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El Rey y el Bufón

José María Roa Bárcena


Cuento


A Ipandro Acaico

Prólogo

El esqueleto de este cuento ha sido exhumado de los libros ingleses de caballería del siglo XIII. El autor, más aficionado a las limpias y frescas pastas modernas que al polvo de los cronicones, halló el asunto en el Curso de literatura francesa de Villemain, quien descubre aquí el germen del estilo joco-serio que llaman humorístico los britanos; «que constituye —dice el mismo escritor francés— el principal mérito de Swift y de Sterne, y parece pertenecer a un pueblo ilustrado, que se ocupa en sus negocios y que se sirve del ingenio para aguzar el buen sentido y no para darle de mano».

Tal estilo, que distingue a Carlos Dickens, el primer novelista hoy, no es, sin embargo, peculiar a los ingleses, puesto que le hallamos en Cervantes, el primer novelista de todos los tiempos; y en el género de literatura española que Lesage explotó y mejoró trasplantándolo a Francia. Si suele no agradar a académicos graves ni a críticos exigentes, halaga a toda la gente de buen humor. Mucho hay que decir en pro de la unidad de tono; pero su variedad ameniza y divierte, imita a la naturaleza, es trasunto de la vida humana y, lejos de excluir, refuerza sutiles enseñanzas. Las mejores frutas de otoño para mi paladar son las agridulces; si tú, lector, prefieres otras, cierra el libro. En todo caso, el prólogo de este cuento y de los que siguen tiene el mérito de ser corto, y de no referir vidas propias ni ajenas.

Vísperas sicilianas

No se trata aquí de la degollación de franceses, ni de vísperas en que haya habido la menor efusión de sangre.


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Dominio público
10 págs. / 19 minutos / 119 visitas.

Publicado el 16 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Carlitos

Baldomero Lillo


Cuento


En mis excursiones por los alrededores del pueblo, me encontré un día frente a un grupo de casitas semiocultas por los frondosos árboles que bordeaban al camino. En una de estas viviendas, sentada delante de la puerta, había una mujer que tenía en el regazo un niño pequeño. Al ver la criatura me detuve sorprendido preguntando con interés:

—¡Qué hermoso niño! ¿Es suyo?

—Si, señor.

—¿Cómo se llama?

—Carlitos.

—¿Qué edad tiene?

—Quince meses cumple esta semana.

Después de acariciar al pequeñuelo, maravillado por la gracia y donosura de su carita de ángel, continué mi camino pensando en la absoluta falta de parecido entre la madre y el hijo. El niño era rubio, blanco, sonrosado. Los sedosos y blondos cabellos, los ojos azules, la fina naricilla y la boquita de rosa le daban un aspecto encantador, Y estos rasgos, que acusaban en la criatura una acentuada selección de raza, contrastaban de tal modo con las toscas facciones de la mujer, con sus oscuros y pequeños ojos, su casi cobriza piel y su lacia y negra cabellera, que parecía imposible existiese entre ambos alguna afinidad, por remota que fuera.

¿Serían acaso tales desemejanzas un capricho de la naturaleza? Pero, así y todo, resultaba el caso de una extravagancia excesiva, revolucionaria, desconcertante, a menos que... Al llegar aquí interrumpió mis reflexiones el recuerdo de un pequeño detalle: al contestarme afirmativamente que el niño era de ella, noté que la mujer bajaba la vista al mismo tiempo que su oscuro rostro se coloreaba débilmente. ¿Aquel rubor lo producía la grata emoción de la madre al proclamarse tal o tenía un origen menos elevado? Bien podía ser, pensé, que esto último fuese lo correcto.

Desde entonces, y cada vez que pasaba por aquellos sitios, me detenía frente a la casita para acariciar de paso al pequeño.


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Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 117 visitas.

Publicado el 30 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

Los Amores de Bentos Sagrera

Javier de Viana


Cuento


Cuando Bentos Sagrera oyó ladrar los perros, dejó el mate en el suelo, apoyando la bombilla en el asa de la caldera, se puso de pie y salió del comedor apurando el paso para ver quién se acercaba y tomar prontamente providencia.

