I
Él le dijo:
—Quiero amarte ahora.
Y ella se olvidó de todo.
Se dejó amar, en los atardeceres lentos, en las noches perdidas, en todos los momentos que robaron a la normalidad, a la vida.
Descubrieron, eso sí, que la vida eran los escasos momentos que
pasaban juntos, que el resto del tiempo era sólo esto: tiempo, para
vivir lo más deprisa posible, entre uno y otro encuentro.
Ella aprendió, de nuevo, a enamorarse. Y se enamoró de sus defectos,
de sus escasas virtudes, de sus ausencias largas. Aprendió a valorar el
poco tiempo de que disponían, a vivir una doble vida entre estos
espacios que llenaban su felicidad, y la vida normal, que, hasta
entonces, le pareció lógica, y, desde entonces, vacía y sin sentido. Lo
terrible era volver a casa. Esta casa que había aceptado hasta ahora
como propia, y que se volvió, de repente, extraña, una prisión para su
tiempo.
Sus cosas no eran ya sus cosas, y hasta el ángel de lo más querido se le fue difuminando, perdiendo valor, en las esperas.
Él le decía:
—Te quiero ahora.
Y ella quería lo que el quería, en el mismo momento, en el mismo segundo.
Por él se volvió arriesgada, valiente, inconsciente casi, por
complacerle. Descubrió que el amor era mucho más que lo que había
conocido hasta entonces. El amor era perderse despacio, amarse poco a
poco, encontrarse de nuevo, con el corazón en la boca.
El amor, para ella, pasó a ser mucho más que sudor de dos cuerpos,
mucho más que complacencia rápida. Descubrió que se puede amar con los
ojos, en la distancia.
Descubrió el placer de compartir su presencia, aunque estuviesen
lejos, sin hablar. Descubrió que el amor más dulce es el amor robado,
prohibido, inconsciente.
Aprendió a amar despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero el reloj era su peor enemigo.
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