De algunos años a esta parte el porvenir de aquellas islas preocupa,
no sólo a sus habitantes que son los que están más interesados, sino
también a muchos peninsulares que hasta hace muy poco ignoraban quizás
su situación geográfica y la raza que las habita, etnográficamente
hablando.
Todos ven, todos presienten, todos están convencidos de que aquello
va mal, de que algo allí deja mucho que desear; unos lo atribuyen a una
cosa, otros a otra. Los mismos partidarios del gobierno allí imperante
convienen en que existen males necesarios, sin sospechar que caen en una
gran ridiculez o en un atraso de ideas lamentable. Decirle a un enfermo
que su enfermedad es necesaria y que no debe tratar de combatirla es
volver a los primitivos tiempos de la Medicina, es confesarse impotente;
médico que diga tal cosa a su paciente, debe aconsejarle consulte otras
lumbreras.
Los mismos frailes que benefician y gobiernan el país, los mismos que
más interesados están en hacer creer que allí todo va a las mil
maravillas; los que debieran sostener que allí todo es perfecto,
inmejorable, celestial, para que nadie les turbase en el productivo
nirvana que allí establecieron; estos mismos frailes convienen en que
allí hay deficiencias, imperfecciones, abusos, y que las reformas son
necesarias y se imponen, sólo que quisieran un tratamiento homeopático,
lentísimo, como los médicos que, faltos de clientes, desearan arrullar y
mecer una enfermedad crónica, a fin de ir cobrando y comiendo a costa
del enfermo y de su padecimiento. Y esto lo han probado y demostrado en
sus escritos.
En suma, todos convienen que la máquina no va como debe ir.
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