Sr. D. Francisco Villaespesa
Mi estimado amigo: Me pide usted un retrato mío y ante tal pedido
surge un pequeño conflicto sin graves consecuencias —en mi conciencia.
Renuncio á describírselo, aunque con semejante renuncia nos perdamos un
trozo de psicología introspectiva, diferente, como es natural, de la
ultrospectiva.
El resultado final de tal conflicto es la decisión de enviarle el
retrato, pues el resistirse á que aparezca en público la imagen de
nuestro físico arguye, en los tiempos que corren, mayor petulancia que
el ceder á ello. Hoy, en que se prodiga tanto la estampación pública de
retratos, es un verdadero acto de humildad, á la vez que un acto de
verdadera humildad, el dejar que se dé á estampa pública el propio y
peculiar retrato.
Ahora bien: visto y acordado en el tribunal de mi conciencia el
remitirle un retrato de mi físico —dueño y á la vez siervo de dicha
conciencia—, quedaba sólo la ejecución del acuerdo.
Y aquí me encuentro con que apenas tengo fotografías, y ellas no muy
buenas, de mi semblante y traza corporal, y en este apuro acudo a la
pluma misma con que trazo estas líneas y con ella dibujo mi perfil. Y en
esto ha de permitirme que eche mano del egotismo y le diga que yo tengo
más fisonomía visto de lado que no de frente. Hasta como escritor
público creo que me ocurre lo mismo.
El hecho —porque es, sin duda, un hecho– de que envíe un
auto-retrato supone que cultivo el «conócete á ti mismo»; y no pongo en
latín esta sentencia, porque eso me parece algo asi como citar á
Nietzsche ó á Tolstoi en francés, y el cultivar ese «conócete» dicen que
es un mérito y el camino obligado para el «poséete».
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