estriadas en forma de ojivas, con
innumerables ventanucos estrechos y enrejados, con sus atalayas de
techos pintados de azul y de amarillo, su viejo puente de madera y su
monasterio, parecido a una nube colorada y pulida, en el cual San Jorge,
vestido de sangre, hunde su lanza en las fauces del dragón de gres
rojo.
El Rin, amplio, luminoso y verde, rodeaba la ciudad como si de un
malecón se tratara, entre las lejanas montañas nevadas y las pequeñas
colinas de Basilea: Leonardberg, Kohlemberg y Munsterberg, hacia donde
trepaban las calles empinadas con sus grandes insignias coloridas, calle
del Yelmo y calle de la Corona, calle de los Cisnes y calle del Hombre
salvaje, cerca del Mercado de los Peces y del León de Piedra que vomita
su chorro de agua pura como un arco de cristal.
Ahí había honestas posadas donde mofletudas muchachas servían vino
claro en jarras de estaño, donde colgaban trajes y mucetas dejadas como
señal. Había una casa consistorial donde se reunían los burgueses con su
capa de paño, su camisa de lino crudo, la alianza de oro en el anular,
para hacer justicia y dar expeditiva cuenta a los malhechores. Alrededor
de la Casa del Consejo dedaleaban callejuelas estrechas y apacibles
frecuentadas por tenderetes de escribanos, repletos de pergaminos y de
escritorios; por mujeres plácidas de ojos azules y húmedos, con el
rostro ajado de ternura, su doble barbilla, tocadas con un pañuelo
transparente que a veces velaba también su boca con una tira de tela
fina; por muchachas juveniles vestidas de blanco, con pupas en los
codos, cinturones de color cereza y que parecían alisarse su larga
melena en una rueca; por niños pelirrojos de pálidos labios.
Información texto 'Los "Rojos" de Basilea'