Textos peor valorados etiquetados como Crónica disponibles | pág. 7

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Los Estranguladores

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Un fuerte y hermoso árbol ha quedado solo al borde del camino. Desde los días en que el fuego abatió el bosque circundante, ese árbol, habituado a un régimen de humedad y aire muerto, ha luchado tenazmente por adaptarse al ambiente y a los vientos de hielo. Ha reconstruido su corteza quemada en largas franjas, con una laboriosa e hinchada cicatrización, de cuya constancia nada da idea. Ha perdido hojas, gajos enteros, para reducir su copa y reforzar las ramas matrices. Ha reaccionado contra los ataques de los insectos, vertiendo a litros sus jugos vitales por los agujeros que lo taladraban. Ha cambiado, en fin, de tal modo de aspecto, que cuesta reconocer en ese vigía escueto y nervudo, al árbol de espesa y húmeda fronda que antes vegetaba dormido en la penumbra natal.

Ese árbol de monte, pues, ha adquirido el derecho, tras diez años de lucha por la adaptación, a vivir al aire libre, Ni vientos, ni soles, ni heladas le dañarán. Los pájaros lo utilizan como mástil de tránsito en su vuelo desde una vera a otra del bosque. Concluyen allí de comer la fruta arrebatada al monte, —y una semilla cae a veces en la capa de polvo depositada en sus horquetas.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

El Caguaré

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Pocas cosas parecen más comprobadas que el amor de los osos hormigueros por las hormigas y la miel. Y pocas más difíciles, en cambio, que criar uno de estos animalitos con aquellos manjares.

De las dos especies de osos hormigueros conocidas en Misiones, una de ellas posee una cola fantásticamente rica que lleva enmarcada a la rastra, y que enarbola como un penacho a la menor sorpresa. Es el ñurumí, o tamanduá bandeira, como dicen los brasileños. La otra especie es más pequeña y posee una cola prehensil, muy semejante a la de las comadrejas. Vive en los árboles, y se la denomina caguaré.

En cierta ocasión tuvimos en casa un caguaré, y la primera insinuación sobre lo extraño de su pelaje, me la dió mi chico, prendido de mi mano ante la vista del animal.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Perros De Monte

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Una propiedad rural en el monte de Misiones está constituida por un rancho de sólo tres paredes, perdido en la inmensidad del bosque, del cual logra apenas aislarse por medio de un mínimo desmonte. En ese desmonte, el propietario planta maíz, mandioca, porotos y tabaco, todo ello en la cantidad justa e indispensable para no morirse de hambre y fumar. Pueden dar aspecto de vida al rancho, algunas gallinas de cuello y rabo desplumados, un chancho alto de patas como un galgo, y dos o tres cabras.

Pero nada de esto es indispensable. En cambio, sentados a la vista del fuego, en verano, o arrollados en invierno ante la llama misma, con la cola y el hocico ardidos, se ve siempre tres o cuatro perros flacos como esqueletos, y que al levantarse oscilan con las caderas flojas, prontos a caer.

Nada denuncia en estos perros su calidad particular. Reumáticos, siempre huraños y tristes, no habría optimista capaz de concederles vida para una estación más, fuerzas para alcanzar hasta el monte, y decisión para hacer frente a un tímido apereá.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

La Enredadera De Flor Escarlata

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Cuando los primeros fríos de junio devuelven al monte su negrura normal, que la última brotación de otoño había desvanecido en verdes claros, y alisan el espartillo del campo en un crema ceniciento por las primeras heladas, puede decirse que Misiones ha adquirido definitivamente su fisonomía invernal.

Hasta los Primeros días de agosto, la gran vegetación dormirá, sufriendo día a día la ilusión de una primavera que el sol cálido evoca, para arrebujarse de nuevo en su pesimismo al caer la noche, en cuyas últimas horas largas agujas de hielo morderán y quemarán su vasto y lóbrego contorno. La naturaleza conoce las bajas extremas del país y espera, soñando y aterida, el primer vislumbre de aurora primaveral que sonroja a los lapachos.

Sólo se atreve a florecer, a punzar en sangre las capueras lívidas de frío; a escalar hasta la cima de los negros troncos quemados en pie, desde donde descuelga en pesadas madejas sus gajos y flores, la enredadera de flor escarlata.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Una Cacería

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica


Llegó un momento en mi vida en que me sentí harto de la civilización, tal como la gozamos en las ciudades. Por contrapeso a un ejercicio intelectual más o menos intenso, mis brazos no sabían ya apartar un obstáculo del camino, porque todos me eran allanados, merced a ese mismo concepto de civilización. Para engañarme, se me mostró el camino de un gimnasio, donde en un patio herméticamente cerrado y con luz artificial a las dos de la tarde, hice fuerza de abajo para arriba y de frente al costado, con una bola de hierro en cada mano, manteniéndome inmóvil y rígido en el mismo sitio. Esto —se me decía— es muy útil.

