Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de
hacienda, las cuatrerías más o menos importantes, desde un animalito
hasta un rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del
partido, salvo, naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la
comuna, los bien colocados en la política oficial, y los secuaces más en
evidencia de unos y otros.
La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, centro obligado
de todo el comentario, ardoroso e indignado si los hay, pues ya no se
trataba únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de mala
manera, el bolsillo de cada cual.
Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente a
los globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del
mostrador, para ir a la trastienda para echar un cuarto a espadas con el
fogoso farmacéutico, acerca de los sucesos del día.
—A don Melitón le robaron anoche, de junto a las mismas casas, un padrillo fino, cortando tres alambrados.
—A Méndez le llevaron un puntita de cincuenta ovejas lincoln.
—Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la tropa que estaba preparando.
—El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo, a hacer una recorrida...
Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos de hombros, guiños maliciosos y acusadores.
—El mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla —murmuraba Silvestre, afectando frialdad.
—¡Hum! —apoyaba Viera, el director de «La Pampa», meneando la cabeza
con desaliento—. Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio
que digamos...
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