Textos favoritos etiquetados como Cuento que contienen 'b' | pág. 28

Mostrando 271 a 280 de 2.841 textos encontrados.


Buscador de títulos

etiqueta: Cuento contiene: 'b'


2627282930

A Cadena Perpetua

Alejandro Larrubiera


Cuento


Veinte años hacía que no sabíamos palabra uno del otro; así es que al encontrarnos la otra mañana en plena Puerta del Sol, ambos nos quedamos un momento indecisos, cambiando una mirada de alegría y de sorpresa.

Previo un abrazo muy fuerte, Quintín Páramo exclamó:

—¡Estás desconocido!...

—¡Pues lo que es tú!...

—¡No me hables!... Yo estoy hecho un carcamal.

—¡No exageres!... Á los cuarenta años aún podemos decir que nos encontramos en la flor de la vida.

—Una flor que empieza á amustiarse y que ya ha dado todo su aroma —suspiró Quintín melancólicamente.

Entrelazó su brazo al mío, y prosiguió con el hablar pintoresco, que es la característica de su lenguaje:

—¡Bendigamos á la Providencia por nuestro feliz encuentro y celebrémosle hartándonos de bazofia en cualquier «restaurant» baratito... el que tú quieras: en todos ellos dan de comer pechuga de pollo fósil... Mi amistad te brindaría con Lhardy... Pero, odio á este famoso halagador de estómagos bien relacionados con el bolsillo... Figúrate que toda mi vida me he dicho: «¿Cuándo comeré yo en casa de ese hombre?...» Y nunca he comido en ella, ni comeré... Es una de tantas ilusiones forjadas por la loca de la casa, que en mí es más loca que en nadie, pues sólo sabe fabricar quimeras...

—Menos ésta, que puede trocarse en realidad... Vamos á Lhardy.

—¡Gracias, alma generosa!... Pero no acepto el sacrificio, porque de entrar yo en Lhardy ha de ser como Lúculo en su casa.


* * *


Habíamos almorzado; el vaho del Moka fundíase con el humo de nuestros cigarros.

Era llegado el momento de las confidencias.

Quintín hablaba:


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 8 minutos / 506 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

Tiro de bolas perdido

Javier de Viana


Cuento


I

Desde chiquilín, don Macario Beneochea había hecho maletas con sus actividades, distribuyendo por peso igual, de un lado el trabajo y del otro las diversiones. A un hombre que es honbre, y más aún si ese hombre es un gaucho, no le debe asquear ninguna labor, así fuese más pesada que un toro padre y más peligrosa que galopar por el campo en una de esas noches en que el cielo se entretiene en plantar rayos sobre la tierra.

Si el deber ordena pasar cuarenta y ocho horas sin apearse del caballo, sin comer y sin dormir, calado por la lluvia, amoratado por el frío, se aguanta; y a cada vez que el hambre, el sueño, el cansancio, se presentan con ánimo de interrumpir la tarea, se les pega un chirlazón como a perro importuno, diciéndole:

—Ladiate che, que pa pintar una rodada, sobra con los tacuruses del campo y los ahujeros del camino...

Mas cuando los clarines tocan rancho, hay que llenar la panza, con lo mucho y lo mejor, empujando hasta donde quepa, como quien hace chorizos, apretando hasta que no quede gota de suero, como quien amasa queso.

Y cuando tocan a divertirse, en el armonioso bullicio del baile o de las cameras, o en el silencio de las carpetas o de los velorios, sin preocuparse de aflojarle las cinchas a los pingos de la imaginación y el sentimiento...

A galope tendido por el amplio y liso camino real de los placeres, con absoluta despreocupación de cuanto va quedando detrás de las ancas del caballo. Él lo exponía en su parla gráfica:

—La vida, pa ser linda, y debe ser como debe ser, ha de tener comparancia con las yapas de las riendas; entre argolla y argolla un corredor.

Así fué en el transcurso de muchos años, manteniendo siempre el equilibrio prudente las dos alas de la alforja.

Mas, al trasponer la portera de los cincuenta, empezó a romperse la armonía. Del nacimiento hasta los veinte, los años marchan al tranco; de ahí hasta los cuarenta trotan; y más p'adelante le meten galope tendido.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 22 minutos / 39 visitas.

Publicado el 31 de agosto de 2025 por Edu Robsy.

El Guardabosque Comediante

Horacio Quiroga


Cuento


En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de abedules y tamarindos, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas en la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía al pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: "Yo soy romano y negligente". Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar un papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino, y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: "_He sido galante", se decía.