¿Útil? ¿Para qué? ¿En qué consiste la utilidad de un ejercicio espantosamente estéril? ¿Útil porque trataba de simular con una vergonzosa pantomima el verdadero esfuerzo, que consiste en vencer la dificultad "natural"? De igual modo se podría llamar útil a la bolsa de oxígeno que prolonga la agonía de un moribundo: necesaria, por sutilezas de biología moral, acaso; pero "útil", jamás.


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Publicado el 19 de julio de 2026 por Brian.

Una Taza De Té

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica


Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de vestido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pareció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón, como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente.

Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta prisa en pasar inadvertida; un tan franco desinterés respecto de un badulaque cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella se vuelva a su vez; tal cabal indiferencia, en suma, que me encantó, bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel momento.

Aunque yo tenía qué hacer, la seguí, y me detuve en la misma esquina. A la mitad de la cuadra cruzó y entró en un zaguán de casa de alto.

La muchacha tenía un traje oscuro, y muy tensas las medias. Ahora bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el tiempo que seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien calzada, que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los escalones; pero juraría que no me equivoqué en un sólo número, y que llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo.

Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta.

Pues bien: en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bronce, leí:


DOCTOR SWINDENBORG

FISICO DIETETICO


¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa mañana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado una ideal ascensión de escalera, para concluir...


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Publicado el 10 de julio de 2026 por Brian.

Los Heroísmos

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


Llega un momento en la vida en que las circunstancias colocan al hombre al borde de un precipicio que debe saltar, él que no ha saltado nunca; a la entrada de un túnel abrasado en llamas, el que no resiste los primeros calores; ante las puertas de una ciudad devastada por una epidemia, el que evitó siempre el menor contagio.

Estas circunstancias, precoces para algunos, tardías para otros, pero ineludibles siempre, constituyen el destino de toda existencia.

Hoy o mañana, el hombre se encuentra fatalmente ante tales circunstancias. Dos caminos se abren ante él: el hombre de temple mediano, el hombre normal, equilibrado como una balanza, juicioso y previsor, el hombre-tipo, al cual todos pertenecemos, ese hombre vuelve la espalda al precipicio que podría costarle la vida; se aparta de las llamas que pueden malograr su existencia, y huye de los moribundos de la ciudad, que podrían arrastrarle consigo.


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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

Scott

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


La actitud de Scott ante el deber de concluir triunfalmente una expedición en la que su patria tenía puesta su alma, y el pequeñísimo de no abandonar en el camino a un compañero ya moribundo, no ha sido superada hasta hoy por héroe alguno.

Decimos mal: El heroísmo es uno solo, absoluto y cumplido totalmente en sí mismo, sea cual fuera la causa que lo encendió. No caracterizan al acto heroico sus consecuencias, sino la entrega incondicional de la fe a un sentimiento puro. Scott pudo haberse salvado por poco que hubiera creído que la gloria de la patria, el orgullo de su hazaña, el amor de su familia, pesaban más en su corazón que la vida de un hermano en el infortunio. Nada costaba a Scott cerrar los ojos ante el destino de un nuevo compañero de expedición que caía a su vez. A un kilómetro escaso estaban la vida, la salud, el triunfo, la gloria. Él conservaba fuerzas para alcanzar el puesto de abastecimiento; su compañero, no. Scott permaneció a su lado, y la muerte sobrecogió a ambos.


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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

Pasteur

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


La medicina moderna ofrece el curioso aspecto de hallarse asentada sobre los descubrimientos de un hombre que ni fue médico ni estudió particularmente medicina.

Este hombre, Pasteur, es el exponente más típico del experimentador ajeno a toda otra ambición que a la purísima de descubrir e inventar, porque ése es su destino y a él lo lleva directamente su genio.

Del modo —fatal, puede decirse— cómo obraban sobre él las fuerzas ciegas de la investigación, puede dar idea esta anécdota, transmitida por el gran entomólogo Fabre:

Pasteur había ya descubierto los misterios y el origen de las fermentaciones —podríamos decir de toda la patología microbiana—. cuando su concurso fue solicitado por los sericultores del sur de Francia, que veían diezmados sus gusanos de seda por una gran peste.


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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

Fulton

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


La vocación equivocada es un fenómeno bastante común en la vida. Lo que ya no lo es tanto, es gozar de la fortuna en el error, y sufrir indecibles miserias desde que se adquirió la verdad.

Si alguien parecía haber nacido con la pasión ciega, tenaz y profunda del arte, éste es Roberto Fulton. Siendo aprendiz de joyero, siente de pronto nacer su verdadera vocación; será pintor. Con una rapidez casi sin ejemplo en la historia, llega a dominar su lápiz y sus pinceles al punto de que cuatro años después de su iniciación, apenas a los 20 años, se permite el lujo de comprar para su madre viuda una casa con el producto de sus retratos.

Considérese esto: no se alcanzaba en aquella época (1785) con la pintura, los precios que se obtienen hoy por una mala oleografía. Vivir malamente, lograr subvenir con el arte a las pobres necesidades orgánicas, era ya empresa arriesgada. Fulton no sólo la realiza ampliamente, sino que logra asegurar a los veinte años la comodidad y la paz de su anciana madre.


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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

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