Era la tarde, estaba oscureciendo y un gran viento soplaba del Este arrastrando grandes nubes negras y pesadas, que amenazaban tormenta. Quien á esas horas y con ese tiempo llegara á la estancia, indudablemente llevaría ánimo de pernoctar; cosa que Bentos Sagrera no permitía sino á determinadas personas de su íntima relación. Por eso se apuraba, á fin de llegar á los galpones antes de que el forastero hubiera aflojado la cincha á su caballo, disponiéndose á desensillar. Su estancia no era pesada, ¡canejo! —lo había dicho muchas veces; y el que llegase, que se fuera y buscase fonda, ó durmiera en el campo, ¡que al fin y al cabo dormían en el campo animales suyos de más valor que la mayoría de los desocupados harapientos que solían caer por allí demandando albergue!

En muchas ocasiones habíase visto en apuros, porque sus peones, más bondadosos —¡claro, como no era de sus cueros que habían de salir los marcadores!—, permitían á algunos desensillar; y luego era ya mucho más difícil hacerles seguir la marcha.

La estancia de Sagrera era uno de esos viejos establecimientos de origen brasileño, que abundan en la frontera y que semejan cárceles ó fortalezas. Un largo edificio de paredes de piedra y techo de azotea; unos galpones, también de piedra, enfrente, y á los lados un alto muro con sólo una puerta pequeña dando al campo. La cocina, la despensa, el horno, los cuartos de los peones, todo estaba encerrado dentro de la muralla.


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Dominio público
17 págs. / 31 minutos / 146 visitas.

Publicado el 26 de noviembre de 2023 por Edu Robsy.

Luz Lateral

Pablo Palacio


Cuento


Se ha producido ya en mí aquel elegante fenómeno de alargamiento de los párpados sobre los ojos como manos curvadas sobre naranjas y que caen con idéntica nebulosidad dulce que el tiempo sobre los recuerdos.

Este elegante fenómeno que, generalmente, corresponde a una época, me ha asaltado bien pronto debido a ciertas circunstancias.

No soy viejo: tengo treinta años. Me veo como esos hombres que agotan sus músculos en una hora, frente a otros que trabajan ocho, con sabia y económica calmosidad.

También se me han caído un poco las cejas y estoy bastante calvo.

Se trata… ¡ah! Se trata de aquella muchacha, Amelia, que me traía claramente la imagen de la heroína de un señor novelista, a quien sus padres (¿o ella misma?) le ordenaban (¿o se ordenaba?) conservar sus trenzas largas, ya porque le sentaran bien o por mantener su fresco aspecto infantil.

¡Hombre! Y era bastante pálida. Ahora la veo. Bajo cada ceja debió tener una media luna de tinta azul, lo que le hacía interesantísima. Y como los labios también eran muy pálidos, me enamoré de ella. Creo que esta es una razón poderosa; las mujeres que tienen los labios colorados por fuerza nos ponen nerviosos; dan la idea de haberse comido media libra de carne de cerdo recién degollado.

Bueno, pues. Como era una muchacha me estuve esperando que madurara y apenas la vi con las piernas un poco gruesas, me casé.

¡Hola, María!

¡Caramba! Me acaban de decir que está servido el almuerzo y tengo que irme. No pierda usted su buen humor. Espere usted un momento. Yo me pongo nervioso cuando me dicen que está servido el almuerzo.

Decía que me casé con Amelia. Bien: estoy seguro de haber vivido con ella durante un año casi en la más completa cordialidad, casi, porque había un feroz motivo de entenebrecimiento de mi vida.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 229 visitas.

Publicado el 29 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Árbol en el Campo

Juan José Morosoli


Cuento


El árbol adquiere toda su importancia cuando está solo en el paisaje.

Una vez vi un árbol solo y temblando, en una tarde de junio en el campo sin casas.

Este árbol solitario me despertó el amor al bosque.

Un árbol solo, achaparrándose, hundiéndose en su propia sombra, empujado por la luz, en el mediodía de enero, me hizo pensar con tristeza en el hombre de campo.

Este estaba solo. El cielo no tenía una sola nube. No se veía un solo animal.

Angustiado estaba el árbol en el valle.

La casa del hombre, mirada desde lejos, parecía una piedra blanca.

No tenía árboles, ni se veía nada en su torno.

Era una estancia.


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Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 26 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Andrómeda

Benjamín Jarnés


Cuento


A Antonio Espina

I

Una hora tardó Julio en aplicar a las enmarañadas vibraciones, de que estaba elaborado el silencio de la noche, su sencillo método de clasificación. Las dividió, primero, en dos grandes grupos: agradables y desagradables, como las comedias de Bernard Shaw. Después, hizo de ellas tres porciones, por razón de su origen: terrestres, acuáticas y aéreas —ya que nunca logró percibir la música estelar—. Luego, hizo pasar aquel silencio, bien desmenuzado, por una tirana criba. Era urgente depurar la noche, tan turbia, corregir aquella indisciplina de masas vibratorias, romper aquella espesa malla de resonancias. El ruido y el sonido dialogaban en lamentable camaradería. Era inexplicable que la noche pudiese ejecutar entonces su himno ritual al Creador. Quizá se divertía en templar los instrumentos, se solazaba en algún intermedio del Te Deum universal.

