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«Ven, mi Ama Zobeida Quiere Hablarte»

Roberto Arlt


Cuento


—¿Te llevaré a visitar el palacio de El Menobi?

—No.

—¿Y el palacio de Hach Idris ben-Yelul?

—No.

—¿No deseas conocer una joven de ojos de luna y rostro de diamante?

—No.

—Por Alá —gimió el lameplatos—. ¿No quieres nada entonces?

Piter se irguió ligeramente ante el mármol de la mesa, miró indulgente al desarrapado belfudo que, con un fez ladeado sobre la rapada cabeza hacía un cuarto de hora que estaba allí importunándole, y le respondió:

—Sí, quiero que me dejes en paz.

El guía miró cavernosamente en rededor satisfecho de que en el Zoco Chico no se encontrara alguien que podía perjudicarle, y confió:

—Pues cuídate de ese hombrecillo que te acompañaba ayer. Le ha dicho a un mercader de mi amistad que has envenenado a tu mujer.

Piter miró cómo la magra silueta del guía se alejaba, perdiéndose tras los tumultos de bobalicones que se movían frente a la ochava del correo inglés.

¿De modo que la historia había corrido? Ahora se explicaba las significativas miradas de la criada del hotel, y la respetuosa aprensión del hotelero hacia sus maletas. No había sido suficiente abandonar El Havre. La absurda novela del envenenamiento de su mujer le había seguido hasta Tánger. Inútil que le absolvieran de la disparatada acusación. En la ciudad no creían en su inocencia. La muerte de su mujer volcó sobre su cabeza dificultades innumerables. Y lo más desdichado del caso es que él estaba seguro de que ella no había intentado suicidarse, sino componer una farsa dramática que se resolvió siniestramente por sí misma.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 82 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Ven a vivir a los Estados Unidos

Víctor Salmerón


Cuento, Literatura, El Salvador, Estados Unidos



Oscura como una aceituna de Morazán y densa como una gema preciosa, la noche irrumpió en la tarde agonizante de diciembre, imponiendo su hegemonía y recubriendo desinteresadamente los cuantiosos defectos infraestructurales del barrio. El ejército de átomos, atrincherados en una estructura tetraédrica, se siente herido en su amor propio por la iluminación que emana de las bombillas eléctricas del corredor y del jardín. Aquí, desde el corredor, sentado en una silla plástica de color azul, observo la dialéctica de la naturaleza y la dialéctica subjetiva en la dialéctica de la naturaleza. 

Sin necesidad de alcohol, la casa se inundó de gozo. Ahora que el agua nos llega a la barbilla, digo para mí: “Qué lindo sería una muerte causada por la dicha y la alegría”; es la única que yo aceptaría. Es Nochebuena. Todo parece genuinamente saludable, tanto lo interno como lo externo; recuérdese esto: allí donde hay salud, gobierna con cetro de hierro la alegría, y la fiesta es prólogo y epílogo. Se llenó de una alegría inusual, como un vaso tozudo que no se aparta ni un solo instante del grifo, ajeno e indiferente al desborde y derroche insensato del vital líquido. ¡Qué distinta me parece la noche! La veo limpia, digna, brillante y de mejillas rojizas como una manzana. ¡Quisiera comerla! Pero los sándwiches, el Rompope, la ensalada de frutas y los tamales que está preparando mi madre me apetecen con mayor intensidad. 
Incluso el danzar de los árboles, visible gracias a la iluminación que proporcionan los focos, que usualmente me sabe a común y ordinario, me parece ahora sublime y celestial; las cosas esenciales y ordinarias han adquirido otro aspecto y se presentan con un aire auténticamente señorial. Esto es verdad, y no hay sitio aquí para cuchilladas dialécticas. Las viejas sillas y los taburetes, al menos en este instante y en esta noche, son irrefutablemente tronos.


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6 págs. / 11 minutos / 103 visitas.

Publicado el 13 de diciembre de 2024 por Víctor Salmerón .

Veintiséis y Una (poema)

Máximo Gorki


Cuento


Éramos veintiséis; veintiséis máquinas vivientes, veintiséis hombres encerrados en un sótano húmedo en el que, de la mañana a la noche, amasábamos rosquillas y krendeliá. Las ventanas del sótano se asomaban a una zanja, cubierta de ladrillos mohosos por la humedad, los marcos de las ventanas estaban tapados por fuera con una tupida malla metálica y la luz del sol no podía espiarnos a través de los cristales, empolvados de harina. El patrón había fortificado las ventanas con hierro para impedir que diésemos un pedazo de pan a los pobres o a aquellos compañeros nuestros que, habiéndose quedado sin trabajo, se morían de hambre; además, nos llamaba sinvergüenzas y nos daba de comer menudillos putrefactos en lugar de carne.


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17 págs. / 30 minutos / 618 visitas.

