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La Viuda del Cesante

Fernán Caballero


Cuento


Las murallas de Cádiz son un hermoso paseo, ancho, llano, sin el menor obstáculo ni tropiezo, en el que puede pasear descuidado un ciego, un distraído o el que, absorbido en contemplar la vista que ofrece, anda, como aquéllos, sin brújula. Bajando por ella desde los cuarteles, se mira a la izquierda una fila de casas altas, alineadas, fuertes y uniformes como un regimiento prusiano, y a la derecha la bahía, poblada de barcos anclados, inmóviles y mustios como presos. ¡Qué imagen de la fuerza bruta es el navío! Privado de su piloto, todo lo atropella, destroza y hunde, hasta que él mismo se pierde en desconocidas playas.

La costa opuesta aparece confusa como un recuerdo medio borrado, y al frente se extiende el mar, que la cortedad de nuestra vista hace a cierta distancia unirse al cielo, no obstante de estar allí tan distantes como lo están aquí, y esto lo creemos por fe, como debemos creer otras muchas cosas que nuestra vista no alcanza ni nuestra concepción comprende, porque la comprensión del hombre, así como su vista, son limitadas.

Paseaban por esta muralla, hace de esto algunos años, dos señores. El uno era alto, de buena presencia; el otro era más pequeño, algo agobiado, y de semblante doliente y decaído.

—Paisano —dijo en tono jovial el más alto al que lo acompañaba—, usted se hace del porvenir un monte, y yo lo veo muy llano.


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17 págs. / 31 minutos / 142 visitas.

Publicado el 12 de mayo de 2019 por Edu Robsy.

Los Amores de Bentos Sagrera

Javier de Viana


Cuento


Cuando Bentos Sagrera oyó ladrar los perros, dejó el mate en el suelo, apoyando la bombilla en el asa de la caldera, se puso de pie y salió del comedor apurando el paso para ver quién se acercaba y tomar prontamente providencia.

Era la tarde, estaba oscureciendo y un gran viento soplaba del Este arrastrando grandes nubes negras y pesadas, que amenazaban tormenta. Quien á esas horas y con ese tiempo llegara á la estancia, indudablemente llevaría ánimo de pernoctar; cosa que Bentos Sagrera no permitía sino á determinadas personas de su íntima relación. Por eso se apuraba, á fin de llegar á los galpones antes de que el forastero hubiera aflojado la cincha á su caballo, disponiéndose á desensillar. Su estancia no era pesada, ¡canejo! —lo había dicho muchas veces; y el que llegase, que se fuera y buscase fonda, ó durmiera en el campo, ¡que al fin y al cabo dormían en el campo animales suyos de más valor que la mayoría de los desocupados harapientos que solían caer por allí demandando albergue!

En muchas ocasiones habíase visto en apuros, porque sus peones, más bondadosos —¡claro, como no era de sus cueros que habían de salir los marcadores!—, permitían á algunos desensillar; y luego era ya mucho más difícil hacerles seguir la marcha.

La estancia de Sagrera era uno de esos viejos establecimientos de origen brasileño, que abundan en la frontera y que semejan cárceles ó fortalezas. Un largo edificio de paredes de piedra y techo de azotea; unos galpones, también de piedra, enfrente, y á los lados un alto muro con sólo una puerta pequeña dando al campo. La cocina, la despensa, el horno, los cuartos de los peones, todo estaba encerrado dentro de la muralla.


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17 págs. / 31 minutos / 148 visitas.

Publicado el 26 de noviembre de 2023 por Edu Robsy.

El Bebedizo

Stendhal


Cuento


Historia imitada del italiano, de Silvia Malapuerta
 

Una noche oscura y lluviosa del verano de 182… un teniente joven del 96.º regimiento de la guarnición de Burdeos se retiraba del café en el que acababa de perder cuanto dinero tenía. Maldecía su necedad, porque era pobre.

Iba en silencio por una de las calles más desiertas del barrio de Lormond cuando oyó de pronto gritos y, de una puerta que se abrió con estrépito, escapó una persona que vino a caer a sus pies. Era tal la oscuridad que solo por el ruido podía uno hacerse una idea de lo que estaba pasando. Los perseguidores, fueren quienes fueren, se detuvieron en la puerta, en apariencia porque oyeron los pasos del joven oficial.

