Textos peor valorados etiquetados como Cuento infantil | pág. 19

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etiqueta: Cuento infantil


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La Bella y la Bestia

Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont


Cuento infantil


Había una vez un mercader muy rico que tenía seis hijos, tres varones y tres mujeres; y como era hombre de muchos bienes y de vasta cultura, no reparaba en gastos para educarlos y los rodeó de toda suerte de maestros. Las tres hijas eran muy hermosas; pero la más joven despertaba tanta admiración, que de pequeña todos la apodaban “la bella niña”, de modo que por fin se le quedó este nombre para envidia de sus hermanas.

No sólo era la menor mucho más bonita que las otras, sino también más bondadosa. Las dos hermanas mayores ostentaban con desprecio sus riquezas antes quienes tenían menos que ellas; se hacían las grandes damas y se negaban a que las visitasen las hijas de los demás mercaderes: únicamente las personas de mucho rango eran dignas de hacerles compañía. Se lo pasaban en todos los bailes, reuniones, comedias y paseos, y despreciaban a la menor porque empleaba gran parte de su tiempo en la lectura de buenos libros.

Las tres jóvenes, agraciadas y poseedoras de muchas riquezas, eran solicitadas en matrimonio por muchos mercaderes de la región, pero las dos mayores los despreciaban y rechazaban diciendo que sólo se casarían con un noble: por lo menos un duque o conde

La Bella —pues así era como la conocían y llamaban todos a la menor— agradecía muy cortésmente el interés de cuantos querían tomarla por esposa, y los atendía con suma amabilidad y delicadeza; pero les alegaba que aún era muy joven y que deseaba pasar algunos años más en compañía de su padre.

De un solo golpe perdió el mercader todos sus bienes, y no le quedó más que una pequeña casa de campo a buena distancia de la ciudad.

Totalmente destrozado, lleno de pena su corazón, llorando hizo saber a sus hijos que era forzoso trasladarse a esta casa, donde para ganarse la vida tendrían que trabajar como campesinos.


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16 págs. / 29 minutos / 170 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Raspa Mágica

Charles Dickens


Cuento infantil


Érase una vez un rey que tenía una reina; él era el más viril de los hombres, y ella la más hermosa de las mujeres. La profesión del rey era funcionario. El padre de la reina había sido médico en otra ciudad.

Tenían diecinueve hijos y no paraban de tener más. Diecisiete de los niños cuidaban del bebé; y Alicia, la mayor, cuidaba de todos. Sus edades iban desde los siete años a los siete meses.

Pero sigamos con nuestra historia.

Un día el rey iba camino de la oficina cuando se detuvo en la pescadería para comprar una libra y media de salmón —pero no de la parte de la cola— que la reina (una prudente ama de casa) quería que le enviaran. El Sr. Pickles, el pescadero, dijo:

—Desde luego, señor. ¿Alguna cosa más? Buenos días.

El rey continuó melancólico hacia la oficina, porque faltaba mucho para el día de cobro trimestral y a varios de sus queridos hijos la ropa se les quedaba pequeña. No se había alejado mucho cuando el chico de los recados del Sr. Pickles llegó corriendo en su busca y le dijo:

—Señor, no se ha fijado usted en la anciana dama que estaba en la tienda.

—¿Qué anciana dama? —preguntó el rey— Yo no vi ninguna.

El rey no había visto a la anciana porque, para él, la anciana era invisible, aunque el chico del Sr. Pickles sí la veía. Probablemente porque ensuciaba y salpicaba con el agua, en la que dejaba caer los lenguados con violencia, de tal manera que si la dama no hubiese resultado visible para él, le habría estropeado la ropa.

En ese momento la anciana llegó corriendo. Su vestido era de seda tornasolada de una calidad magnífica, y olía a lavanda seca.

—¿Es usted el rey Watkins I? —preguntó la anciana.

—Me llamo Watkins, sí —respondió el rey.