Publicado el 10 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Vecinos

Antón Chéjov


Cuento


Piotr Mijáilich Ivashin estaba de muy mal humor: su hermana, una muchacha soltera, se había fugado con Vlásich, que era un hombre casado. Tratando de ahuyentar la profunda depresión que se había apoderado de él y que no lo dejaba ni en casa ni en el campo, llamó en su ayuda al sentimiento de justicia, sus honoradas convicciones (¡porque siempre había sido partidario de la libertad en el campo!), pero esto no le sirvió de nada, y cada vez, contra su voluntad, llegaba a la misma conclusión: que la estúpida niñera, es decir, que su hermana había obrado mal y que Vlásich la había raptado. Y esto era horroroso.

La madre no salía de su habitación, la niñera hablaba a media voz y no cesaba de suspirar, la tía manifestaba constantes deseos de irse, y sus maletas ya las sacaban a la antesala, ya las retiraban de nuevo a su cuarto. Dentro de la casa, en el patio y en el jardín reinaba un silencio tal, que parecía que hubiese un difunto. La tía, la servidumbre y hasta los mujiks, según parecía a Piotr Mijáilich, lo miraban con expresión enigmática y perpleja, como si quisiesen decir: «Han seducido a tu hermana, ¿por qué te quedas con los brazos cruzados?» También él se reprochaba su inactividad, aunque no sabía qué era, en realidad, lo que debía hacer.

Así pasaron seis días. El séptimo —un domingo, después de la comida— un hombre a caballo trajo una carta. La dirección —«A su Excel. Anna Nikoláievna Iváshina»— estaba escrita con unos familiares caracteres femeninos. Piotr Mijáilich creyó ver en el sobre, en los caracteres y en la palabra escrita a medias, «Excel.», algo provocativo, liberal. Y el liberalismo de la mujer es terco, implacable, cruel...

«Preferirá la muerte antes de hacer una concesión a su desgraciada madre, antes de pedirle perdón», pensó Piotr Mijáilich cuando iba en busca de su madre con la carta en la mano.


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23 págs. / 41 minutos / 108 visitas.

Publicado el 20 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Vaska el Rojo

Máximo Gorki


Cuento


Hace no mucho tiempo, en una de las casas públicas de una ciudad a orillas del Volga prestaba sus servicios un hombre de unos cuarenta años, llamado Vaska y apodado «el Rojo». Debía su apodo a sus cabellos intensamente pelirrojos y a su cara rechoncha del color de la carne cruda.

De labios gruesos, con unas grandes orejas despegadas del cráneo que recordaban a las asas de una jofaina, impresionaba por la expresión cruel de sus ojillos descoloridos. Hundidos en medio de la grasa, brillaban como bloques de hielo y, en abierta contradicción con la figura carnosa y bien alimentada de aquel hombre, su mirada siempre daba la sensación de que estuviera muerto de hambre. Bajo y achaparrado, solía llevar una casaca corta de color azul, unos pantalones anchos de paño, de corte oriental, y unas botas lustrosas con un pequeño adorno. Tenía el cabello rizado y, cuando se ponía su elegante gorro, los rizos pelirrojos le asomaban por debajo, cubriéndole el cintillo. Parecía entonces que Vaska llevara puesta una corona roja.

Sus camaradas le llamaban «el Rojo», pero las chicas solían llamarle «el Verdugo», porque disfrutaba martirizándolas.

En aquella ciudad había varias instituciones de enseñanza superior y, por tanto, numerosos jóvenes. Por ese motivo, las casas de tolerancia ocupaban un barrio entero: una larga calle principal y toda una serie de callejones laterales. Vaska era conocido en todas las casas del barrio, su nombre causaba terror entre las chicas y, cuando se peleaban entre ellas, por la razón que fuera, o tenían algún problema con la madama, ésta solía amenazarlas:

—¡Mucho cuidado! ¡Como me saquéis de mis casillas, voy a tener que llamar a Vaska el Rojo!


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19 págs. / 34 minutos / 97 visitas.

Publicado el 10 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Vanos Consejos

Guy de Maupassant


Cuento


Mi querido amigo, el consejo que me pides es difícil de dar.

Tienes, pues, un lío amoroso que no eres capaz de deshacer y que me parece que se encuentra en una situación lamentable para ti. Soy viejo; te han dicho que yo había vivido, y haces una llamada a mi experiencia para ayudarte. Temo no poder hacer nada por ti, me parece que no estás en una buena situación.

Si he comprendido bien tu carta, he aquí tu caso: Has conquistado a una mujer casada demasiado tenaz. Y voy a hacer unas precisiones para estar seguro de no equivocarme.

Tú eres joven, muy joven, veinticinco años. Después de haber correteado un poco, a derecha y a izquierda, por las calles y las mujeres de la calle, te has sentido llamado, como lo somos todos, al deseo de amores más refinados.

