Fue en el balneario de Aguasacras donde hice conocimiento con aquel
matrimonio: el marido, de chinchoso y displicente carácter, arrastrando
el incurable padecimiento que dos años después le llevó al sepulcro; la
mujer, bonitilla, con cara de resignación alegre, cuidándole solícita,
siempre atenta a esos caprichos de los enfermos, que son la venganza que
toman de los sanos.
Conservaba, no obstante, el valetudinario la energía suficiente para
discutir, con irritación sorda y pesimismo acerbo, sobre todo lo humano y
lo divino, desarrollando teorías de cerrada intransigencia. Su modo de
pensar era entre inquisitorial y jacobino, mezcla más frecuente de lo
que se pudiera suponer, aquí donde los extremos no sólo se han tocado,
sino que han solido fusionarse en extraña amalgama. Han sido
generalmente prendas raras entre nosotros la flexibilidad y delicadeza
de espíritu, engendradoras de la amable tolerancia, y nuestro recio y
chirriante disputar en cafés, círculos, reuniones, plazuelas y tabernas
lo demostraría, si otros signos del orden histórico no bastasen.
El enfermo a que me refiero no dejaba cosa a vida. Rara era la
persona a quien no juzgaba durísimamente. Los tiempos eran fatídicos y
la relajación de las costumbres horripilantes. En los hogares reinaba la
anarquía, porque, perdido el principio de autoridad, la mujer ya no
sabe ser esposa, ni el hombre ejerce sus prerrogativas de marido y
padre. Las ideas modernas disolvían, y la aristocracia, por su parte,
contribuía al escándalo. Hasta que se zurciesen muchos calcetines no
cabía salvación. La blandenguería de los varones explicaba el descoco y
garrulería de las hembras, las cuales tenían puesto en olvido que ellas
nacieron para cumplir deberes, amamantar a sus hijos y espumar el
puchero. Habiendo yo notado que al hallarme presente arreciaba en sus
predicaciones el buen señor, adopté el sistema de darle la razón para
que no se exaltase demasiado.
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