—Padre, si no me equivoco, de la hermosa princesa Alicia —afirmó la dama.

—Y de otras dieciocho preciosidades más —replicó el rey.


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11 págs. / 20 minutos / 275 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Lo Malo Atrae, Pero lo Bueno Perdura

León Tolstói


Cuento infantil


Hace mucho tiempo vivía un hombre bondadoso. Él tenía bienes en abundancia y muchos esclavos que le servían. Y ellos se enorgullecían de su amo diciendo:

"No hay mejor amo que el nuestro bajo el sol. Él nos alimenta y nos viste, nos da trabajo según nuestras fuerzas. Él no obra con malicia y nunca nos dice una palabra dura. Él no es como otros amos, quienes tratan a sus esclavos peor que al ganado: los castigan si se lo merecen o no, y nunca les dan una palabra amigable. Él desea nuestro bien y nos habla amablemente. No podríamos desear una mejor vida."

De esta manera los esclavos elogiaban a su amo, y el Diablo, sabiendo esto, estaba disgustado de que los esclavos vivieran en tanta armonía con su amo. El Diablo se apoderó de uno de ello, un esclavo llamado Aleb, y le ordenó que sedujera a sus compañeros. Un día, cuando todos estaban sentados juntos descansando y conversando de la bondad de su amo, Aleb levantó la voz y dijo:

"Es inútil que elogien tanto las bondades de nuestro amo. El Diablo mismo sería bueno con nosotros, si hicieramos lo que el quiere. Nosotros servimos bien a nuestro amo y lo complacemos en todo. Tan pronto como él piensa en algo, nosotros lo hacemos: nos adelantamos a sus deseos. ¿Cómo puede tratarnos mal? Probemos como sería, si en lugar de complacerlo le hicieramos algún daño. El actuará como cualquier otro y nos devolverá daño con daño, como el peor de los amos haría."

Los otros esclavos comenzaron a discutir lo que Aleb había dicho y al final hicieron una apuesta. Aleb debía hacer enojar al amo. Si él fracasaba perdería su traje de fiesta; pero si tenía éxito, los otros esclavos le darían a Aleb los suyos. Además, él prometió defenderlos contra el amo y liberarlos si ellos eran encadenados o enviados a prisión. Habiendo arreglado la apuesta, Aleb estuvo de acuerdo en hacer enojar al amo la mañana siguiente.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 1.194 visitas.

Publicado el 2 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

Libro de Maravillas para Niñas y Niños

Nathaniel Hawthorne


Cuento infantil


Prefacio

Desde hace mucho tiempo el autor considera que gran número de mitos clásicos podrían reescribirse como lectura fundamental para los niños. A partir de esta idea, el breve volumen que aquí se ofrece al público reelabora media docena de estos mitos. El plan demandaba una gran libertad, pero cualquiera que intente adaptar estas historias en su forja intelectual observará que son prodigiosamente independientes de modos y circunstancias históricas. En esencia, siguen siendo las mismas después de haber pasado por cambios que afectarían la identidad de casi cualquier otra cosa.

El autor, por lo tanto, no se declara culpable de sacrilegio si a veces ha modelado de nuevo unas formas santificadas por una antigüedad de dos o tres mil años. Ninguna época puede reclamar derechos de autor sobre estas fábulas inmortales. Parece que no tuvieran origen y, sin duda, mientras exista el hombre es imposible que perezcan, pero, por esta misma indestructibilidad, son legítimamente susceptibles de que cada época las vista con su propio atuendo de modos y sentimientos y les infunda su propia moral. En la versión presente quizá han perdido mucho de su aspecto clásico (o bien el autor no tuvo el cuidado de conservarlo), y tal vez han adoptado un aspecto gótico o romántico.

