I
Cipriano de Urquijo, muchacho hispanoamericano, llegó a París
hace pocos años, con el propósito de ser el pintor 10.801° de los
que albergaba la Ciudad—Luz, donde, según las estadísticas, había
la sazón diez mil ochocientos (número cerrado).
Buscó en el barrio de Montparnasse uno de esos modestos
«estudios», a los que da acceso un patinillo con toldo rústico de
trepadoras.
El estudio estaba dividido en dos compartimientos por una
cortina de cretona. Detrás de la cortina, sobre una especie de
andamio, al que se subía por una escalerilla de madera, se hallaba
el dormitorio, compuesto de un catre—jaula, un lavabo comprado por
cinco francos en el bazar de la Gaîté, y una mesa de noche, de
pino, sin pintar; sobre la cual se posaba majestuosamente la
lámpara.
En la parte anterior de la habitación estaba el estudio
propiamente dicho, ¿Describirlo? ¡Para qué!, o a quoi bon!, si
le place más al lector, quien, sin duda, habrá conocido diez mil
ochocientos estudios de este género, o si la cifra le parece
exagerada, cinco mil cuatrocientos, dos mil setecientos, mil
trescientos cincuenta…
Baste decir que había un biombo, fabricado y pintado por
Cipriano; algunos lienzos del joven artista; estampas viejas,
persas, japonesas; tres o cuatro chucherías sobre mesitas y
repisas; un viejo diván con su corte de sillas, adquiridas en
diversas subastas, con lo cual dicho está que cada una acusaba una
«fisonomía
propia», etc.,etc., etc.
Por lo demás, yo no sé con qué objeto estoy describiendo el
estudio de Cipriano de Urquijo, puesto que en el instante en el
lector va a trabar conocimiento con el artista, éste ha salido…
Sí, ha salido; por lo que no le haremos una visita en
la rue Campagne—Prémiére, donde vive, sino que le
encontraremos en el Bulevar Malesherbes, tan distante de
aquélla.
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