Este atendió un instante: los hombres hablaban bajo, pero no se acercaban. Por más que la escena le pareciera repugnante, Liéven se creyó en la obligación de levantar a la persona caída.

Se dio cuenta de que estaba en camisa; pese a la cerrada oscuridad de la noche, podían ser alrededor de las dos de la mañana, le pareció vislumbrar una melena suelta: así que era una mujer. Aquel descubrimiento no le resultó nada grato.

Parecía incapaz de andar sin ayuda. Liéven hubo de recordar los deberes que nos impone la humanidad para no dejarla abandonada.

Se imaginaba el fastidio de presentarse al día siguiente ante un comisario de policía, las bromas de sus compañeros, los relatos satíricos de los periódicos de la comarca. «La arrimaré a la puerta de una casa —se dijo—, llamaré y me iré corriendo». En esas estaba, cuando oyó a aquella mujer quejarse en español. No sabía ni palabra de español. Por eso quizá dos palabras muy sencillas que dijo Leonor le inspiraron las ideas más novelescas que darse puedan. Dejó de ver a un comisario de policía y a una mujer golpeada; se le extravió la imaginación por pensamientos de amor y de aventuras singulares.


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17 págs. / 31 minutos / 66 visitas.

Publicado el 16 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Las “Niñas”

Baldomero Lillo


Cuento


Las hebras plateadas de los cabellos, las arrugas del rostro y los cuerpos secos y angulosos eran señales indicadoras de que las dos nuevas locatarias de la pieza número cinco habían pasado los cincuenta años.

Por eso no fue pequeño el asombro que produjo en el conventillo la inesperada respuesta dada por una de ellas a la ocupante del número seis, al expresarle ésta la edad probable que le calculaba.

—¡Jesús, qué disparate ha dicho usted! Delfina, que es la mayor, no ha cumplido treinta y cinco, ¡y yo voy a tener cincuenta!

Y sus ojillos de miope, relampagueantes de cólera, expresaban tal indignación que su interlocutora, intimidada, se alejó mascullando entre dientes:

—¡Vaya, esta vieja está loca o me cree tonta!

Desde ese día se las llamó, irónicamente, las “Niñas”.

Los habitantes del conventillo que, hasta entonces, habían mirado con cierta indiferencia a las hermanas, comenzaron, después de este incidente, a observarlas con curiosidad, vigilando sus pasos, atentos a sorprender un hecho o detalle que, a modo de rendija, les permitiera escudriñar en sus vidas.

En tanto, Matilde y Delfina, no percatándose de este espionaje o desdeñándolo, pasaban el tiempo entregadas a sus quehaceres.


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17 págs. / 31 minutos / 54 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

Cascabeles

Arturo Reyes


Cuento


I

¿Que por qué José Galindo, alias Cascabeles, iba una mañana de primavera á todo el galopar de su potro Pinturero por los montes de Arriate, canana al cinto y escopeta al arzón, dispuesto á eclipsar las glorias de aquel de quien aún canta el pueblo andaluz con melancólico entusiasmo


«Ya murió José María,
el que á los ricos robaba
y á los pobres socorría»?


Caía el sol como una caricia de oro sobre la plaza del pueblo; cegaban á su luz con su intenso blancor los bien enjabelgados muros de las humildes viviendas; fulgían los balcones cual reducidos jardines donde derrochaba sus más vivos colores la rica flora andaluza; lucían el cielo su más radiante azul y su más pura transparencia el espacio; allá á lo lejos erguíase la cordillera cubierta en sus faldas de frondosas espesuras; por el fondo del valle deslizábase el río brillando como de acero entre sus márgenes cubiertas de florecientes verdores.

Al amparo de la sombra que proyectaba la antigua iglesia, rendían culto á la molicie los más caracterizados holgazanes del villorrio; alegres y bullangueras, engalanadas con vistosos pañolones, charlaba y reía un bandurrio de mozas, en torno á la vieja fuente.

Delante de la puerta del casino, con los brazos atrás, divorciadas las piernas, la gorra de cuartel sobre la coronilla, lacias las guías del pobladísimo y largo bigote rubio, mal abotonada la deslustrada guerrera, contemplaba el cabo Vidondo—jefe del puesto—como con dulce delectación, el alegre bulle bulle de las de los cántaros, entre las que no faltaban alguna que otra que correspondiese á las del arrogante veterano con miradas capaces de encenderle el polvorín al hombre de índole menos pasional y mujeriega.


