En sus mil trescientos kilómetros de curso desde las sierras
brasileñas hasta su desembocadura en el Paraná, el rio Iguazú debe
salvar un desnivel de 800 metros. Como se trata de una gran masa de agua
de velocidad normal, y no de una avenida de montaña, se explica que el
álveo del río se quiebre repetidas veces en numerosas y rápidas
cascadas, para autorizar de algún modo aquella fuerte cota.
La cuenca del Iguazú es, en efecto, una de las más poderosas fuentes
de hulla blanca del mundo entero. Si el Iguazú nace a novecientos metros
de altura, sus numerosísimos afluentes cobran origen a mil trescientos
metros, para vaciarse en aquél tras un curso relativamente breve. Toda
esa vasta cuenca se revuelve, pues, en tumbos de agua, cachuelas, saltos
y cataratas, cuya sacudida, propagándose de unos a otros sin solución
de continuidad, mantiene, puede decirse, a la zona entera en un sordo e
interminable fragor.
La cuenca del Iguazú no es dilatada, pero el régimen de lluvias
torrenciales a qué está sometida compensa al exceso su brevedad. Los
ciento veinticuatro kilómetros cúbicos de agua que se desploman por año
sobre los bosques natales son absorbidos en su mitad por el Iguazú. Y si
estamos atentos al desnivel apuntado. comprenderemos que cada caída a
plomo de esa inmensidad líquida encierre una formidable energía
mecánica.
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