Al llevar a cabo esta placentera tarea —pues realmente ha sido una labor idónea para el tiempo caluroso, y una de las más placenteras literariamente que hayamos emprendido—, el autor no siempre consideró necesario rebajar el nivel para facilitar la compresión de los niños. En general ha permitido que el tema se elevara, cada vez que a eso tendía y cuando él mismo tenía el suficiente aliento para seguirlo sin esfuerzo. En imaginación y sentimiento, los niños tienen una enorme sensibilidad para todo lo propfundo o lo elevado, mientras también sea sencillo. Lo único que les desconcierta es lo artificioso y lo complejo.


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148 págs. / 4 horas, 19 minutos / 260 visitas.

Publicado el 24 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

Sirenitas

Louisa May Alcott


Cuento infantil


—¡Cómo me gustaría ser una gaviota, un pez, o una sirena!; entonces pasaría todo el rato nadando, que es lo que a mí me gusta, y no tendría que permanecer en esta estúpida tierra seca todo el día —refunfuñó Nelly, sentada con el ceño fruncido y abriendo agujeros en la arena con los puños, una luminosa mañana de verano, mientras las olas llegaban murmurando a la playa, y una refrescante brisa entonaba una agradable canción.

A esta niña le gustaba tanto bañarse en el mar, que de haber sido por ella habría estado todo el tiempo jugando en el agua; pero como la pobrecita andaba un poquito resfriada, le habían prohibido entrar en el agua durante un par de días. Así pues, Nelly, en plena rabieta como estaba, se separó de sus compañeros de juego para sentarse y enfurruñarse a sus anchas en un paraje solitario entre las rocas. Se entretuvo allí observando a las gaviotas volar y planear, con sus brillantes alas blancas plegadas cuando caían en picado, o abiertas al dispararse de nuevo hacia arriba bajo los rayos del sol. Y con tanta fuerza pidió que se cumpliese su deseo, que una muy grande descendió sobre la arena posándose delante de ella, y, mientras la niña miraba fijamente sus ojillos relucientes, el anillo rojo alrededor del cuello, y el pequeño penacho en la cabeza, la sorprendió diciendo en un tono ronco:

—Yo soy el rey de las gaviotas, y puedo hacer realidad cualquiera de tus deseos. Así pues, ¿qué prefieres ser: un pez, un pájaro, o una sirena?

—La… la gente dice que no hay si… sirenas —tartamudeó Nelly.

—Sí que las hay; sólo que los mortales no pueden verlas a menos que yo les dé el poder de hacerlo. ¡Decídete rápido, niña!, no me gusta nada estar en la arena. ¡Elige y deja que me vaya de una vez! —la urgió la Gran Gaviota, acompañando sus comentarios con un impaciente aleteo.


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21 págs. / 37 minutos / 166 visitas.

Publicado el 23 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Amiguita de Fancy

Louisa May Alcott


Cuento infantil


Era un carro largo y estrecho, cuya caja tenía la forma de una gran cesta, con ruedas bajas, y tirado por un corpulento pollino. La señorita Fairbairn, la institutriz, gobernaba diestramente el tiro desde el pescante; y a su espalda, asomando sus cabecitas a los bordes de la cesta, se veía a un puñado de niñitos sonrientes, con pequeñas palas de madera y cubitos de lata en las manos, camino de la playa. Recorrieron un buen trecho desde la explanada frente al hotel, a través de la pedregosa carretera hacia las afueras, y desde allí al amplio y suave arenal. Nada más llegar, todos los niños salvo uno, se tiraron inmediatamente del carro a cavar hoyos y estanques, o a construir castillos y fortalezas. Hacían esto mismo día tras día, y nunca se cansaban de ello; pero la pequeña Fancy había inventado nuevos juegos para ella, y rara vez cavaba en la arena. Cultivaba un hermoso jardín de algas marinas que las olas regaban todos los días; mantenía un palacio de bonitas conchas, donde albergaba a todo tipo de pequeñas criaturas acuáticas, como si fueran personajes de cuentos de hadas; tenía amigos y compañeros de juego entre las gaviotas y los correlimos; aprendía cosas curiosas observando a los cangrejos, a las medusas y a los cangrejos herradura; y todos los días vigilaba atentamente esperando ver una sirena.