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17 págs. / 31 minutos / 63 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Ester Primavera

Roberto Arlt


Cuento


Me domina una emoción invencible al pensar en Ester Primavera.

Es como si de pronto una ráfaga de viento caliente me golpeara el rostro. Y sin embargo, la cresta de las sierras está nevada. Carámbanos blancos aterciopelan las horquetas de un nogal que está al pie de la buhardilla que ocupo en el tercer piso del Pabellón Pasteur en el Sanatorio de Tuberculosos de Santa Mónica.

¡Ester Primavera!


Su nombre amontona pasado en mis ojos. Mis sobresaltos rojos palidecen en sucesivas bellezas de recuerdo. Nombrarla es recibir de pronto el golpe de una ráfaga de viento caliente en mis mejillas frías.

Estirado en la reposera, cubierto hasta el mentón con una manta oscura, pienso de continuo en ella. Hace setecientos días que pienso a toda hora en Ester Primavera, la única criatura que he ofendido atrozmente. No, ésa no es la palabra. No la he ofendido, hice algo peor aún, arranqué de cuajo en ella toda esperanza de la bondad terrestre. No podrá tener nunca más una ilusión, tan groseramente le he retorcido el alma. Y esa infamia dilata en mi carne una tristeza deliciosa. Ahora sé que podré morir. Nunca creí que el remordimiento adquiriera profundidades tan sabrosas. Y que un pecado se convirtiera en una almohada espantosamente muelle, donde para siempre reposaremos con la angustia que fermentamos.

Y sé que ella nunca me podrá olvidar, y la mirada fija de la alta criatura, que camina moviendo ligeramente los hombros, es la única belleza que me atornilla al mundo de los vivos que dejé por este infierno.


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17 págs. / 31 minutos / 217 visitas.

Publicado el 28 de abril de 2023 por Edu Robsy.

El Gancho de Derecha

Robert E. Howard


Cuento


Había una nota de deseo sanguinario en los aullidos de la multitud. La jauría exigía muerte.

Dos hombres se enfrentaban sobre el cuadrilátero manchado de sangre. Uno, el más alto, se tambaleaba, agitando locamente los brazos para protegerse. El otro, un combatiente más bajo y rechoncho, hostigaba a su adversario y mantenía la presión, boxeando prudentemente. Su izquierda volaba una y otra vez y alcanzaba el rostro del hombre del mayor tamaño. El hombre dominado lanzó un golpe corto que se perdió. El otro esquivó y de nuevo le largo un izquierdazo. El hombre más alto bajó la guardia de manera instintiva; en el mismo momento, el más pequeño le aplastó un derechazo en la cara con una fuerza aterradora. El hombre más alto se fue a la lona.

Todos los espectadores se levantaron como un solo hombre lanzando aclamaciones; el golpe había sido muy alto, pero con una potencia increíble, como todo el mundo se percató.

—¡Harmer! ¡Harmer!

Los aullidos ascendían hacia las brillantes luces del ring.

Sin embargo, el hombre de la lona se levantaba lentamente, con una mesura en los movimientos que traicionaba un cerebro abotargado. Estuvo en pie en el mismo momento en que el árbitro abría la boca para decir:

—¡Nueve!

Harmer llegó impetuosamente dispuesto a rematar la faena. Le hizo una finta a su adversario con un buen corto de izquierda y soltó la derecha... en el mismo instante, su dañado y tambaleante adversario lanzó la izquierda salvajemente y más o menos al azar. No había ninguna precisión en aquel golpe —no era más que un gesto fútil—, pero no obstante aterrizó de lleno en la mandíbula de Harmer, y el hombre rechoncho cayó como si le hubieran golpeado con un martillo de fragua.


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17 págs. / 31 minutos / 45 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Luna Negra

Robert E. Howard


Cuento


I

—Y tal es la leyenda del Espíritu del Zorro Blanco, mi honorable amigo —entonó el viejo Wang Yun mientras cruzaba sus esqueléticas manos bajo su túnica de seda bordada—, y así la contaban los Hijos de Han. Ahora, debo dar de comer a mi viejo compañero.

