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Francisco A. Baldarena
cuento
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Publicado el 10 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 10 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
En el año de gracia de mil setecientos y..., no me acuerdo la fecha exacta, aunque estoy seguro de que era a principios del siglo XVIII, vivía en la notable ciudad de Manhattoes un burger, Wolfert Webber de nombre. Descendía del viejo Cobus Webber, nativo de Brille, en Holanda, uno de los primeros colonizadores, cuya fama proviene de haber introducido la col en las colonias y que llegó a esta provincia durante el protectorado de Oloffe Van Kortlandt, conocido también por el nombre de «el soñador».
El campo en el cual Cobus Webber se instaló junto con sus coles permaneció siempre en manos de la familia, que continuó la misma clase de actividad, con esa perseverancia, digna de elogio, por la cual se distinguen los burgers holandeses. Durante varias generaciones, todo el genio de la familia se aplicó al estudio y desarrollo de ese noble vegetal; a esa concentración intelectual se debe, sin duda, el prodigioso tamaño y la fama que alcanzaban las coles de los Webber.
Esta dinastía continuó sin interrupción; ningún linaje dio pruebas más indiscutibles de legitimidad. El hijo mayor heredaba tanto la apariencia como los terrenos de su progenitor; si se hubieran tomado los retratos de esta familia de tranquilos potentados, hubieran presentado una línea de cabezas de un parecido maravilloso, tanto en la forma como en el tamaño con los vegetales que cultivaban.
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Dominio público
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Publicado el 22 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
o sea
La torva enfermedad tenebrosa
(Cuento chino)
Entre los más graves defectos que ensombrecían el alma de los
habitantes de Siké, la gran aldea china que existiera allá por los
tiempos en que Confucio fumaba opio y dictaba lecciones de Moral en la
Universidad de Pekín, existía uno llamado Wingfan, o sea "la torva
enfermedad tenebrosa", que corresponde a lo que los occidentales llaman a
la envidia. Era esta enfermedad lacerante epidemia mortal, más terrible
que la peste negra, y contra la cual eran vanos los remedios de los
médicos y todos los consejos profundos y sabios del los filósofos. El
gran señor Confucio en su libro rebosante de sabiduría y admirable de
sana y paciente erudición Fon-tin-góo o sea El tratado de las humanas pasiones,
dice refiriéndose a la envidia: "Juntad en un año la peste, la sequía,
el hambre, el látigo de los chon, la caracha, la tempestad, la
pestilencia, la lepra negra, el granizo en la cosecha de arroz, las
frases del blasfemo, la carne de toro, y el beso de la vieja desdentada,
juntadlas en un año y siempre quedarán veinte hombres vivos; pero con
una frase de un minuto dicha por uno que tenga "la torva enfermedad
tenebrosa" no quedará una sola reputación limpia.
Dominio público
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Publicado el 8 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
El hombre hizo varias cosas inútiles: condujo muy de prisa, escuchando el rugido del motor como si fuera el de su corazón; repitió "Yo, no. Yo, no" varias veces; abrió la ventanilla y lo gritó, pero el viento devolvió las palabras a su pecho. Conectó la radio y subió el volumen hasta que fue incapaz de sentir siquiera que estaba vivo.
Después mantuvo la vista en un árbol lejano. A pesar de la velocidad parecía correr con él. No quedaba atrás. Las nubes hacían lo mismo. Y el hombre, que ya no pensaba, que creía haberse convertido en una piedra, descubrió que una lágrima le cortaba la visión de la carretera.
"Tú, sí." —dijo una voz interior que no era suya.— "Tú,sí." Luego siguieron muchas palabras incontrolables que hablaban del mundo y de las cosas que existían desde el principio. Su pensamiento se había rebelado y le traía fósiles y semillas a la memoria; recuperaba para él un amanecer olvidado en que creyó ser atravesado por los primeros rayos. Y un beso: no el primero sino el tercero, a la orilla de un río lejano.
—Tú, sí. —repitió el hombre, consciente por primera vez en mucho tiempo. Reparó que el mundo y sus pompas eran ahora una praderilla verde que conducía a un bosque de encinas.
Detuvo la máquina. Por más que corriera —se dijo con una sonrisa interior— no llegaría a ninguna parte. La hierba, a sus pies, iba más lejos y venía de más lejos. El, en cambio, no salía de sí, negro y cerrado, mirándose el inútil corazón.
