Los zopilotes, abrumados por el calor canicular, han sofrenado su
vuelo, su vuelo pausado y solemne. Los zopilotes se han detenido,
jadeantes, y escalonándose de una manera simétrica en las ramas del
viejo carao, se dejan vencer por el sopor que flota en la atmósfera.
Los zopilotes, ya acomodados en las ramas del viejo carao, doblan el cuello, zambullen la cabeza bajo las alas medio desplumadas y se quedan inmóviles.
Los zopilotes dormitan.
Y las manchas negras de su plumaje, las manchas intensas y uniformes,
se destacan, netas, sobre el fondo de índigo del cielo diáfano y
transparente.
Al carao en que los zopilotes se refugian, los años han ido,
despiadados, despojándole de todas sus hojas, hasta dejarlo mondo. Y es
así que sus ramas se extienden retorcidas, atormentadas, coronando el
tronco rugoso, como los ocho tentáculos de un pulpo.
Los zopilotes dormitan.
Mientras tanto, el sol cae a plomo sobre el cantizal.
Cae a plomo, y hiere las aristas de los cantos, los filos de los
guijarros rodantes, arrancándoles cegadores destellos. Cae, y reverbera
en la arena como sobre una lámina de antimonio.
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