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El Milagro de Purun Baghat

Rudyard Kipling


Cuento


La noche que sentimos
que la tierra se abriría,
lo hicimos, tomado de la mano,
en pos nuestro venirse.
Porque lo amábamos con el amor
aquel que conoce pero no entiende.
Y cuando de la montaña
el estallido percibióse,
y todo hubo caído
como lluvia extraña,
lo salvamos nosotros,
nosotros, pobre gente;
pero, ¡ay! siempre
permanece ausente.
¡Gemid! Lo salvamos,
pues también aquí,
entre esta pobre gente,
hay sinceros amores.
¡Gemid! No despertará
nuestro hermano.
Y su propia gente
nos echa de nuestro remanso.

(Canto elegíaco de los langures.)


En la India había una vez un hombre que era primer ministro de uno de los estados semi—independientes que hay en el noroeste del país. Era un brahmán de tan alta casta, que las castas ya no tenían ningún significado para él; su padre había tenido un importante cargo entre la gentuza de ropajes vistosos y de descamisados que formaban parte de una corte india a la antigua.

Pero, conforme Purun Dass crecía, notaba que el antiguo orden de cosas estaba cambiando, y que si cualquiera deseaba elevarse, era necesario que estuviera bien con los ingleses y que imitara todo lo que a éstos les parecía bueno. Al mismo tiempo, todo funcionario debía captarse las simpatías de su amo. Algo difícil era todo esto, pero el callado y reservado brahmancito, ayudado por una buena educación inglesa recibida en la universidad de Bombay, supo manejarse bien, y se elevó paso a paso hasta llegar a ser primer ministro del reino; esto es, disfrutó de un poder más real que el de su amo, el Maharajah.


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19 págs. / 34 minutos / 324 visitas.

Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Leonor

Fernán Caballero


Cuento


I

—Conde —decía una señora a un grande de España—, he oído hablar de vuestra galería de retratos de familia, y desearía verla, deseos que abrigan igualmente estos amigos míos.

El conde, que era un hombre tan fino como bondadoso y franco, se apresuró a acceder a un deseo que no podía menos de lisonjearle, y al día siguiente recibía en su galería, a aquellas señoras, acompañadas de algunos de sus amigos.

Mientras recorrían aquel recinto, parando su atención ya en uno, ya en otro de aquellos rostros conservados por la pintura, cuando nada quedaba existente de los originales, como si el corazón hubiese pedido al estable pincel el auxilio que le negaba la frágil memoria humana, dos jóvenes, considerando aquel conjunto de retratos, hacían reflexiones, moneda hoy muy corriente, pero en la que se encuentran piezas falsas, tanto como de buena ley.

—Yo —decía uno de ellos, gallardo oficial de caballería— pondría los ricos trajes, las cruces y las mitras con que se engalanan estos retratos a esqueletos, lo cual, no sólo sería incontestablemente propio y exacto, sino también una justa censura de las antiguallas y la vanidad, dos cosas que son un anacronismo patente en nuestra época y modernas tendencias. ¡Qué poesía y qué filosofía habría en colgar una banda y una cruz de los desnudos huesos de un pecho vacío, y en colocar esas mitras sobre huecas calaveras!

—Sí, por cierto —contestó su interlocutor—; pero tu pensamiento poético-filosófico y palpitante de actualidad, según la expresión moderna, es un plagio.

—¡Un plagio! ¿Cómo?


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Dominio público
19 págs. / 34 minutos / 142 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2019 por Edu Robsy.

La “Zambullón”

Baldomero Lillo


Cuento


A Osvaldo Marín.


—... “Seguro efectuado ayer. Póliza correo”.

En cuanto hubo don Manuel leído este despacho telegráfico se asomó a la puerta de la oficina y llamó:

—¡Antonio!

—Voy, señor —respondió una voz varonil y unos pasos precipitados resonaron en el corredor.

El patrón clavó un instante sus grises pupilas en la barra, donde se entrechocaban tumultuosas las olas, y ordenó al mozo de atezado semblante que esperaba en el umbral sombrero en mano:

—Ve a buscar a Amador y su gente —y volviendo en seguida a su escritorio se absorbió en la importante tarea de rectificar las sumas del libro de caja a fin de hallar el error de un centavo que le impedía cerrar el balance de fin de mes. Entre tanto, Antonio había descendido la colina y caminaba por la orilla de la laguna en dirección del rancho de Teresa, donde, de seguro, encontraría al que buscaba. Sus cálculos no le engañaban, pues al volver un recodo del sendero lo divisó sentado junto a su novia, bajo la pequeña ramada, afanado en revisar los anzuelos de un espinel. Cuando el mensajero estuvo cerca, Amador interrumpió la tarea para decirle:

—¿Me necesitan allá arriba, no es verdad?

—Y también a Lucho y a Rafael.

El rostro del pescador se ensombreció y exclamó con ira:

—¡Perra suerte! ¡Ese maldito cascarón va a ser nuestra sepultura!

