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Antes el Bozal que la Cruz

Francisco A. Baldarena


cuento


En una dimensión paralela.  

1 


Jerusalén, año 33. 

La nave interdimensional se materializa en el desierto. Recién se ha puesto el sol. Secondtime Brudford, único tripulante, vestido de acuerdo a la época, sale de la nave, acciona el dispositivo de invisibilidad, a fin de ocultar la nave, lo guarda debajo de la túnica, que viste para no llamar la atención, y se encamina a Jerusalén. 

 Hay en la ciudad un hombre místico llamado Jesús, al que le ha sido impuesto el uso casi ininterrumpido de un bozal, impidiéndole así el habla; solamente tiene autorización (del gobierno) a cuatro intervalos diarios para sacarse el bozal y alimentarse. Jesús, además de místico, es también carpintero; pero resulta que desde hace veinte años Ikea tiene instalada una fábrica en Jerusalén, noventa por ciento robotizada; por lo tanto, los muebles en el mercado cuestan bien más barato que los hecho a mano —como los fabricados por Jesús—, y el resultado es que, por falta de dinero, el carpintero come una o dos veces al día, y la carpintería, que heredó de su padre, no va ni para adelante ni para atrás. 

2 

Secondtime Brudford llega a Jerusalén, haciéndose pasar por viajero de un país distante, con la misión de convencer a Jesús a acompañarlo a su dimensión. Mientras recorre la ciudad fingiendo ser turista, Secondtime va preguntando a uno y a otro por el místico, hasta que da con un mercader de especias que le da su dirección y, además, detalles de su situación actual (que comparada con lo que había pasado en su dimensión, era el paraíso; información esta que Secondtime omitirá mencionar cuando se encuentre con Jesús).


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2 págs. / 5 minutos / 264 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2023 por Francisco A. Baldarena .

La Caída del Muro

Eduardo Robsy


Cuento


De repente se hizo de noche en aquella parte del mundo. Ni siquiera se veía el titilar de las estrellas. Y, lo que era peor, tampoco se podía hablar de la luz: había que pensar que las tinieblas eran lo único que existía. Para que nadie, aprovechando la noche, viniera a robar algo o a confundir, o a recordar como era la luz, hicieron levantar un muro sólido que les rodeaba. Nadie podría entrar, pero tampoco salir. ¿Para qué? ¿No estaba todo oscuro? ¿Qué otra cosa, más que negrura, se podría ver yéndose lejos?

Pasó el tiempo, inexorable, imposible de parar, y las tinieblas continuaban, con su monótona penumbra... ¿Cómo soportar una noche tan larga? ¿Cómo olvidar los colores y las formas del mundo azul que habían conocido?

Un día alguien, por fin, se atrevió a hablar de lo que sucedía:

— Esto —dijo— es oscuridad, pero nosotros tenemos ojos para ver.

Estas palabras hicieron reflexionar a los habitantes de la oscuridad. Con el tiempo, ese pensamiento fue ahondando en ellos hasta tornarse deseo, y un día, varios, a escondidas, hirieron de muerte las tinieblas: arrancaron una piedra del muro. Al otro lado hacía tiempo que se había hecho de día, y por el hueco entró un claro y dorado rayo de sol. La luz era una gloria que venía a revelar las formas, las caras, el color... ¡la verdad de las cosas!

Algunos no querían que entrara la luz. Insistían en las ventajas de la oscuridad, que era cómoda, que era conocida, y tapiaron el agujero. Pero los hombres volvieron a horadar el muro: primero una piedra, luego otra, hasta que todo el muro cayó y la luz penetró totalmente, venciendo a las tinieblas, irrandiando libertad.

No hubo forma de que las cosas volvieran a ser como antes: los hombres volvían a ver y, bajo su mirada nueva, las cadenas se rompieron por siempre.

Presentado al concurso escolar de relatos de Coca-Cola en 1.990.


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1 pág. / 1 minuto / 278 visitas.

Publicado el 24 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Tabaco y Flores

Eduardo Robsy


Cuento


Ayer por la noche fui a la vieja casa familiar a recoger algunos libros que tenía que consultar. Llevaba un par de semanas sin pasar por allí por culpa de mi trabajo. Siempre estoy demasiado ocupado.

Al entrar en el salón me encontré otra vez a mi padre sentado en su butaca favorita, ojeando un periódico mientras fumaba un cigarrillo mentolado. Reconozco que siempre me ha gustado ese olor: me recuerda a mi infancia. Se alegró de verme, pero siempre me ha costado interpretar las emociones de mi padre y, últimamente, mucho más. No me sentía cómodo.

—Hola, papá. ¿Cómo estás?

—Bien, hijo —dijo mi padre cerrando el periódico—. Me alegra verte de nuevo. Llevabas un tiempo sin pasar por aquí y estaba preocupado.

—Ya sabes que el trabajo me trae de cabeza. Tengo un nuevo proyecto en marcha y me absorbe muchas horas.

—Bueno, lo importante es que tú estés bien.

—Papá...

—¿Qué pasa?

—Sabes que no tendrías que hacer esto, ¿verdad?

—¿Te refieres a fumar? Sabes que fumo poco y que ya no me hace ningún daño —dijo esbozando una media sonrisa.

—Lo sé, pero no me refería a eso...

—¿Entonces?

—A lo otro, papá. A lo otro. No puedes seguir haciendo esto.

—No sé a qué te refieres, hijo. Todo está bien.

—No, papá, no lo está. Y sabes perfectamente a qué me refiero.

—No hagas ahora una montaña de un grano de arena. Tampoco es para tanto...

—Sabes que no lo llevo bien, es todo. Me tengo que ir ya, que llevo prisa —añadí.

—Siempre con prisas, siempre tan acelerado —respondió, con el gesto más triste—. Me ha alegrado verte igualmente, hijo.

—A mí también, papá, aunque no me acostumbro a esto.

—Ya sabes que es transitorio, no le des más vueltas de las necesarias.

—Por cierto, ¿te gustaron las flores? —pregunté.

—Sí, todo un detalle hijo. Te lo agradezco.


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Licencia limitada
2 págs. / 3 minutos / 304 visitas.

Publicado el 19 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.

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