Entonces te fijaste en una amiga de tu madre que se fijaba en ti desde hacía ya algún tiempo.

Ella se encontraba entonces en ese momento en el que la mujer se encuentra aun bien, pero a punto de empeorar. Cuarenta años cumplidos, la gordura, el frescor, ese frescor de las uvas conservadas y el cariño suficiente como para vender, el cual su marido no consumía desde hace bastante tiempo.

Empezaron intercambiando miradas. Luego sus apretones de manos fueron un poco más largos, más estrechos, con una fuerza tímida al principio, luego más significativa. Después la besaste, una noche, detrás de una puerta y ella te devolvió tu beso con usura.

Saliste para pasearte, encantado, ligero, delirante. Estabas preso. Unos días más tarde la cadena estaba bien cerrada. Una dura cadena, mi pobre amigo.


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4 págs. / 7 minutos / 64 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Vanka

Antón Chéjov


Cuento


Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.

Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.

Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.

El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.

«Querido abuelo Constantino Makarich —escribió—: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...

Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 467 visitas.

Publicado el 7 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Vanidad de Vanidades

Francisco Acebal


Cuento


Los vaivenes de la moda decorativa, que en cada época impone á las moradas como á los hombres, distintos perjeños, avecindaron en un saloncito de los duques de Montiél, una Venus de mármol y una armadura de hierro. La escultura, copia fiel de Venus Capitolina, pretende encubrir su desnudez de niña casta, apenas adolescida, en la entibiada luz de un rincón, sobre los tonos marchitos de un tapíz flamenco; su cuerpo tiembla de pudor y sus manos encienden deseos de mirar lo que recatar intentan.

La armadura, esplende al pié de una chimenea tallada en roble. Caladas la visera y ventalla de la celada borgoñona, reluciente la coraza tranzada, de la que penden escarcelas de launas, forradas con terciopelo carmesí; enteros los quijotes y las grebas que rematan en los piés por alpartaces de mallas. Hermoso ejemplar, milanés por la elegancia de las líneas, nurembergo por lo varonil, y sobrío del adorno.

La vida monotona y tristona de aquel viejo palación, se alteró una noche con desusada batahola mundana que rebullía en salones, lejanos del gabinete en que estaba la armadura y la Capitolina.

El rumorcillo de fiesta, resonó tímido de estancia en estancia, llenando por un instante, salones siempre cerrados, desiertos, austeros.

Venus temblaba de verse envuelta en luz, expuesta á las miradas de un mundo frívolo, de gentecillas procaces.

—Vecina, vecina,—exclamó dirigiéndose á la armadura—vecina, por Dios, quite ese ceño tan hosco que me da miedo, humanícese un poco, rompa usted por unos instantes esa tiesura.

Y la armadura, con su continente rígido:

—¿Quién charla ahí?


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 96 visitas.

Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Van-Houten

Horacio Quiroga


Cuento


Lo encontré una siesta de fuego a cien metros de su rancho, calafateando una guabiroba que acababa de concluir.

—Ya ve —me dijo, pasándose el antebrazo mojado por la cara aún más mojada— que hice la canoa. Timbó estacionado, y puede cargar cien arrobas. No es como esa suya, que apenas lo aguanta a usted. Ahora quiero divertirme.

—Cuando don Luis quiere divertirse —apoyó Paolo cambiando el pico por la pala—, hay que dejarlo. El trabajo es para mí entonces; pero yo trabajo a un tanto, y me arreglo solo.

Y prosiguió paleando el cascote de la cantera, desnudo desde la cintura hasta la cabeza, como su socio Van-Houten.

Tenía éste por asociado a Paolo, sujeto de hombros y brazos de gorila, cuya única preocupación había sido y era no trabajar nunca a las órdenes de nadie, y ni siquiera por día. Percibía tanto por metro de losas de laja entregadas, y aquí concluían sus deberes y privilegios. Preciábase de ello en toda ocasión, al punto de que parecía haber ajustado la norma moral de su vida a esta independencia de su trabajo. Tenía por hábito particular, cuando regresaba los sábados de noche del pueblo, solo y a pie como siempre, hacer sus cuentas en voz alta por el camino.

Van-Houten, su socio, era belga, flamenco de origen, y se le llamaba, alguna vez Lo-que-queda-de-Van-Houten, en razón de que le faltaba un ojo, una oreja, y tres dedos de la mano derecha. Tenía la cuenca entera de su ojo vacío quemado en azul por la pólvora. En el resto era un hombre bajo y muy robusto, con barba roja e hirsuta. El pelo, de fuego también, caíale sobre una frente muy estrecha en mechones constantemente sudados. Cedía de hombro a hombro al caminar y era sobre todo muy feo, a lo Verlaine, de quien compartía casi la patria, pues Van-Houten había nacido en Charleroi.


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Dominio público
9 págs. / 17 minutos / 277 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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