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La Propina

Baldomero Lillo


Cuento


Echó una mirada de desesperación a la esfera del reloj y abandonando el mostrador irrumpió en su cuarto como una tromba. El tren salía a las cinco en punto y tenía, por consiguiente, los minutos precisos para prepararse. Lavado y perfumado con nerviosos movimientos, se puso camisa de batista, la corbata de raso y vistió en seguida el flamante frac que el sastre le entregara la semana anterior. Echó una última mirada al espejo, se abotonó el saco de viaje y, encasquetándose el sombrero de pelo, en cuatro brincos se encontró en la calle. Sólo disponía de media hora para llegar a la estación situada en las afueras de la polvorosa villa. Mientras corría por la acera miraba ansiosamente delante de sí. Mas la suerte parecía sonreírle, pues al doblar la bocacalle encontró un coche al cual subió gritando mientras cerraba la portezuela.

—¡Arrea de firme que voy a tomar el tren de cinco!

El auriga que era un gigantón descarnado y seco contestó:

—Apurada está la cosa, patrón, vamos muy retrasados.

—¡Cinco pesos de propina si llegas a tiempo!

Un diluvio de fustazos y el arranque repentino del coche anunciaron al pasajero que las mágicas palabras no habían caído en el vacío. Recostado en los cojines metió la diestra en uno de los bolsillos del amplio saco de brin extrayendo de él una elegante esquela con cantos dorados. Leyó y releyó varias veces la invitación en la cual su nombre Octaviano Pioquinto de las Mercedes de Palomares, aparecía con todas sus letras trazadas al parecer por una mano femenil. Una nota decía al pie: “Se bailará”.

Mientras el coche corre envuelto en una nube de polvo, el impaciente viajero no cesa de gritar, adhiriéndose con pies y manos a los desvencijados asientos:

—¡Más a prisa, hombre, más a prisa!


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 269 visitas.

Publicado el 15 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

El Cazador de Orquídeas

Roberto Arlt


Cuento


Djamil entró en mi camarote y me dijo: Señor, ya están apareciendo las primeras montañas.

Abandoné precipitadamente mi encierro y fui a apoyarme de codos en la borda. Las aguas estaban bravías y azules mientras que en el confín la línea de montañas de Madagascar parecía comunicarle al agua la frialdad de su sombra. Poco me imaginaba que dos días después me iba a encontrar en Tananarivo con mi primo Guillermo Emilio, y que desde ese encuentro me naciera la repugnancia que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas.

Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la veréis bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y comienza a reflorecer, coloreándose las tintas más vivas.

Yo ignoraba todas estas particularidades de la flor, hasta que tropecé con Guillermo Emilio, precisamente en Madagascar.

Creo haber dicho que Guillermo Emilio era cazador de orquídeas. Durante mucho tiempo se dedicó a esta cacería en el sur del Brasil; pero luego, habiendo la justicia pedido su extradición por no sé qué delito de estafa, de un gran salto compuesto de numerosos y misteriosos zigzags se trasladó a Colombia. En Colombia formó parte de una expedición inglesa que en el espacio de pocos meses cazó dos mil ejemplares de orquídeas en las boscosas montañas de Nueva Granada. La expedición estaba costosamente equipada, y cuando los ingleses llegaron a Bogotá, de los dos mil ejemplares les quedaban vivos únicamente dos. El resto, malignamente, se había marchitado, y el financiador de la empresa, un lustrabotas enriquecido, enloqueció de furor.


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Dominio público
9 págs. / 16 minutos / 215 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Vagabundo

Baldomero Lillo


Cuento


En medio del ávido silencio del auditorio alzóse evocadora, grave y lenta, la voz monótona del vagabundo:

—…Me acuerdo como si fuera hoy; era un día así como éste; el sol echaba chispas allá arriba y parecía que iba a pegar fuego a los secos pastales y a los rastrojos. Yo y otros de mi edad nos habíamos quitado las chaquetas y jugábamos a la rayuela debajo de la ramada. Mi madre, que andaba atareadísima aquella mañana, me había gritado ya tres veces, desde la puerta de la cocina: “¡Pascual, tráeme unas astillas secas para encender el horno!”

Yo, empecatado en el juego, le contestaba siguiendo con la vista el vuelo de los tejos de cobre:

—Ya voy, madre, ya voy.

