En una sala baja y estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa
de trabajo y teniendo delante de sí un gran registro abierto, vigilaba
la bajada de los obreros en aquella fría mañana de invierno. Por el
hueco de la puerta se veía el ascensor aguardando su carga humana que,
una vez completa, desaparecía con él, callada y rápida, por la húmeda
abertura del pique.
Los mineros llegaban en pequeños grupos, y mientras descolgaban de
los ganchos adheridos a las paredes sus lámparas, ya encendidas, el
escribiente fijaba en ellos una ojeada penetrante, trazando con el lápiz
una corta raya al margen de cada nombre. De pronto, dirigiéndose a dos
trabajadores que iban presurosos hacia la puerta de salida los detuvo
con un ademán, diciéndoles:
—Quédense ustedes.
Los obreros se volvieron sorprendidos y una vaga inquietud se pintó
en sus pálidos rostros. El más joven, muchacho de veinte años escasos,
pecoso, con una abundante cabellera rojiza, a la que debía el apodo de
Cabeza de Cobre, con que todo el mundo lo designaba, era de baja
estatura, fuerte y robusto. El otro más alto, un tanto flaco y huesudo,
era ya viejo de aspecto endeble y achacoso. Ambos con la mano derecha
sostenían la lámpara y con la izquierda su manojo de pequeños trozos de
cordel en cuyas extremidades había atados un botón o una cuenta de
vidrio de distintas formas y colores; eran los tantos o señales que los
barreteros sujetan dentro de las carretillas de carbón para indicar
arriba su procedencia.
La campana del reloj colgado en el muro dio pausadamente las seis. De
cuando en cuando un minero jadeante se precipitaba por la puerta,
descolgaba su lámpara y con la misma prisa abandonaba la habitación,
lanzando al pasar junto a la mesa una tímida mirada al capataz, quien,
sin despegar los labios, impasible y severo, señalaba con una cruz el
nombre del rezagado.
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