Steve Harrison, corpulento y sombrío, incongruente ante las porcelanas y la delicada fragilidad de los jades de oriente apilados en la pequeña tienda, apoyó la recia mandíbula en su puño, que asemejaba un martillo. Observó a su anfitrión con una fascinación personal, mientras que el viejo Chino se dirigía arrastrando los pies hacia una jaula de bambú. La embarrotada caja se encontraba sobre el seno de un enorme Buda verde, apoyado contra la pared, en medio de innumerables jarrones Ming y de alfombras del Turkestán oriental. Wang Yun entrecerró sus ojos rasgados y entonó un extraño canturreo, mientras sacaba una botella de leche y un pequeño platillo de jade de algún nicho indeterminado. Involuntariamente, Harrison se estremeció.

—He contemplado los animales de compañía más bizarros que uno pueda imaginar en algunos rincones de River Street —declaró el detective—. Chow-chows, gatos persas, gallos de pelea, pavos reales blancos y bebés cocodrilos… ¡pero que me cuelguen si alguna vez vi a un hombre cuya mascota fuera una cobra real!

—Pan Chau es muy viejo y muy sabio —sonrió Wang Yun—. Recibió el nombre de un gran guerrero que habría destruido el imperio romano, de haber llegado a vivir un año más. Hice que le extrajeran los colmillos a mi viejo amigo, para evitar que pueda hacerme daño alguno, dada su ceguera y su avanzada edad.

—Es usted un hombre muy extraño, Wang Yun —gruñó Harrison.


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17 págs. / 31 minutos / 67 visitas.

Publicado el 17 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Costumbres Húngaras

José María Blanco White


Cuento


Historia verdadera de un militar retirado, con una descripción de un viajito, río arriba en el Támesis

Los campos, en tanto que el calor de la juventud está dispuesto como el del vino nuevo a subirse a la cabeza, disponen a la alegría bulliciosa; pero, en la mitad del camino de la vida, la belleza campestre produce un placer que, en su apariencia exterior, pudiera equivocarse con la melancolía. ¡Oh, amigos de mi juventud, donde quiera que os haya echado la tormenta horrible que ha sumergido la España, si estos renglones llegaren a vuestras manos y os trajeren a la memoria los días que, a orillas del Guadalquivir y Manzanares, ahogábamos en el placer de la amistad y del campo la amarga sensación interna de la esclavitud española, sabed que, al cabo de tantos años, en el reposo de la edad que se inclina a la vejez y de la adusta experiencia que ha cortado las guías a las alas de la esperanza, vuestro amigo no puede pasar un día de verano en las márgenes deliciosas del Támesis sin que la imagen de los compañeros de su juventud le humedezca los ojos! ¿Por qué no están aquí?, digo entre mí. ¿Por qué, como yo, no rompieron, en tiempo, los grillos políticos con que el falso nombre de patria remacha las prisiones de los que nacen donde no se permite a los hombres tener voluntad ni opinión propia? Una esperanza generosa ha doblado sus prisiones. Quisieron hacer bien a un pueblo a quien el veneno de la superstición ha reducido al delirio y yacen a merced del despotismo y la ignorancia. ¿Hay acaso remedio para males como los de España? ¿Hay cura para el fanatismo arraigado por siglos?


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17 págs. / 31 minutos / 188 visitas.

Publicado el 6 de mayo de 2019 por Edu Robsy.

Fuego a Bordo

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—Cuando salimos del puerto de Marineda —serían, a todo ser, las diez de la mañana— no corría temporal; sólo estaba la mar rizada y de un verde..., vamos, un verde sospechoso. A las once servimos el almuerzo, y fueron muchos pasajeros retirándose a sus camarotes, porque el oleaje, no bien salimos a alta mar, dio en ponerse grueso, y el buque cabeceaba de veras. Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras llegaba la hora de preparar la comida nos divertíamos en tocar el acordeón y hacer bailar al pinche, un negrito muy feo; y nos reíamos como locos, porque el negro, con las cabezadas de la embarcación y sus propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno de los muchachos camareros, que les dicen estuarts, se llega a mí:

—Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.

—Pues vaya usted al ropero y cójalas, hombre.

—Allá voy.

Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.

¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que el condenado..., ¡Dios me perdone!, el infeliz del camarero, lo dejó encendido, arrimado a los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles, sábanas y servilletas, había en el San Gregorio rimeros de paños de cocina, altos así, que llegaban a la cintura de un hombre. Por fuerza, el cabo se quedó pegadito a uno de ellos, o cayó de la mesa, encendido, sobre la ropa. En fin: era nuestra suerte, que estaba así preparada.


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17 págs. / 30 minutos / 64 visitas.

Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

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