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21 págs. / 37 minutos / 82 visitas.

Publicado el 23 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Una Francachela Frente al Mar

Louisa May Alcott


Cuento infantil


—¿Irás esta noche a la fiesta de la señora Tortuga? —preguntó un joven y alegre bígaro a su amigo Berberecho, cuando ambos se encontraron en la arena.

—Bueno… no lo sé: ¿qué tienen previsto hacer allí?, y ¿quiénes están invitados? —respondió Berberecho, bastante lánguidamente, porque había sido una estación veraniega muy animada, y estaba decididamente agotado.

—Definitivamente no habrá baile, pues el regidor no lo aprueba; pero no faltarán oportunidades para cantar, ni una antología de cuadros dramáticos, ni, por supuesto, un espléndido banquete. Es la última noche de la temporada; y, como en el gran hotel estarán celebrando su fiesta de despedida, hemos pensado que también nosotros podríamos organizar algún tipo de francachela. La encantadora Lily Cangrejo estará allí; también las langostas, los percebes, los cangrejos herradura, y los caracoles de mar, además de los mosquitos, las luciérnagas y los escarabajos de agua. He oído decir que asistirán distinguidos forasteros: un pez volador, una musaraña de agua, y los críos de la Madre Carey.

—Hum… ya, bueno; tal vez me deje arrastrar hasta allí en un par de horas o así. Me muero por ver a Lily Cangrejo; y el regidor organiza unas fiestas memorables. Ahora voy a disfrutar de unas algas; así que chao, hasta la noche.

El joven Berberecho no se refería a fumar un cigarro, no, sino a echarse una buena siesta bajo las algas. Bígaro buscó también unas algas con la misma intención; y ambos se despertaron tan vigorizados, que estuvieron entre los primeros en llegar a la fiesta.


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15 págs. / 26 minutos / 77 visitas.

Publicado el 23 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Rizo, la Ninfa del Mar

Louisa May Alcott


Cuento infantil


Muy hondo bajo la inquieta superficie del mar azul, vivía Rizo, una pequeña y feliz ninfa de las aguas. Se pasaba el día bailando despreocupadamente bajo las interminables arcadas de coral, confeccionando guirnaldas de irisadas flores marinas, o meciéndose a merced de las grandes y rizadas olas que brillan bajo el sol. Pero por encima de estas diversiones, ella amaba tenderse entre las caracolas multicolores en la orilla del mar, a escuchar la delicada y murmurante música que el oleaje les enseñara mucho tiempo atrás; y así, durante horas y horas, la pequeña ninfa contemplaba el océano y el cielo, mientras canturreaba alegremente para sí.

Mas cuando la tempestad se desataba, se apresuraba a desaparecer bajo la tumultuosa marejada, donde todo es tranquilidad y silencio; y junto a sus hermanas ninfas aguardaba a que remitiese el temporal, escuchando entristecida entretanto, los gritos y lamentos de aquellos a quienes los embates del mar embravecido destrozaban y arrojaban al agua; aquellos que pronto llegarían, abismándose pálidos y fríos, al acogedor reino de las ninfas marinas. Derramaban entonces lágrimas de compasión sobre las formas inertes, y las depositaban en silenciosas tumbas, donde algas de muchos colores prosperaban, y las joyas brillaban semienterradas en la arena.

Esta era la única aflicción que ensombrecía la vida de Rizo, que a menudo pensaba en quienes que se dolían de la pérdida de sus seres queridos —descansando para entonces en lo profundo de oscuras y silenciosas grutas de coral—, y de mil amores habría devuelto a la vida a cuentos yacían a su alrededor. Pero el gran océano es mucho más poderoso que todas las ninfas de corazón tierno que habitan en su seno; así pues, sólo podía llorar por ellos y dejarlos dormir eternamente, allí donde no había olas crueles que pudieran seguir dañándolos.


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18 págs. / 32 minutos / 81 visitas.

