Primera parte
I
Yo no me acuerdo de haber nacido. Esto de que yo naciera —y al nacer
es mi suceso cardinal en el pasado, como el morir será mi suceso
cardinal en el futuro—, esto de que yo naciera es cosa que sé de
autoridad y, además, por deducción. Y he aquí cómo del más importante
acto de mi vida no tengo noticia intuitiva y directa, teniendo que
apoyarme, para creerlo, en el testimonio ajeno. Lo cual me consuela,
haciéndome esperar no haber de tener tampoco en lo por venir noticia
intuitiva directa de mi muerte.
Aunque no me acuerdo de haber nacido, sé, sin embargo, por tradición y
documentos fehacientes, que nací en Bilbao, el 29 de septiembre de
1864.
Murió mi padre en 1870, antes de haber yo cumplido los seis años.
Apenas me acuerdo de él, y no sé si la imagen que de su figura conservo
no se debe a sus retratos, que animaban las paredes de mi casa. Lo
recuerdo, sin embargo, en un momento preciso, aflorando su borrosa
memoria de las nieblas de mi pasado. Era la sala en casa un lugar casi
sagrado, adonde no podíamos entrar siempre que se nos antojara los
niños; era un lugar donde había sofá, butacas y bola de espejo, en que
se veía un chiquitito, cabezudo y grotesco. Un día en que mi padre
conversaba en francés con un francés me colé yo a la sala, y de no
recordarlo sino en aquel momento, sentado en su butaca, frente a M.
Legorgeu, hablando con él en un idioma para mí misterioso, deduzco cuán
honda debió de ser en mí la revelación del misterio del lenguaje. ¡Luego
los hombres pueden entenderse de otro modo que como nos entendemos
nosotros! Ya desde antes de mis seis años me hería la atención el
misterio del lenguaje. ¡Vocación de filólogo!
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