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 26 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Hombre Sitiado por los Tigres

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un hombre que vivía solo en el monte, en compañía de un perro y un loro. Había también muchos tigres, que todas las noches rugían en la otra orilla del río; a veces lo cruzaban a nado. Pero esto pasaba pocas veces, porque el hombre era un buen cazador y los tenía a raya. El hombre pasaba el año cuidando una plantación de caña de azúcar, y la cuidaba también de noche, cuando había luna. Pero en las noches lluviosas venían los chanchos salvajes y le pisoteaban y devoraban su plantación. Por lo cual el hombre estaba desesperado.

Se decidió entonces una noche a ir a la orilla del río a hablar con los tigres para que cuidaran su caña. Desde hacía un tiempo él había notado que entre los rugidos de los tigres había uno que era distinto de los demás. «Este tigre que ruge así ─se dijo el hombre mientras cargaba su escopeta─ debe ser un tigre que los hombres han cazado y que ha vivido mucho tiempo en una jaula, donde ha aprendido a entender nuestro lenguaje. Yo comprendo también un poco el idioma de los tigres, y voy, por consiguiente, a entenderme con él.»

Y en efecto; mientras del otro lado del río la costa se llenaba a todo lo largo de rugidos, el hombre lanzó un gran grito, e instantáneamente los tigres callaron. Entonces el hombre gritó:

─¡Tigres! ¡Quiero hablar con uno de ustedes!

Durante un rato los tigres permanecieron en silencio, como si estuvieran discutiendo entre ellos, hasta que por fin un tigre lanzó un largo rugido, y el hombre comprendió lo que decía.

─¿Con cuál de nosotros? ─había dicho el rugido.

─¡Contigo! ¡Con el que está hablando!

─Está bien: podemos hablar ─contestó el tigre─. Y ¿dónde?

─Aquí, en esta isla que está en medio del río ─agregó el hombre─. Yo voy nadando, y tú puedes hacer lo mismo. Pero cuidado con los otros, porque si veo que otros tigres pasan a la isla, les pongo a cada uno una bala en medio de la frente, ¿entendido?


Leer / Descargar texto

Dominio público
10 págs. / 18 minutos / 42 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Diablo de un Solo Cuerno

Horacio Quiroga


Cuento


En el país de África, cerca de un gran río, había un lugar donde nadie quería vivir, porque todos tenían miedo. Alrededor de ese lugar vivían muchos negros, que plantaban mandioca y bananos. Pero en aquel lugar no había nadie, ni bananos, ni mandioca, ni negros, ni nada. Todos los negros tenían miedo de aquel lugar, porque allí vivía un animal enorme que rompía las plantas, atropellaba los ranchos, deshaciéndolos en cien mil pedazos, y mataba además a todos los negros que encontrada. Los negros, a su vez, habían querido matar al terrible animal, pero no tenían sino flechas, y las flechas no entraban en el lomo ni en los costados, porque allí el cuero es sumamente grueso y duro. En la barriga, sí, entran las flechas, pero es muy difícil apuntar bien.

Una vez, un negro muy inteligente fue hasta cerca del mar, y compró una escopeta que le costó cinco colmillos de elefante. Con esa escopeta quiso matar al animal; pero las balas de plomo se achataban contra la piel, y entonces aquél mató al negro con escopeta y todo, rompiéndole la cabeza de una patada, como si fuera un coco.

¿Pero qué animal era ése, tan malo y con tanta fuerza? Era un rinoceronte, que es el animal más rabioso del mundo, y tiene casi tanta fuerza como un elefante. Éste es el motivo por el cual ningún negro quería ni acercarse al lugar donde vivía el rinoceronte.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 61 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Diablito Colorado

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un chico que se llamaba Ángel y vivía en la cordillera de los Andes, a orillas de un lago. Vivía con una tía enferma; y Ángel había sido también enfermo, cuando vivía en Buenos Aires, donde estaba su familia. Pero allá en la cordillera, con el ejercicio y la vida al aire libre se había curado del todo. Era así un muchacho de buen corazón y amigo de los juegos violentos, como suelen ser los chicos que más tarde serán hombres enérgicos.

