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El Teatro Mudo

Horacio Quiroga


Artículo


Cuando yo salí de Buenos Aires, a principios de 1910, la escena del cinematógrafo estaba ocupada por Max Linder, en Francia; dos o tres melodramas semigóticos, en Alemania, y alguna pantomima con persecuciones, en Estados Unidos. Fuera de esto, nada o casi nada. Pero ya entonces las cintas alemanas buscaban el paisaje y los efectos de luz.

Cuando he vuelto, después de siete años, he hallado cosa muy distinta. Las cintas cómicas y melodramáticas han superado en eficacia o fastidio a todo lo que se podía esperar. Han llegado a la cúspide del efecto escénico, y no hablaremos más de ellas.

Un lugar muy aparte merecen en cambio el drama y la comedia, lo que constituye el Teatro Mudo. Aquí el cinematógrafo no ha alcanzado aún a cuánto cabe esperar de él, salvo una que otra obra de excepción. Pero en éstas puede verse claro la extraordinaria pujanza de este teatro, que comenzando por dos o tres payasos anónimos, ha llegado en menos de diez años a plantarnos ante los ojos a actores de la talla de Walthall, Walsh y la Billie Burke.


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Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.

Asesino

Horacio Quiroga


Artículo



Juan Bodgán, soldado de infantería, regresa del frente cargado de laureles. Cuenta en su haber con diversos enemigos más que posiblemente muertos a bala, y siete u ocho ultimados con la bayoneta. Estos últimos éxitos están perfectamente comprobados; dan fe de ello sus compañeros de asalto y los mismos oficiales, que son quienes han elevado el entusiasta informe.

Siete u ocho rusos ensartados en la bayoneta, son un respetable número, que honra a cualquier civil. Juan Bodgán no es militar de profesión, ni siquiera un hombre de cultura urbana, arrebatado desde pequeño por el culto a la patria. Es un patán, un rudo campesino austriaco que hasta el día anterior a la declaración de guerra se daba por muy satisfecho guiando el coche de su señor, un aristócrata húngaro. No importa; él solo, Juan Bodgán, sin más ayuda que la de sus manos y la de la bayoneta prestada por el Estado Mayor, ha abierto el vientre a siete u ocho hombres. Es un héroe, y merece bien de la patria.

Mientras el tren lo devuelve de regreso a su pueblo natal, Juan Bodgán, con una sonrisita de orgullo, evoca a sus muertos. ¡Oh! ¡La cosa no ha sido fácil, por cierto! Es aquel un oficio como otro cualquiera, que requiere largo aprendizaje y práctica antes de poder aspirar a las condecoraciones de heroísmo. Recuerda sobre todo a su primera víctima, un ruso alto y flaco, de larga barba entrecana; un ruso de la reserva, ya viejo y posiblemente padre de numerosa familia.

Juan Bodgán no conocía aún su oficio de matar. Por lo cual, al tener enfrente al ruso, lo clavó literalmente contra el parapeto de la trinchera.


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Publicado el 12 de agosto de 2026 por Brian.

Una Serpiente De Cascabel

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento



Cuando no ha mucho el ilustre naturalista Ángel Cabrera hacía notar en un artículo local la escasa probidad con que los literatos observan en general a los animales que prestan asunto para sus fantasías, he pensado en aquella ocasión en la parte que a mí podría tocarme de tal culpa. Yo me he ocupado con interés, lo confieso, y no una sola vez, de pájaros, perros, hormigas y hasta de un dinosaurio guayrense. Salvo en lo que concierne a este ser u otros similares, creo de buena fe haber aportado a la observación de los demás animales toda la probidad de que soy capaz. Si una larga convivencia con aquéllos en su ambiente resta méritos a dicha probidad, no es menos cierto que he debido con frecuencia resistir a la tentación de decorar artificialmente mi fauna. He hablado de lo que he visto. Mas si así y todo mi nombre figura en las listas improbas del doctor Cabrera con más puntos negros de los que creo merecer, doy entonces un paso atrás y cedo mi lugar a un colega cien veces más ilustre en la escala literaria.


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Publicado el 12 de agosto de 2026 por Brian.

El Crisol

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


En una noche de lluvia, y en un pueblo del sudoeste del país, tuve ocasión de apreciar debidamente el valor metafórico del utensilio que titula estas líneas.

Por mera casualidad yo asistía esa noche a una manifestación escolar que se celebraba allí con motivo de una fiesta patria. El pueblo contaba escasamente mil habitantes, y los alumnos de la escuela alcanzaban a doscientos. Prolíficas, pues, debían ser las gentes que rendían tan alto porcentaje de hijos.