Julio comenzó a eliminar ecos falsos. Tres hileras de cañas, clavadas a lo largo de una acequia, producían, al rozarse, un voluptuoso cuchicheo de amantes verlainianos. Dos ramas secas repetían, al chocar, un crujido de huesos, ya ensayado en el capítulo XXXVII de Ezequiel. La acequia desarrollaba su tema tradicional, dejándose punzar por las saetillas verdes de las ramas, hasta sumirse en una larga alberca, donde al otoño comenzaría su curso anual de equilibrismo nocturno una fila de grullas.

Cribados los ruidos aprendidos en la literatura, quedaban otros, originales, de más difícil clasificación. Un cuarteto de mastines se había lanzado a ganar, frenéticamente, el primer premio en un concurso de ladridos.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 13 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

Maldición de Gitana

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Siempre que se trata, entre gente con pretensiones de instruida, de agorerías y supersticiones, no hay nadie que no se declare exento de miedos pueriles, y punto menos desenfadado que Don Juan frente a las estatuas de sus víctimas. No obstante, transcurridos los diez minutos consagrados a alardear de espíritu fuerte, cada cual sabe alguna historia rara, algún sucedido inexplicable, una «coincidencia». (Las coincidencias hacen el gasto).

La ocasión más frecuente de hacer esta observación de superticiones la ofrecen los convites. De los catorce o quince invitados se excusan uno o dos. Al sentarse a la mesa, alguien nota que son trece los comensales, y al punto decae la animación, óyense forzadas risas y chanzas poco sinceras y los amos de la casa se ven precisados a buscar, aunque sea en los infiernos, un número catorce. Conjurado ya el mal sino renace el contento. Las risitas de las señoras tienen un sonido franco. Se ve que los pulmones respiran a gusto. ¿Quién no ha asistido a un episodio de esta índole?

En el último que presencié pude observar que Gustavo Lizana, mozo asaz despreocupado, era el más carilargo al contar trece y el que más desfrunció el gesto cuando fuimos catorce. No hacía yo tan supersticioso a aquel infatigable cazador y sportsman, y extrañándome verle hasta demudado en los primeros momentos, a la hora del café le llevé hacia un ángulo del saloncillo japonés, y le interrogué directamente:

—Una coincidencia —respondió, como era de presumir.

Y al ver que yo sonreía, me ofreció con un ademán el sofá bordado, en cuyos cojines una bandada de grullas blancas con patitas rosa volaba sobre un cañaveral de oro, nacido en fantástica laguna. Se sentó él en una silla de bambú y, rápidamente, entrecortando la narración con agitados movimientos, me refirió su «coincidencia» del número fatídico.


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Dominio público
5 págs. / 8 minutos / 193 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Luz y Sombra

Soledad Acosta de Samper


Cuento


La juventud

Brillaba Santander en toda su gloria militar, en todo el esplendor de sus triunfos y en el apogeo de su juventud y gallardía. El pueblo se regocijaba con su adquirida patria, y el gozo y satisfacción que causa el sentimiento de la libertad noblemente conquistada se leía en todos los semblantes.

Contaba yo de catorce a quince años. Había perdido a mi madre poco antes, y mi padre, viéndome triste y abatida, quiso que acompañada por una señora respetable, visitase a Bogotá y asistiese a las procesiones de Semana Santa, que se anunciaban particularmente solemnes para ese año. En aquel tiempo el pueblo confundía siempre el sentimiento religioso con los acontecimientos políticos, y en la semana santa cada cual procuraba manifestarse agradecido al que nos había libertado del yugo de España.

Triste, desalentada, tímida y retraída llegué a casa de las señoritas Hernández, donde mi compañera, doña Prudencia, acostumbraba desmontarse en Bogotá. Las Hernández eran las mujeres más de moda y más afamadas por su belleza que había entonces, particularmente una de ellas, Aureliana. Llegamos el lunes santo a las dos de la tarde, y doña Prudencia, deseosa de que yo no perdiese procesión, me obligó a vestirme, y casi por fuerza me llevó a un balcón de la calle real a reunirnos a las Hernández, que ya habían salido de casa.