Teresa se levantó airada y, dejando a un lado la costura, profirió con vehemencia:

—¡Pero eso es una maldad! La Zambullón está tan vieja que es tentar a Dios moverla siquiera de su fondeadero. ¿No es así, Antonio?

El interpelado inclinó la cabeza y guardó silencio, haciéndose el desentendido. Como buen rústico sabía callarse y no adelantar opiniones que más tarde le comprometiesen. Fingiendo gran prisa se despidió diciendo a su camarada:

—No te olvides de que a las cuatro comienza a bajar la marea.


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19 págs. / 34 minutos / 28 visitas.

Publicado el 30 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

Curioso, de Ser Cierto

Elizabeth Gaskell


Cuento


(Extracto de una carta del señor Richard Whittingham)

Antes te divertía tanto que me enorgulleciera descender de la hermana de Calvino que se casó con un tal Whittingham, deán de Durham, que no sé si compartirás la estima a mi distinguido pariente que me llevó a Francia para examinar registros y archivos que creía que me permitirían descubrir descendientes colaterales del gran reformador a quienes podría llamar primos. No te contaré mis aprietos y aventuras en esta investigación; no mereces saberlos. Pero una tarde del pasado mes de agosto me ocurrió algo tan extraño que, si no hubiese estado absolutamente seguro de hallarme totalmente despierto, lo habría tomado por un sueño.


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19 págs. / 34 minutos / 131 visitas.

Publicado el 19 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Club del Hachís

Théophile Gautier


Cuento


I. EL HOTEL PIMODAN

Una noche de diciembre, obedeciendo a una misteriosa convocatoria redactada en enigmáticos términos sólo comprensibles para los afiliados e ininteligibles para los demás, llegué a un barrio lejano, especie de oasis de soledad en el centro de París, al que el río, que lo rodea con ambos brazos, parece defender contra las intrusiones de la civilización, porque era en una vieja casa de la isla de Saint-Louis, el hotel Pimodan, construido por Lauzun, donde el extraño club al que yo pertenecía desde hacía poco tenía sus sesiones mensuales y a donde iba a asistir por primera vez.

Aunque apenas eran las seis, era completamente de noche.

La bruma, más espesa aún por la proximidad del Sena, difuminaba todos los objetos en una especie de guata desgarrada y agujereada por el cerco rojizo de las farolas y los hilillos de luz que se escapaban de las ventanas iluminadas.

El pavimento, inundado de lluvia, brillaba bajo las farolas como el agua que refleja la luz; un viento desapacible, cargado de partículas heladas, azotaba la cara y sus guturales silbidos constituían el alto de una sinfonía cuyas enormes olas al romperse en los arcos de los puentes hacían el bajo: a aquella noche no le faltaban ninguna de las rigurosas poesías del invierno.

Resultaba difícil, a lo largo de aquel muelle desierto, distinguir entre la masa de edificios oscuros, la casa que buscaba; sin embargo mi cochero, irguiéndose sobre su asiento, consiguió leer en una placa de mármol el nombre borroso del viejo hotel, lugar de reunión de los adeptos.

Levanté el aldabón esculpido, pues el uso de los timbres con botón de cobre todavía no se había introducido en esos apartados lugares, y oí varias veces cómo el tirador chirriaba sin éxito; por fin, cediendo a un impulso más vigoroso, el viejo pestillo roñoso se abrió, y la puerta de madera maciza pudo girar sobre sus goznes.


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19 págs. / 34 minutos / 330 visitas.

Publicado el 20 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Princesa y el Granuja

Benito Pérez Galdós


Cuento


I

Pacorrito Migajas era un gran personaje. Alzaba del suelo poco más de tres cuartas, y su edad apenas pasaba de los siete años. Tenía la piel curtida del sol y del aire, y una carilla avejentada que más bien le hacía parecer enano que niño. Sus ojos eran negros y vividores, con grandes pestañas como alambres y resplandor de pillería.

Pero su boca daba miedo de puro fea, y sus orejas, al modo de aventadores, antes parecían pegadas que nacidas. Vestía gallardamente una camisa de todos colores, por lo sucia, y pantalón hecho de remiendos, sostenido con un solo tirante. En invierno abrigábase con una chaqueta que fue de su señor abuelo, la cual después de cortadas las mangas por el codo, a Pacorrito le venía que ni pintada para gabán.

En el cuello le daba varias vueltas a manera de serpiente, un guiñapo con aspiraciones a bufanda, y cubría la mollera con una gorrita que afanó en el Rastro.

No usaba zapatos, por serle esta prenda de grandísimo estorbo, ni tampoco medias, porque le molestaba el punto.