Publicado el 23 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Cuentos de Hadas Japoneses

Lafcadio Hearn


Cuento infantil


1. Chin-chin Kobakama

El suelo de las habitaciones japonesas está cubierto con preciosas esteras, gruesas y suaves, de cáñamo tejido. Se ajustan muy juntas, de manera que apenas puedes introducir entre ellas la hoja de un cuchillo. Se cambian todos los años, y se conservan muy limpias. Los japoneses nunca llevan zapatos dentro de casa, y tampoco usan sillas o muebles como hacen los ingleses. Se sientan, duermen, comen y a veces incluso escriben en el suelo. Por eso las esteras deben mantenerse muy limpias, y a los niños japoneses se les enseña, en cuanto empiezan a hablar, a no estropear o ensuciar nunca las esteras.

Es cierto que los niños japoneses son muy buenos. Todos los viajeros que escribieron libros sobre el Japón, reconocen que los niños japoneses son mucho más obedientes que los ingleses, y mucho menos traviesos. No estropean ni manchan las cosas, y tampoco rompen sus juguetes. Una niña japonesa nunca rompe su muñeca, ¡qué va! La cuida con esmero y la conserva incluso hasta hacerse mujer y casarse. Cuando se convierte en madre y tiene una hija, le regala su muñeca. Y la niña tiene el mismo cuidado que la madre y la conserva hasta que se hace mayor, y finalmente se la da a sus hijas para que jueguen con ella con el mismo cuidado con que su abuela jugaba. Por eso yo —que estoy escribiendo esta pequeña historia para ti— he visto en el Japón muñecas de más de cien años que estaban tan bien cuidadas que parecían nuevas. Eso demuestra lo buenos que son los niños japoneses, y explica por qué el suelo de una habitación japonesa está prácticamente siempre limpio, y no rayado o estropeado por las travesuras.


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74 págs. / 2 horas, 10 minutos / 276 visitas.

Publicado el 3 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Cuentos Populares Japoneses

Lafcadio Hearn


Cuento infantil


La araña-duende

Cuentan los libros antiguos que en Japón había muchas arañas-duende. Algunos viejos afirman que aún las hay. Durante el día adoptan la forma de una araña normal y corriente pero, bien entrada la noche, cuando todos duermen y el mundo está en silencio, aumentan y aumentan de tamaño y se dedican a hacer cosas horribles. Se dice que las arañas-duende tienen la mágica habilidad de adoptar forma humana para engañar a la gente. He aquí una célebre historia japonesa sobre una de esas arañas.

Hace mucho tiempo, en un lugar solitario del país, había un templo encantado. Nadie podía vivir allí, pues los duendes se habían adueñado del edificio. Muchos samuráis valientes acudieron al lugar en numerosas ocasiones para dar muerte a aquellas criaturas pero, una vez que entraron en el templo, nunca más se supo de ellos.

Finalmente, uno célebre por su valor y su prudencia se presentó en el templo para hacer guardia durante la noche. A todos los que le acompañaron hasta allí les dijo:

—Si mañana por la mañana sigo con vida, haré sonar el tambor del templo.

Entonces todos se marcharon y el samurái se quedó solo, haciendo guardia a la luz de un candil.

Cuando se hizo noche cerrada, se acuclilló bajo el altar que soportaba una polvorienta imagen de Buda. No vio nada extraño ni escuchó sonido alguno hasta pasada la medianoche. Entonces apareció un duende que tenía medio cuerpo y un solo ojo y exclamó: Hitokusai! (¡Aquí huele a hombre!). Pero el samurái no se movió y el duende pasó de largo.

A continuación llegó un sacerdote y comenzó a tocar el samisen tan maravillosamente que el samurái pensó que aquella música no podía ser obra humana. Así que se puso en pie de un salto con la espada desenvainada. Cuando el sacerdote lo vio, rompió a reír y le dijo:


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30 págs. / 53 minutos / 194 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

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