Ahí, a mil metros
sobre el nivel azul del mar latino, en la adusta meseta que enlaza
Aragón a la Mancha —¡dos tierras tan tierras!— sentí invadir mi alma
ansiosa un cacho de tradición empedernida. Tradición y no historia, y
tradición hecha piedra. Piedra y ladrillos y adobe.
La tradición es
la escurraja, el sedimento, a menudo las heces no más de la historia. La
historia vive y pasa, la tradición queda y dura. Pero vuelve a hacerse
con la tradición historia cuando se la vivifica y se la vive.
Y así fuí a la
vieja ciudad de Sigüenza a alimentar de piedras y de barro cocido o
reseco mi alma, a hacer alma esas piedras animándolas en el espíritu. Y a
resecar y renacer a la vez un poco el alma que empezaba a derretírseme.
Venía de la
ciudad de Monzón de Río Cinca, el pueblo natal de Joaquín Costa, el
último gran ibero, el que por trágica contradicción predicó el
europeísmo, el de corazón fervoroso de gran cacique espiritual. Predicó
el europeísmo por haberse sentido tan arraigadamente ibérico y combatió
el caciquismo porque allá, en su fuero interno, se conocía grandísimo
cacique.
Desde el castillo
de Monzón había restregado mi vista en el verdor de las huertas que se
ufanan lozanas a su pie y la había enjuagado luego de esa verdura de
visión oteando las lontananzas ceñudas que se pierden en el regazo del
Pirineo. El Maladeta se alzaba en el confín como una barrera entre
Iberia y Europa. Más allá de él los campos grasos y muelles de los
pueblos que guerreando o jugando —todo es guerra y todo es juego, y
juego y guerra lo mismo— se dejan llevar sin resistir, vida abajo, por
el vasto río de la historia hacia el mar del infinito olvido.
C'est un paysage planetaire!
¡Es un paisaje planetario! Así me había dicho una vez uno de los
conservadores del Museo del Louvre que desde París fue a caer en tren
sobre Medinaceli en busca de Grecos.
Leer / Descargar texto 'Con Don Quijote en Sigüenza'