Pero el diablo me tenía agarrado y no iba, no iba… De repente, cuando con la redondela en la mano ponía mis cinco sentidos para plantar un doble en la raya, sentí en la espalda un golpe y un escozor como si me hubiesen arrimado a los lomos un hierro ardiendo. Di un bufido y ciego de rabia, como la bestia que tira una coz, solté un revés con todas mis fuerzas…

Oí un grito, una nube me pasó por la vista y vislumbré a mi madre, que sin soltar el rebenque, se enderezaba en el suelo con la cara llena de sangre, al mismo tiempo que me decía con una voz que me heló hasta la médula de los huesos:

—¡Maldito seas, hijo maldito!

Sentí que el mundo se me venía encima y caí redondo como si me hubiese partido un rayo… Cuando volví tenía la mano izquierda, la mano sacrílega, pegada debajo de la tetilla derecha.


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13 págs. / 23 minutos / 203 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

En la Rueda

Baldomero Lillo


Cuento


En el fondo del patio, en un espacio descubierto bajo un toldo de durazneros y perales en flor, estaba la rueda. Componíase de una valla circular de tres y medio metros de diámetro hecha con duelas de barriles viejos. En el suelo, cuidadosamente enarenado, había dos hermosos gallos sujetos por una de sus patas a una argolla incrustada en la barrera y, en derredor de ésta, sentados los de la primera fila y de pie los de la segunda, estrechábase un centenar de individuos. Muchachos de dieciséis años, mozos imberbes, hombres de edad madura y viejos encorvados y temblorosos, observaban con avidez los detalles preliminares de la riña. Cada una de las condiciones del desafío: el monto de la apuesta, el número de careos, la operación del peso, provocaba alegatos interminables que concluían a veces en vociferaciones y denuestos.

Por fin, las partes contrarias se pusieron de acuerdo, y mientras el juez ocupaba su sitio, los dos gallos contendores: el Cenizo y el Clavel, sostenidos en el aire por sus dueños, fueron objeto de un último y minucioso examen. Picos y alas, pies y plumas, todo fue cuidadosamente registrado y escudriñado. Los espolones requirieron una atención especial. Reforzados en su base con un anillo de cuero y raspados delicadamente con la hoja de un cortaplumas, quedaron convertidos en agujas sutilísimas.

Terminados los preparativos el juez de la cancha ocupó su asiento: un banco más elevado que los demás. Tenía delante un marco de madera con dos alambres horizontales que sostenían, atravesados por el centro, pequeños discos de corcho: eran los tantos para anotar las caídas y los careos.

Contados los discos, el juez golpeó encima de la barrera para llamar la atención, y luego, dirigiéndose a los galleros, hízoles un ademán con la diestra.


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6 págs. / 11 minutos / 164 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Gemelo

Emilia Pardo Bazán


Cuento


La condesa de Noroña, al recibir y leer la apremiante esquela de invitación, hizo un movimiento de contrariedad. ¡Tanto tiempo que no asistía a las fiestas! Desde la muerte de su esposo: dos años y medio, entre luto y alivio. Parte por tristeza verdadera, parte por comodidad, se había habituado a no salir de noche, a recogerse temprano, a no vestirse y a prescindir del mundo y sus pompas, concentrándose en el amor maternal, en Diego, su adorado hijo único. Sin embargo, no hay regla sin excepción: se trataba de la boda de Carlota, la sobrina predilecta, la ahijada… No cabía negarse.

«Y lo peor es que han adelantado el día —pensó—. Se casan el dieciséis… Estamos a diez… Veremos si mañana Pastiche me saca de este apuro. En una semana bien puede armar sobre raso gris o violeta mis encajes. Yo no exijo muchos perifollos. Con los encajes y mis joyas…».

Tocó un golpe en el timbre y, pasados algunos minutos, acudió la doncella.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó la condesa, impaciente.

—Ayudaba a Gregorio a buscar una cosa que se le ha perdido al señorito.

—Y ¿qué cosa es ésa?

—Un gemelo de los puños. Uno de los de granate que la señora condesa le regaló hace un mes.

