Los faroles
No es nuestro ánimo tratar aquí de los hombres vacíos á quienes el
mundo llama faroles, ni de autoridades caricaturescas á quienes suele
llamárseles farolones, ni tampoco de aquéllos á quienes por vanos,
pretenciosos y farsantes se les dice faroleros. Lejos de nosotros tan
mezquinas personalidades. Vamos á ocuparnos simplemente de la
importancia social del farol; mueble cuya principal calidad es estar
vacío, y que á nosotros se nos antoja que está lleno de muchas cosas
importantes, curiosas y buenas de contarse, por ser un tanto cuanto
trascendentales.
Los mexicanos de la presente y de las pasadas generaciones, á contar
de algún tiempo después de la conquista, hemos nacido viendo faroles:
solo que, desde el tiempo de los virreyes hasta la independencia y poco
después, los faroles tenían para nosotros casi exclusivamente esta
significación: la iglesia. El culto católico fué, mientras pudo,
introductor, mantenedor y consumidor de los faroles.
Los faroleros (hablamos, se entiende, de los constructores de
faroles, y no de las personas de quienes desde un principio dijimos que
no queríamos hablar) los faroleros, pues, han debido ser dos veces
afectos al culto; porque este culto con faroles, era además de su
religión, su subsistencia.
Ya se recordará que esta dichosa capital, con sus doscientas
iglesias, sus doscientas fiestas titulares, sus doscientos novenarios y
octavarios, en todo lo que, lo primero indispensable eran los faroles,
debió llegar á acopiarlos en cantidades fabulosas.
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