Parecía una bronquitis. Era una bronquitis, pero el pulso estaba alterado, quizá de respirar mal. Por último, los médicos habían encargado toda clase de pruebas y él, mientras, aguardó en su cama de hospital, asustado y silencioso. Se ponía ante el espejo para decirse que no sería nada. Leía lentamente. Dormía poco y caía en trances cada vez más largos en los que no pensaba.
Licencia limitada
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Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.
Si hubo matrimonios felices, pocos tanto como el de Sabino y Leonarda. Conformes en gustos, edad y hacienda; de alegre humor y rebosando salud, lo único que les faltaba —al decir de la gente, que anda siempre ocupadísima en perfeccionar la dicha ajena, mientras labra la desdicha propia— era un hijo. Es de advertir que los cónyuges no echaban de menos la sucesión pensando con buen juicio que, cuando Dios no se la otorgaba, Él sabría por qué. Ni una sola vez había tenido Leonarda que enjugar esas lágrimas furtivas de rabia y humillación que arrancan a las esposas ciertos reproches de los esposos.
Un día alteró la tranquilidad de Leonarda y Sabino la llegada intempestiva de la única hermana de Leonarda, que vivía en ciudad distante, al cuidado de una tía ya muy anciana, señora de severos principios religiosos. Venía la joven pálida, desfigurada, llorosa y triste, y apenas descansó del viaje, se encerró con sus hermanos, y la entrevista duró una hora larga.
Dominio público
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Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
Sin darse cuenta de ello, naturalmente, Napoleón cometió una vez en su vida señalada imprudencia. La cosa ocurrió en España, donde bien pudiera decirse que no cometió esa sola el conquistador del mundo, siendo la primera y trascendental haberse metido en ratonera semejante.
Sin embargo, la imprudencia a que me refiero fue doblemente grave, amén de inexplicable, y sólo la excusa, o la excusaría ante la Historia, si la Historia la conociese, esa mágica y prestigiosa seguridad que tienen los grandes hombres de que el azar está en favor suyo, aun cuando en España bien pudo entender el héroe de Austerlitz que la suerte empezaba a cansarse de prodigarle caricias locas.
Dominio público
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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.
Román subía la escalera de casa de su novia con la alegre presteza habitual. Sus ágiles piernas de veintiséis años salvaban dos a dos los escalones, cuando gritos salvajes de dolor, seguidos de otros agudísimos, que traducían infinito espanto, le hicieron dispararse en galope loco al descanso del inmediato piso. El cuadro que se le apareció le dejó petrificado un segundo. En el suelo, su Irene se retorcía, se revolcaba, envuelta en llamas; ardía su ligera ropa, ardían sus cabellos rubios. Alrededor de la víctima, un grupo: madre, hermana, criado —hipnotizados, inmóviles a fuerza de horror—, dejándola morir en aquel suplicio. Instantáneamente Román comprendió; instantáneamente se arrojó sobre la joven, revolcándose a su vez con voluntaria brutalidad, extinguiendo por medio del peso de su cuerpo las vivas llamas. Sus manos —para quienes eran sagradas aquellas vírgenes formas— las palpaban ahora sin consideraciones de falso pudor, apagando el incendio como podían, a puñados, arrancando a jirones telas y puntillas inflamadas aún. La madre y la hermana, a ejemplo de Román, desgarraban traje y enaguas, desnudaban a la mártir su túnica de Neso. Al fin, consiguieron recogerla desvanecida —pero respirando aún— y transportarla a su alcoba, depositándola sobre la cama, mientras el sirviente corría a la Casa de Socorro a buscar un médico.
Dominio público
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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.
Fue a la salida de misa cuando la vi. Mal podría ser en otra parte; sólo ponía los pies en la calle para eso, y madrugando. El tupido velo de su manto de luto, casualmente no le tapaba el rostro; el traje de negro merino moldeaba estrechamente sus majestuosas formas, haciendo resaltar lo aventajado de la estatura; al detenerse a humedecer los dedos en la pila del agua bendita y trazar con lentitud sobre su frente el signo crucífero, pude cerciorarme de que no me habían contado una conseja vana. La tez presentaba el tono enverdecido y hasta la pátina lustrosa del bronce. Los ojos eran amarillentos. Los labios, una línea más oscura. Tenía en mi presencia una fundición viva, envuelta en ropajes de tristeza.