—¡Válgame Dios! ¡Qué chicos! ¡Perder ya ese gemelo, tan precioso y tan original como era! No los hay así en Madrid. ¡Bueno! Ya seguiréis buscando; ahora tráete del armario mayor mis Chantillíes, los volantes y la berta. No sé en qué estante los habré colocado. Registra.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 111 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

Don Urbano

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento


Se hizo superior el año sesenta, en Julio, el día del eclipse. Por cierto que, dice él, muy orgulloso sin saber por qué, por cierto que hubo que suspender el ejercicio, porque no se veía, y el tribunal discutió si se traerían luces o no se traerían. El año sesenta y cinco, la Unión liberal, dice él también, me dio la escuela de párvulos; y lo dice de un modo que da a entender que no le pesará si alguien llega a creer que el mismo O'Donnell en persona vino al pueblo a darle la escuela de párvulos, a él, a don Urbano Villanueva.

Por lo demás, no crean ustedes que es fatuo, ni que tiene grandes aspiraciones políticas; su vanidad se reduce a eso, a encontrar una misteriosa relación entre el acto solemne de hacerse el maestro superior, y el famoso eclipse de sol del año sesenta… Con esto, u con suponer a la Unión liberal interesada en otorgarle la escuela de párvulos, se da por satisfecho su egoísmo. En todo lo demás es altruista; su existencia estuvo por mucho tiempo consagrada… no al prójimo sino a los árboles y a los edificios, principalmente a los árboles, sin que tampoco despreciase los arbustos, siempre y cuando que se tratara de los que son propiedad del concejo. En un principio, cuando la Unión liberal le dio la escuela, creyó que su vocación consistía en renovar el sistema de educación de los infantes, y hasta llegó en su audacia a imaginar una especie de reloj gráfico intuitivo, para que los niños de teta mamaran nada más a las horas debidas. Su idea era facilitar el desarrollo de las facultades físicas y anímicas de los niños llorones, dejándolo todo a la espontaneidad de la naturaleza… metódicamente enderezada. Los niños eran tiernas plantas. (De esta metáfora nació la afición de don Urbano al arbolado público). La savia natural, decía, se encarga de hacerlos física e intelectualmente; yo todo lo dejo a la intuición y al aire libre… pero… pero


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Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 77 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Nube de Paso

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—Jamás lo hemos averiguado —declaró el registrador, dejando su escopeta arrimada al árbol y disponiéndose a sentarse en las raíces salientes, a fin de despachar cómodamente los fiambres contenidos en su zurrón de caza—. Hay en la vida cosas así, que nadie logra nunca poner en claro, aunque las vea muy de cerca y tenga, al parecer, a su disposición los medios para enterarse.

Salieron de las alforjas molletes de pan, dos pollos asados, una ristra de chorizos rojos, y la bota nos presentó su grata redondez pletórica, ahíta de sangre sabrosa y alegre. Nos disputamos el gusto de besarla y dejarla chupada y floja, bajo nuestras afanosas caricias de galanes sedientos. Los perros, con la lengua fuera y la mirada ansiosa, sentados en rueda, esperaban el momento de los huesos y mendrugos.

Cuando todos estuvieron saciados, amos y canes, y encendidos los cigarros para fumar deleitosamente a la sombra, insistí:

—Pero ¿ni aun conjeturas?


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 71 visitas.

Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Rey y la Marea

Eduardo Robsy


Cuento, cuento infantil


Hace mucho, mucho tiempo había un rey llamado Sahar, cuyo reino era una hermosa isla en el centro de un mar tranquilo y benévolo.

Los padres de Sahar murieron cuando él era muy niño, y él quedó a cargo de unos preceptores extranjeros.

Con la ciencia y la sabiduría que aprendió de aquellos hombres hizo de su isla un próspero reino, en el que a nadie faltaba de nada, y todos eran felices estando bajo las órdenes de su joven rey.

En realidad, no todos eran felices en aquel reino: el propio monarca era infeliz aunque había procurado la felicidad a todo su pueblo.

El motivo de la infelicidad de Sahar era que su reino era pequeño, y el mar lo invadía con sus mareas cada día, haciéndolo más pequeño.

Preocupado por este asunto no hacía más que buscarle una solución, pero ¿cómo? —se preguntaba— ¿cómo se puede parar el mar? Y no dormía ni comía, no hacía más que dar largos paseos por la playa y arrojar piedras contra las olas, pensando una y otra vez en cómo detener las aguas.

Lo intentó todo: construyó diques, pero no soportaron el empuje del mar; rellenó las bahías con piedras, y nada consiguió: el mar seguía trepando hacia la costa.

Tal era su preocupación y su desvelo, que fue abandonando poco a poco los asuntos reales, encargando la administración de su reino a su principal visir.

