Bonifacio vivió buscándose y murió sin haberse hallado; como el barón
del cuento, creía que tirándose de las orejas se sacaría del pozo.
Era un muchacho, por su desgracia, listo, empeñadísimo en ser
original y parecer extravagante, hasta tal punto que dejaba de hacer lo
que hacían otros por la misma razón que éstos lo hacen: porque ven
hacerlo. Empeñado en distinguirse de los hombres, no conseguía dejar de
serlo.
Yo no quiero hacer ningún retrato; declaro que Bonifacio es un ser
fantástico que vive en el mundo inteligible del buen Kant, una especie
de quinto cielo; pero la verdad es que cada vez que pienso en Bonifacio
siento angustia y se me oprime el pecho.
«¿Cuál será mi aptitud?», se preguntaba Bonifacio a solas.
Escribió versos y los rompió por no hallarlos bastante originales;
éstos recordaban los de tal poeta, aquéllos los de cual otro; le parecía
cursi manifestarse sentimental, más cursi aún romántico (¿qué quiere
decir romántico?), mucho más cursi, escéptico y soberanamente cursi,
desesperado. Escribió unas coplas irónicas, llenas de desdén hacia todo
lo humano y lo divino, y leyéndolas un mes más tarde las rompió,
diciéndose: «¡Vaya una hipocresía!, pero si yo no soy así». Luego
escribió otras tiernísimas en que hablaba del hogar, de su familia, de
su rincón natal, cosa de arrancar lágrimas a un canto, y las rompió
también: «Sosadas, sosadas; ¡esto es música celestial!».
¡Pobre Bonifacio! Cada mañana la luz hacía brotar de su mente un
pensamiento nuevo, que moría poco más o menos a la hora en que muere el
sol.
Bonifacio era muy alegre entre sus amigos; a solas se empeñaba en ser
triste, se tiraba con furia de las orejas, pero ¡como si no!, siempre
tranquila la superficie del pozo y él metido allí.
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