Estos, rubios y de ojos claros casi todos, eran en su mayoría muy altos para su edad. Vestían uniformemente delantal rosa los varones, y pollerita violeta las mujeres. Colores ambos sin sentido particular en la fiesta, y que respondían sin duda a una simple predilección, por esos tonos del proveedor local. Los chicos, bajo una garúa que no se había logrado hacer cesar, salieron en fila de la escuela, empuñando cada cual una antorcha de bleck. Con ellas en la mano y cantando recorrieron las calles del pueblo, rodearon la manzana baldía, reservada para plaza, y cantando siempre regresaron a la escuela, ante cuya puerta el director dirigió a su grey una conceptuosa aunque larga alocución patriótica. Dos chicos, más altos, rubios y desteñidos que el resto, treparon uno tras otro sobre una mesa afirmada en el barro, desde la cual, con acento tan extraño como vehemente entonación, repitieron algunas bellas expresiones de nuestros próceres. Referíanse aquéllas a la formación étnica de la Argentina, tan llena de reservas vitales para el porvenir, y a aquello de «crisol donde se funden todas las razas».

Bien —me dije—; he aquí por fin algo cuerdo. Son éstas las más sensatas palabras dichas en el país, aunque el chico las repita con su boquita de ganso.

Con lo cual concluyó el acto, abandonando todos el charco formado ante la escuela. Recién al llegar a la fonda, donde yo era el único que hablaba mal mal español, me di cuenta de que había asistido a la celebración del día de la raza.


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Publicado el 14 de agosto de 2026 por Brian.

El Yaciyateré

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


Yo no logré nunca ver un yaciyateré. Oí su canto en la noche, pero no vi sus bucles de oro ni su bastón, ni le vi robar a las criaturas, para abandonarlas luego enloquecidas por su contacto.

Corre por todo Corrientes, Chaco y Misiones, la leyenda de este singular duende de aspecto pueril que aterroriza con su canto en las altas horas mudas, y a quien se inculpa el ciento por ciento de las meningitis infantiles.

Durante el día, es un pájaro. Como tal, un hombre me dice haberlo entrevisto dormitando en lo más denso del follaje. Tendría, según él, el aspecto de un mirlo delgado. Y el plumaje uniformemente gris. Nada más sé del yaciyateré.

Pero conozco su voz. Y ella constituye la nota más tierna, honda y poética de todo el bosque.

En lo más crudo del día estival, ningún sonido, ningún grito descuella en el ambiente: todos se funden en el rumor monótono, zumante y tenaz de las largas horas de fuego.

Al declinar el sol, los zorzales reviven, y su flauteo, un poco desafinado y a contratiempo, anuncia ya la próxima frescura. Nuevas voces se agregan a aquél, y la noche comienza a cerrar, en un decreciente piar de pajarillos.

Luego, nada. Desde el fondo de los valles húmedos de la selva, comienza a media noche a ascender, vaguísima neblina. Horas después, el país entero, doblegado por doce horas de atroz calor, yace cubierto por fresquísimo manto de rocío.

La dicha es demasiado grande para que se permita gozar de ella con los ojos abiertos. El bosque duerme: pájaros, flores, anchas hojas por fin eréctiles de rocío, sueñan en paz.

Pero he aquí que del fondo de esa gran felicidad dormida, se levanta un canto apenas sensible. No posee ese canto gorjeos ni trisos. Es sólo un silbido tímido, un hilo de voz excesivamente dulce que no consta sino de cinco notas, y cuatro de ellas repetidas. Más la poesía silbada en esa desfallecida voz, no se la vuelve a hallar en canto alguno de pájaro.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Artículos de Naturaleza Y Fauna Dispersos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Compilación


El Sentimiento De La Catarata


En sus mil trescientos kilómetros de curso desde las sierras brasileñas hasta su desembocadura en el Paraná, el río Iguazú debe salvar un desnivel de 800 metros. Como se trata de una gran masa de agua de velocidad normal, y no de una avenida de montaña, se explica que el álveo del río se quiebre repetidas veces en numerosas y rápidas cascadas, para autorizar de algún modo aquella fuerte cota.

La cuenca del Iguazú es, en efecto, una de las más poderosas fuentes de hulla blanca del mundo entero. Si el Iguazú nace a novecientos metros de altura, sus numerosísimos afluentes cobran origen a mil trescientos metros, para vaciarse en aquél tras un curso relativamente breve. Toda esa vasta cuenca se revuelve, pues, en tumbos de agua, cachuelas, saltos y cataratas, cuya sacudida, propagándose de unos a otros sin solución de continuidad, mantiene, puede decirse, a la zona entera en un sordo e interminable fragor.