La familia de Pacorrito Migajas no podía ser más ilustre. Su padre, acusado de intentar un escalo por la alcantarilla, fue a tomar aires a Ceuta, donde murió. Su madre, una señora muy apersonada que por muchos años tuvo puesto de castañas en la Cava de San Miguel, fue también metida en líos de justicia, y después de muchos embrollos, y dimes y diretes con jueces y escribanos, me la empaquetaron para el penal de Alcalá. Aún quedaba a Pacorrito su hermana; pero ésta, abandonando su plaza en la Fábrica de Tabacos, corrió a Sevilla en amoroso seguimiento de un cabo de artillería, y ésta es la hora, en que no ha vuelto. Estaba, pues, Migajas solo en el mundo, sin más familia que él mismo, sin más amparo que el de Dios, ni otro guía que su propia voluntad.

II

¿Pero creerá el pío lector que Pacorrito se acobardó al verse solo? Ni por pienso.


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19 págs. / 34 minutos / 682 visitas.

Publicado el 1 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

La Celestina

Serafín Estébanez Calderón


Cuento


ELICIA.—  ¡Ay, hermana mía! que mi madre Celestina parece. ¡Ay! ¡válame la Virgen María! ¡Ay! ¡no sea alguna fantasma que nos quiere matar!

CELESTINA.—  ¡Ay, bobas! y no hayáis miedo, que yo soy: las mis hijas y los mis amores, venidme a abrazar, y dad gracias a Dios que acá tornar me dejó.

AREUSA.—  ¡Ay, tía, señora! Espantadas nos tienes en ver cuanto dices, sino que vienes más vieja y más cana...

CELESTINA.—  Sabed, hijos míos, que no vengo a descubrir los secretos de allá, sino a enmendar la vida de por acá, para con las obras dar el ejemplo, con aviso de lo que allá pasa, pues la misericordia fue de volverme al siglo a hacer penitencia.

(Segunda comedia de Celestina. Escena IX)


Allá cerca de los muros,
casi en cabo de la villa,
cosas haz de maravilla
una vieja con conjuros,
porque tengamos seguros
los placeres cada el día:
llámase Mari-García;
hace encantamentos duros.

Una casa pobre tiene;
vende huevos en cestilla;
no hay quien tenga amor en villa
que luego a ella no viene;
hagamos que nos ordene,
pues que sabe tantas tramas,
para que de nuestras famas
que nunca nada se suene.

Está en Misa y procesiones;
nunca las pierde contino;
misas d'alba; yo imagino
jamás pierda los sermones;
son las más sus devociones
vísperas, nonas, completas;
sabe cosas muy secretas
para mudar corazones.

Trae estambre de unas casas;
dalo a otras a hilar,
y con achaque de entrar,
ir preparando las masas:
finge que anda a vender pasas
a las dueñas y doncellas,
por tener parte con ellas
con su rostro como brasas.

(Coplas de las Comadres, por Rodrigo de Reinosa)


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19 págs. / 33 minutos / 108 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Príncipe Amado

Emilia Pardo Bazán


Cuento


I

El rey Bonoso y la reina Serafina gobernaban pacíficamente, hacía veinte años largos de talle, uno de los reinos más fértiles y ricos del continente Oceánido, que se llamaba el reino de Colmania. No aconsejo á los lectores, si estudian Geografía, que se molesten en buscar en mapa ni en atlas alguno este reino y este continente, porque hace tantos siglos que ocurrió lo que voy contando que, ó mudarían de nombre aquellas regiones, ó se las tragaría el mar, como aseguran que sucedió con otra muy grande que nombran Atlántida.

Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran muchos y vivían felices, porque el rey y la reina tenían el genio más dulce y la pasta mejor del mundo, y ni los agobiaban á contribuciones, ni perdonaban medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y templado, y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos agrícolas, con lo cual los colmanienses no tenían que temer la miseria, y andaban alegres como unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos campos, cantando cada villancico y cada seguidilla que daba gusto.


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19 págs. / 33 minutos / 228 visitas.

Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Una Mujer y Luego Pollo Frito

Pablo Palacio


Cuento


Me es preciso volver al tiempo en que conocí a este hombre, cuando era escribiente y comía en un Casino de Oficiales. Recuerdo que petardeaba la comida. Esa tarde yo estaba frente a él y tratábamos de política. De improviso pude ver que se entusiasmaba y acompañaba su conversación de manotadas. Púsose a hablar del Presidente y nos dijo que era un nadador formidable. Entonces se abrió un gran sitio entre sus vecinos:

—Su modo de nadar era así:


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Publicado el 17 de mayo de 2024 por Edu Robsy.

El Jorobadito

Roberto Arlt


Cuento


Los diversos y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado.

Sin embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto.

Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso e imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un benefactor de la humanidad.

Se han echado sobre mí la policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la hora en que aún me pregunto (considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto no estaba llamado a ser un capitán de hombres, un genio o un filántropo. De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los fueros de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia, resultaran insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle en el trasero una brigada de personas bien nacidas.

No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero ésta no es una razón para que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes del calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor.


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19 págs. / 33 minutos / 464 visitas.

Publicado el 20 de junio de 2018 por Edu Robsy.

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