Cuando vi los balcones llenos de gente ricamente vestida, las barandas cubiertas con fastuosas colchas, y me encontré en medio de una multitud de muchachas alegres y chanceras, me sentí profundamente triste y avergonzada, y hubiera querido estar en el bosque, más retirado de la hacienda de mi padre.

—¡Allá viene Aureliana! —exclamó doña Prudencia.

—¿Dónde? —pregunté, deseosa de conocerla; pues su extraordinaria hermosura era el tema de todas las conversaciones.

—Aquella que viene rodeada de varios caballeros.


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Dominio público
13 págs. / 24 minutos / 464 visitas.

Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

En el Conventillo

Baldomero Lillo


Cuento


Entre dos hileras de cuartos, cuyo aspecto sórdido denotaba la desidia o la avaricia del propietario, extendíase un espacio de quince metros de ancho por cuarenta de largo, cruzado por alambres y cordeles que sostenían pinzas de ropa de todas formas y colores.

Separadas entre sí por delgados tabiques, las habitaciones carecían de ventanas y sólo tenían una puerta, cuya parte alta ostentaba algunos agujeros para dar paso al aire del exterior.

Obreros y jornaleros ocupaban estos cuartos. En el más grande, con frente a la calle tenía su habitación la portera o mayordoma, encargada de las importantes funciones de cobrar los alquileres, de dar el desahucio a los reacios en el pago y a los que no le rindiesen el acatamiento debido a su alta investidura de representante del propietario.

En una mañana de agosto, fría y nebulosa, mujeres y niños desarrapados asomábanse a las puertas de las habitaciones. Afuera, en el patio, algunas lavanderas inclinadas sobre sus artesas batían la ropa en el agua jabonosa con los brazos desnudos, amoratados por el frio.

De pronto, de una de las piezas salió corriendo y dando chillidos una muchachita de seis a siete años seguida de cerca por una mujer que le gritaba llena de cólera:

—¡Párate chiquilla, no te digo que te pares!

Pero la pequeña, avispada y ágil, se le escabullía fácilmente entre las artesas, barriles, tinas y otros artefactos que llenaban el patio.

Cuando se convenció que la persecución resultaba inútil, la abandonó y se entró al cuarto, no sin antes conminar a la fugitiva:

—No van a ser palos los que te voy a dar cuando te pille, bribona.

La aludida, contorsionando la morena cara, hizole una serie de muecas para significarle que le importaba un ardite la amenaza.


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Dominio público
17 págs. / 30 minutos / 63 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

La Muerte del Sol

Roberto Arlt


Cuento


Faltaban cuarenta minutos para amanecer.

Silvof se asomó a la puerta trasera del hotel, aquella por donde entraban la carne y el hielo, y se quedó mirando con expresión embrutecida la calzada lustrosa. Columnas infinitas de cifras danzaban en su caletre. Entre los espacios de estas cifras, que aún se movían ante sus ojos, vio a un motorista, bajo la luz amarilla de un foco, terminando de ajustar la tuerca floja del eje delantero de su barredora mecánica.

Silvof levantó la cabeza al cénit. Innúmeras gotas de luz extendían lechosas manchas en la cúpula negra, animándola así de misteriosa vida. Silvof, de entre las pilas de cifras que se bamboleaban sobre la superficie de su cerebro, entresacó este pingajo de pensamiento:

“Es absurda la vida que hago. Tendré que buscarme trabajo de día.” Luego rectificó: “Lo que pienso es un disparate. ¿Dónde encontrar trabajo hoy?”

Apretó con el índice el tabaco en la pipa y echó a caminar calle abajo, entre fachadas oscuras, hacia el puerto. Ya había dejado atrás las grandes arterias comerciales, los corredores de los rascacielos, enrejados por cortinas de acero, las vidrieras de las casas de modas, brujescas con sus maniquíes de dos dimensiones a la luz violácea de las lámparas de gases raros.

De cuando en cuando se cruzaba con otros trasnochadores que, con el cuello del gabán levantado hasta las orejas, marchaban apresuradamente hacia la cama, arrastrando no obstante los pies, lo cual los diferenciaba de aquellos que por una u otra razón terminaban de levantarse, porque estos últimos taconeaban fuertemente. Comenzaban el próximo día sin la tristeza de aquellos otros que parecían sombras.

Silvof andaba con las manos enfundadas en los bolsillos, barajando aún el mismo pingajo de pensamiento inútil:


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Dominio público
9 págs. / 16 minutos / 114 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2023 por Edu Robsy.

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