La cuenca del Iguazú no es dilatada, pero el régimen de lluvias torrenciales a qué está sometida compensa al exceso su brevedad. Los ciento veinticuatro kilómetros cúbicos de agua que se desploman por año sobre los bosques natales son absorbidos en su mitad por el Iguazú. Y si estamos atentos al desnivel apuntado, comprenderemos que cada caída a plomo de esa inmensidad líquida encierre una formidable energía mecánica.


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Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.

Las Hormigas Carnívoras De Misiones

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Un viajero metropolitano y dos peones del país que una noche acampaban al raso en la selva de Misiones, fueron despertados a las tres de la mañana por insoportables picaduras que como alfilerazos candentes les aguijoneaban el cuerpo entero. En el primer momento el viajero no supo a qué atribuir eso, pero la voz de los peones lo libraron muy pronto de dudas.

—¡La corrección, che patrón!... ¡Añamembrú!

Los dos paraguayos se quitaban de encima camisa y pantalón, trepando a un tronco quemado. El viajero hizo lo mismo, desde luego con mucha menor rapidez para su mal, y tirando lejos la ropa, trepó a su vez al tronco con sus compañeros, que con velocidad increíble se restregaban todo el cuerpo, para arrancarse —literalmente— las hormigas prendidas a su piel.


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4 págs. / 8 minutos / 8 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.

Ratas De Campo

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Las ratas de campo son al principio la alegría de la casa. Cazan mariposas al aire con una estrategia admirable y entretienen los insomnios del enfermo con su tenaz empeño en llevarse a su nido largas medias de mujer, allá a lo alto del techo.

La rata de campo es un lindísimo animal, que apenas recuerda a la infecta, obscura y pelada rata de ciudad. Vista desde arriba, es de un color plomizo brillante, gracias a la suavidad y pulcritud de su pelo. Vista desde abajo, parece de plata, por tener blancos la garganta, el pecho, el vientre y la parte interna de las patas. Pero en lo que no tiene parangón con su innoble hermana de ciudad, es en la centelleante vivacidad de sus movimientos, y en la gracia con que juega a las escondidas con quien la asecha, asechándolo a su vez por arriba, abajo y los costados de una tabla, con sólo la mitad de un ojo y la punta de las orejas a la vista.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Pluma Alta (Incidencias De La Clasificación)

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


La clasificación de animales y plantas es una tarea difícil y perturbadora aún para los mismos hombres de ciencia, Qué diremos para los profanos. Algunas especies de víboras, por ejemplo, se diferencian entre sí, entre otros caracteres fundamentales, por el número de vértebras. Los individuos de esta especie poseen 230 vértebras; los de esta otra, 245. Ello estaría perfectamente bien, si dicho número de vértebras fuera constante para cada especie; pero no lo es. De aquí las inquietudes del aficionado ante estos anchos márgenes en los caracteres específicos, que van de uno a quince.

La víbora llamada yararacusú se distingue de un modo pasmoso de las demás yararás, al punto de que hasta un turista podría diferenciarla de una ojeada de sus primas hermanas, sólo con haberla visto una vez. Aspecto, tamaño, forma de la cabeza, líneas constantes de ésta, particularísima coloración de la piel: todo tiende a apartar a las yararacusú de las especies afines.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

El Maestro De Territorios

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Cuando hace muchos años fui nombrado profesor de Literatura y Castellano en una Escuela Normal, me presenté a su directora días antes de la apertura de los cursos, con el objeto de enterarme del uso y alcance de mis funciones. Yo era nuevo en la enseñanza; tan nuevo, que la directora no volvía de su asombro al comprobar mi ignorancia en el arte de dictar clase. La dama me miró aún un buen rato con la sorpresa del caso y suspiró por fin, al parecer resignada a su destino de regentear profesores de mi categoría. Mi antecesor, en efecto —era arquitecto— había también surgido de las tinieblas de la pedagogía, tan preparado como yo. Inauguré el curso, sin embargo, en un ambiguo día feriado para ciertas actividades, pero no para las nuestras. Ante el inequívoco desgano de las alumnas por el fracaso de sus esperanzas, me apresuré a proponer a la clase la redacción de una nota al Señor Ministro de Instrucción Pública, impetrando la suspensión de clases para celebrar dignamente y a la par de los agraciados por la feria, el acontecimiento de ese día.


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Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

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