Éste, hombre anciano y bondadoso, puso su mejor intención para sacar adelante los asuntos públicos, pero pronto descubrió que no podía, que sólo el rey Sahar era lo suficientemente sabio e inteligente para mantener la felicidad del reino.

Lo intentó todo para que el joven rey saliera de su silencio, pero Sahar, taciturno, no hacía más que pasear por la costa y murmurar palabras de rencor contra su peor enemigo, el mar.


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Creative Commons
3 págs. / 5 minutos / 58 visitas.

Publicado el 22 de abril de 2026 por Edu Robsy.

Estaba escrito

Laura Mendez de Cuenca


Cuento



Aquella mañana Marcial y Camila salieron a pasear muy temprano. Marcial estaba sombrío, aunque hacía esfuerzos por ocultarlo, fingiendo reír hasta enseñar los dientes, pero con una risa estúpida que no tenía razón de ser. La mañana estaba azul, las flores frescas de rocío y el río echaba espuma como caballo cansado: todo motivo para sentir alegría. Pero en un hombre taciturno y enfermo como Marcial, eternamente dolorido del género humano y sin avenimiento con las ridiculeces del siglo, no cabía risa verdadera.

Marcial era por instinto un quijotesco fuera de época, exagerado en su moral, dispuesto a desfacer entuertos aunque arriesgara vida y hacienda. Ignoraba la existencia de Cervantes y de su ilustre manchego, pero hubiera sido trovador provenzal si el destino no lo hubiera hecho nacer en un pueblo de México y ser maromero por educación y necesidad. Su padre fue el ecuestre más notable de las compañías de funámbulos que recorrían la república; su madre, hábil acróbata de salón. Así que Marcial nació para el trapecio.

Camila, por su parte, era hija de una acróbata enferma de tisis, que murió pronto. La niña fue recogida por la familia de Marcial. Creció en el ambiente del circo, con libertad de acción y lenguaje atrevido, pero sin corromper su corazón. Sabía de la vida y presentía el amor, alegre y feliz, sin nervios ni preocupaciones.

Sentados bajo un mezquite junto al río, Marcial atrajo dulcemente a Camila y le dijo: —Camila, yo te amo. ¿Quieres ser mi esposa? ¿Quieres que nos casemos y no volvamos jamás al trapecio?

La muchacha creyó estar soñando. No subir más al horrible trapecio, tan alto y áspero… Pero recordó que esa misma noche debía trabajar sin red, en el trapecio volante y doble. No respondió, solo sonrió tristemente. —¿No me amas? —preguntó él.


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Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 50 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

El Diablito Colorado

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un chico que se llamaba Ángel y vivía en la cordillera de los Andes, a orillas de un lago. Vivía con una tía enferma; y Ángel había sido también enfermo, cuando vivía en Buenos Aires, donde estaba su familia. Pero allá en la cordillera, con el ejercicio y la vida al aire libre se había curado del todo. Era así un muchacho de buen corazón y amigo de los juegos violentos, como suelen ser los chicos que más tarde serán hombres enérgicos.

Una tarde que Ángel corría por los valles, el cielo de pronto se puso amarillo, y las vacas comenzaron a trotar, mugiendo de espanto. Los árboles y las montañas mismas se balancearon, y a los pies de Ángel el suelo se rajó como un vidrio en mil pedazos. El chico quedó blanco de susto ante el terremoto; cuando en la profunda grieta que había a sus pies vio algo como una cosita colorada que trepaba por las paredes de la grieta. En ese mismo momento la gran rajadura se cerraba de nuevo, y Ángel oyó un grito sumamente débil. Se agachó con curiosidad, y vio entonces la cosa más sorprendente del mundo: vio un diablito, ni más ni menos que un diablito colorado, tan chiquito que no era mayor que el dedo de una criatura de seis meses. Y el diablito chillaba de dolor, porque la grieta al cerrarse le había apretado una mano y saltaba y miraba asustado a Ángel, con su linda carita de diablito.

El muchacho lo agarró después por la punta de la cola, y lo sacó de allí, sosteniéndolo colgado cabeza abajo. Y después de mirarlo bien por todos lados, le dijo:

─Oye diablito: si eres un diablo bueno (pues hay diablos buenos), te voy a llevar a casa, y te daré de comer; pero si eres un diablo dañino, te voy a revolear en seguida de la cola y arrojaré al medio del largo.

Al oír lo cual el diablito se echó a reír:


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 49 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

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