Una tarde que Ángel corría por los valles, el cielo de pronto se puso amarillo, y las vacas comenzaron a trotar, mugiendo de espanto. Los árboles y las montañas mismas se balancearon, y a los pies de Ángel el suelo se rajó como un vidrio en mil pedazos. El chico quedó blanco de susto ante el terremoto; cuando en la profunda grieta que había a sus pies vio algo como una cosita colorada que trepaba por las paredes de la grieta. En ese mismo momento la gran rajadura se cerraba de nuevo, y Ángel oyó un grito sumamente débil. Se agachó con curiosidad, y vio entonces la cosa más sorprendente del mundo: vio un diablito, ni más ni menos que un diablito colorado, tan chiquito que no era mayor que el dedo de una criatura de seis meses. Y el diablito chillaba de dolor, porque la grieta al cerrarse le había apretado una mano y saltaba y miraba asustado a Ángel, con su linda carita de diablito.

El muchacho lo agarró después por la punta de la cola, y lo sacó de allí, sosteniéndolo colgado cabeza abajo. Y después de mirarlo bien por todos lados, le dijo:

─Oye diablito: si eres un diablo bueno (pues hay diablos buenos), te voy a llevar a casa, y te daré de comer; pero si eres un diablo dañino, te voy a revolear en seguida de la cola y arrojaré al medio del largo.

Al oír lo cual el diablito se echó a reír:


Leer / Descargar texto

Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 50 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Paz

Horacio Quiroga


Cuento, fábula


Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.

─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.

─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.

─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.

─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.

─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.

─¿Ninguno?...

─El tigre, sí. A nosotros nos mata.

─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!

Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.

─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.

─¿A quién habrá matado?

─Yo sé. Al venado. Él lo mató.

─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.

─Anteayer en el río... Muerto.

─¿Y el puma?

─Hace una semana... Muerto.

─¿Y el oso hormiguero?

─En la orilla del pantano... Muerto.

─¿Y el tigre?

En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.

─¿El tigre?... Acaba de morir.

Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.

No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 26 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Gente de Provincias

Pablo Palacio


Cuento


Santiago Maya

Aquel pobre señor de provincia, Santiago Maya, andaba siempre en chancleta y fumaba largos y renegridos puros… Pobre de dinero, no: cinco mil barras, como dicen, hacen en los pueblos una fortuna bastante respetable. Da para echar vientre; ponerse la gorra o el sombrero de paja a media testa; hundir las manos en los bolsillos, sonando las llaves y alguna que otra moneda; arrastrar grave y concienzudamente las zapatillas, y hablar de política y mujeres.

Santiago Maya tuviera más, mucho más, si no habría sido por la maldita hernia, que le obligaba a tener prendido a la carne, como un apéndice, el insoportable braguero.

Cuando mozo fuera ayudante de su padre en un molino, que a la cabecera del pueblo metía la bulla del siglo: las grandes piedras remordiéndose ruidosamente para triturar el grano; los remiendos de las bandas azotando como foetes los volantes durante las vueltas interminables. Santiago llevaba de uno a otro lado los ventrudos costales de trigo y los hondos cajones de harina. Se hizo fuerte como un toro. Una mañana, en unión de algunos jornaleros, vacilaba ante una pesada carga:

—A que no alzan ustedes este saco.

—Ni usted lo alza, patrón.

Lo que menos le gustaba era las charlas. Al grano, al grano, y en verdad que al grano había que ir. Y que «lo alzo», que «no lo alza»… Santiago levantó el saco poniéndose muy rojo; luego emplasteció un poquillo, y no hubo más.

A los pocos días, durante el baño, reparó en una pequeña bolita junto al bajo vientre, que después fue hinchándose poco a poco. Las amigos le dieron bromas, pero él se puso serio y un sí es no es asustado. Decaían sus fuerzas, y en esa ocasión, lleno de vergüenza, casi no pudo atravesar el río a nado.


Leer / Descargar texto

Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 27 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

Bola de Sebo

Guy de Maupassant


Cuento




Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaba sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios impresionables, prontos el terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes.

Compañías de francotiradores, bautizados con epítetos heroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, Los Compañeros de la Muerte, aparecían a su vez con aspecto de facinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de paños o de cereales, convertidos en jefes gracias a su dinero —cuando no al tamaño de las guías de sus bigotes—, cargados de armas, de abrigos y de galones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campaña y pretendían ser los únicos cimientos, el único sostén de Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombros de fanfarrones, a la vez que se mostraban temerosos de sus mismos soldados, gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y también forajidos y truhanes.

Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ruán.


Leer / Descargar texto

Dominio público
41 págs. / 1 hora, 12 minutos / 2.028 visitas.

Publicado el 18 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

2627282930