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El Violín de Cremona

E.T.A. Hoffmann


Cuento


I

El consejero Crespel era el tipo más original que pueda darse, hasta tal punto, que cuando llegué á H... con el intento de pasar algunos días allí, todo el vecindario hablaba de él, habiendo llegado entonces al apogeo de sus extravagancias.

Como sabio jurisconsulto y experto diplomático, había adquirido Crespel notable consideración, de tal modo que el príncipe reinante de un pequeño Estado de Alemania, bastante poderoso, valióse de él para redactar una memoria que debía dirigirse á la corte imperial, respecto á cierto territorio sobre el cual creía tener legítimas pretensiones; y tan propicio fué el resultado, que un día que Crespel se lamentaba de no encontrar una habitación á su gusto, el príncipe, deseoso de recompensarle, se encargó de costearle una casa, cuya construcción dirigiría el consejero por sí solo; y como además el príncipe le ofreciese comprarle el terreno que mejor le pluguiera, Crespel le dispensó de lo último, indicando que en ningún sitio mejor que en un delicioso jardín que poseía junto á las puertas de la ciudad, podría levantarse el edificio.

Empezó, pues, comprando todos los materiales necesarios, los hizo trasportar allí, y desde entonces era de verle á todas horas con un vestido especial, construído también según sus principios particulares, apagar la cal, pasar la arena por la criba, y arreglar los ladrillos en simétricos montones, para lo cual no había consultado con ningún arquitecto, ni había trazado plan alguno.


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Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Cuento de Abril

Ramón María del Valle-Inclán


Cuento


Queremos, lector, que sepas, que nos tienen hartos y aburridos los rígidos moralistas que pululan ahora por donde quiera.

Aunque no nos jactamos de virtuosos, respetamos la virtud; pero no la creemos tan vocinglera y tan espantadiza como la de estos censores de la India. Si hubiéramos de escribir a gusto de algunos; si hubiéramos de tomar su rigidez por valedera y no fingida, y si hubiéramos de ajustar a ella nuestros escritos, tal vez ni las Agonías del tránsito de la muerte de Venegas, ni Los gritos del infierno, del padre Boneta, serían edificantes modelos que imitar.

Por desgracia, esa rigidez es sólo aparente. Esa rigidez no tiene otro resultado que la de exaltar los ánimos, haciéndoles dudar y burlarse, aunque sólo sea en sueños, de la hipocresía farisaica que ahora se usa.

Véase, si no, el sueño que ha tenido un amigo nuestro, y que trasladamos aquí íntegro, cuando no para recreo, para instrucción de los lectores.

Nuestro amigo soñó lo que sigue:


«Más de 2600 años ha que era yo en Susa un sátrapa muy querido del gran rey Arteo, y el más rígido, grave y moral de todos los sátrapas. El santo varón Parsondes había sido mi maestro, y me había comunicado todo lo comunicable de la ciencia y de la virtud del primer Zoroastro.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 2 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Indio Iroqués

Francisco A. Baldarena


cuento


Los primeros copos de nieve habían empezado a caer la noche anterior; mientras cenaban John había comentado con su hijo que ese invierno sería más frío que el anterior. Por la mañana Bobby vio a su padre salir del granero conduciendo la carreta con rumbo al bosque, ya blanco de nieve.  

   

   John detuvo la carreta en un punto del bosque donde abundaban los árboles caídos, ató los caballos a un árbol y se alejó con el hacha al hombro. Estimaba que si el invierno fuese tan rudo como pensaba, tendría que hacer un buen acopio de leña; por lo demás, heno para la vaca lechera y alfalfa para el caballo, no necesitaba preocuparse, tenía de sobra. 


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2 págs. / 3 minutos / 4 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Kafka y el Buitre

Francisco A. Baldarena


cuento


El hombre llegó a su casa casi en las últimas, jadeaba tanto y tan desesperadamente que parecía que iba a caer duro de un momento a otro. Se sentía exhausto, agotado, extenuado, consumido, gastado, derrengado, se sentía... se sentía... ¿Qué sé yo cómo se sentía? Digamos que sentía muy mal, pero no tanto como para no hacer lo que había venido a hacer: buscar la escopeta. 

