Vase un lugarejo (lindante, por más señas, con el mío) de reducidos
términos y hacienda escasa, pero rico en galas y ornamentos de la
naturaleza: floridos prados, selvas umbrías, montes abruptos, rumor de
oleajes, auras marinas... lugar costeño, en fin, de la Montaña, y está
dicho todo.
Habitábanle pobres labriegos, tan pobres, que a duras penas sacaban
de los senos de la madre tierra, dándoles muchas vueltas cada año, el
necesario jugo para nutrir mal y vestir a medias el cuerpo encanijado.
En cambio, gozaban fama, muy bien adquirida, de ser la gente más lista
de toda la comarca. Sabían algo de letras de molde, y se perecían por
estar al tanto de las cosas y sucesos del mundo.
Érase, al mismo tiempo, un señorón de la corte, que había dado en la
gracia de visitar a menudo aquel lugar, tentado de la codicia de sus
bellezas naturales. El tal señorón no lo parecía por la sencillez de su
porte, ni por la suavidad de su carácter, ni por la llaneza patriarcal
de sus costumbres. Súpose, al cabo, allí, que no era «sujeto de los de
tres al cuarto», por la fama vocinglera, que ya lo tenía bien pregonado
por esos mundos de Dios; y fue la noticia motivo de gran asombro para
aquellos aldeanos, no sólo por lo que les descubría de repente, sino
porque no acertaban a explicarse cómo un hombre de tan erguido copete y
de tan grande poder se daba por contento allí con trepar a las montañas,
pintar en unas tablucas caseríos y peñascos, coger en el arenal
caracoles y concharras, y con verlo y observarlo todo, grande y
chico... y desde lejos, para no molestar a nadie, sin pedirles jamás
nada, ni siquiera el voto a favor de un candidato para alcalde del
lugar, ni una parcela de lo baldío para anzuelo de otras muchas que iría
pescando poco a poco, hasta alzarse «en su día» con todo el territorio
comunal.
Leer / Descargar texto 'Va de Cuento'