El matrimonio
I
Días hace que tenía deseos de escribir un artículo
de costumbres; pero me sucedía precisamente lo que al cura, que no
repicaba por trescientos mil motivos; el primero, por falta de campanas:
hay entre nosotros muchas costumbres, tales como la de pretender
empleos, la de ser ricos de la noche a la mañana, la de criticar todo
sin entenderlo, etcétera; pero eso me daba materia para un renglón, y
después… ¿Cómo hacer sonreír a los lectores? ¿Cómo amenizar las columnas
del Siglo XIX? ¿Cómo granjearme la nota de maligno, de mordaz,
de conocedor del mundo si se quiere? Nada de esto era posible porque
hay momentos, horas, días, y hasta meses enteros, que el poco
entendimiento que vaga en el cerebro se esconde en lo más profundo de
los sesos, y ésos son cabalmente los momentos en que el poeta suda, se
arranca los cabellos, llora, tira la pluma desesperado, y pide a Dios
una gota de genio, una gota de talento, un soplo de inspiración. La
inspiración no viene porque es una muchacha retrechera y algo
voluntariosa, y entonces se exclama en voz sepulcral con Víctor Hugo:
¡Maldición!, o con Calderón y Lope: ¡Válgame Dios! Pero sigo con mi
cuento, antes que los sufridos lectores exclamen: ¡Válgame Dios, qué
pesado! Decía que no tenía asunto para artículo de costumbres, cuando he
aquí que mustia y solemne se avanza la Semana Santa con sus tinieblas,
sus monumentos, sus procesiones, su pésame, y tras de todos estos graves
misterios se agolpa el mundo de México, vario, mezclado y confundido.
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