¡Qué efecto me causó! Sentí frío; una especie de terror cuajó mi sangre. La había conocido antaño, en el esplendor de su morena y pálida beldad, vestida de gasa junquillo, en un asalto de esos que se convierten en animadísimos bailes. Reconocerla después de aquel cambio tan extraño… imposible. A duras penas discernía los lineamientos de las facciones. Sólo el aire, el andar de diosa, recordaba a la belleza admirada bajo las luces y entre las bocanadas de música que venían del jardín, en el giro de un vals, que arremolinaba los volantes finos de su traje como nube dorada alrededor de un sol de alegría…
Dominio público
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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.
Los sentimientos más nobles pueden pecar por exceso; lo malo es que esta verdad a duras penas la aprende el corazón..., y la razón sirve de poco en conflictos de orden sentimental. Oíd un caso..., no tan raro como parece.
Gonzalo de Acosta era modelo de hijos buenos, amantes, fanáticos. Huérfano de padre desde muy niño, se había criado en las faldas de su madre; ella le cuidó, le educó, le sacó al mundo; le formó, por decirlo así, a su imagen y semejanza. Entró en la vida Gonzalo dominado por una convicción arraigadísima: la de que todas las mujeres pueden ser débiles y falsas, salvo la que nos llevó en su seno. Lo que ayudaba a confirmar a Gonzalo en su idolatría filial era la aprobación, la simpatía de la gente. Por el hecho de respetar a su madre, el mundo le respetaba a él, y las niñas casaderas le ponían azucarado gesto, y las mamás le sonreían con más benevolencia. Cuando pasaba por la calle llevando a su madre del brazo, una atmósfera de aprobación y de consideración halagadora le acariciaba suavemente.
A la edad en que se asimilan los elementos de cultura y se forma el criterio propio, Gonzalo, a pesar de sus dudas sobre ciertas materias arduas, se mantuvo en buen terreno, confesando que lo hacía principalmente por no desconsolar y escandalizar a su santa madre. Con ella oía misa muchas veces; por ella llevaba al cuello un escapulario de los Dolores; y hasta cuando ella no estaba presente, por ella hacía Gonzalo, sin analizarlas, mil graciosas y dulces niñerías.
Dominio público
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Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
—Sí, señores míos —dijo el viejo marqués, sorbiendo fina pulgarada de «cucarachero», golpeando con las yemas de los dedos la cajita de concha, lo mismo que si la acariciase—. Yo fui, no sólo amigo, sino defensor y encubridor de un capitán de gavilla. ¿No lo creen ustedes? ¡Histórico, histórico! A mi ladrón le ahorcaron en Lugo, y consta en autos.
Lo que se ignoró siempre (los jueces, en ese punto, no consiguieron hacer ni tanto así de luz) es el verdadero nombre que llevaba el ladrón, allá en sus mocedades, antes de dedicarse a tan infamante oficio, cuando se educaba conmigo en el Colegio de Nobles de Monforte. Desde que se metió a capitán de forajidos le conocieron por Vitorio; así le llamaremos. ¡Líbreme Dios de echar baldón sobre una familia antigua e ilustre y deshacer lo que el pobrecillo llevó a cabo con el valor que ustedes verán, si me atienden.
Les aseguro que en el Colegio de Nobles no tuve compañero que me pareciese más simpático. De carácter vivo y vehemente, de inteligencia clara y feliz memoria, estudiaba con suma facilidad; los maestros estaban encantados de él. Al mismo tiempo, travesura que en el colegio se ejecutase, era sabido: ¿quién la discurrió? Vitorio. No sé qué maña se daba, que siempre era cabeza de motín, y todos nos poníamos a sus órdenes, reconociendo su iniciativa y su autoridad. Era en sus resoluciones tenacísimo y violento, pero pundonoroso hasta dejárselo de sobra, y si alguien me dice entonces que Vitorio pararía en ladrón, creo que al tal le deshago yo la cara a bofetones.
Como siempre fui enclenque y enfermizo, Vitorio me había tomado bajo su protección, y más de una vez escarmentó a los colegiales que me jugaban pasaditas. Esto, y el ascendiente que ejercía por su manera de ser, hicieron que yo fuese consagrando a Vitorio apasionada adhesión.
Dominio público
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Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.