¿Para qué quieres la escopeta, hombre, es que vas a ir a cazar?, le preguntó la esposa, cuando irrumpió en la cocina abrazando una palangana con la colada y lo vio hurgando en el armario donde guardaba además de la escopeta las cañas de pescar y las trampas. 

Más o menos, le contestó mientras sacaba unos cuantos cartuchos de una caja. 

La mujer dejó caer estrepitosamente la palangana en la mesa, de manera que se diera cuenta de que su respuesta no la había convencido, pero é, concentrado como estaba en guardar los cartuchos en diferentes bolsillos, nada respondió. Entonces  la mujer volvió a preguntar: 

¿Y qué clase de animal piensas cazar a esta hora, o no te has dado cuenta que pronto oscurecerá? 

Si me doy prisa cuando llegue todavía habrá un poco de luz. Ésto lo dijo con la atención puesta en los cartuchos que metía en los caños del arma, no en lo que su esposa le preguntaba. Entonces ella se acercó con las manos en la cintura, los ojos achicados y la jeta fruncida, y volvió a reiterarle la pregunta: 

¿Que qué clase de animal piensas cazar a esta hora, te he preguntado? 

Un buitre, respondió apuntando a un buitre imaginario. 

¡¿Un buitre?! ¿Y para qué quieres cazar un buitre, acaso se comen estos bichos asquerosos? La esposa estaba convencida que eso de matar un buitre era otro invento suyo para escaparse a la taberna del viejo Piotr. 

Que yo sepa, no conozco a nadie que haya comido uno, contestó mientras se echaba el arma al hombro. 


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Publicado el 22 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Delfín

Francisco A. Baldarena


cuento


Sergio Agostini emprendía por fin las tan esperadas vacaciones. Hacía tres años que no sabía lo que era un descanso; entre la gerencia de la empresa y la ONG ecologista de la cual era miembro activo su vida era poco menos que vertiginosa. El doctor le había dicho: "Pare ya, o se muere". Lo que significaba que Sergio tendría que olvidarse de la empresa y la ONG por lo menos por dos semanas y pensar en su corazón. 

   “Y nada de salvar pingüinos embadurnados de petróleo ni ballenas encalladas”, le había aconsejado el doctor, antes de abandonar el consultorio. 


El destino elegido para el descanso fue Pinamar; lugar apacible y de acuerdo a lo que Sergio necesitaba. Llegó temprano al hotel, antes de las ocho. A eso de las diez se encaminaba a la playa, a dos cuadras del hotel, cargado como un ekeko boliviano: silla plegable, sombrilla, agua, libro, protector solar, toalla, hielera de telgopor, frutas y los prismáticos. Aún había poca gente en la playa, con lo que le fue fácil conseguir una buena ubicación. Desplegó la silla, extendió la toalla sobre el respaldo, enterró la sombrilla en la arena, acomodó la hielera al lado, se pasó protector y, por fin, se sentó a leer. Pero para las once la playa hervía de gente; el primer indicio de que la elección del lugar para el descanso no había sido buena. Quizás las sierras cordobesas, sin gritos, sin ese pelotazo que le hizo volar el libro de las manos, sin las salpicaduras de arena. 

   ¡Listo! Molesto por el gentío bullicioso, Sergio cerró el libro, agarró los prismáticos y empezó a buscar un lugar con menos gente. 


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Publicado el 21 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Invisibilidad

Francisco A. Baldarena


cuento


Exactamente el mismo día que le declaró su amor a Corina y ella le dijo que lo quería apenas como amigo, Tadeo decidió hacerse mago, pero no como entretenimiento para mantener a Corina alejada de sus pensamientos, mucho menos para olvidarla, ¡eso jamás!, sino para, a través de esa ciencia oculta, conseguir invertir los sentimientos de ella hacia él.


   ¡Y con tantas ilusiones que se había hecho!, pero la respuesta de Corina fue como una patada en el hígado. Y aunque el rechazo tenía todo lo necesario para hacerlo caer en una profunda depresión, o cosa peor como por ejemplo el suicidio, Tadeo se zambulló de cabeza en los oscuros meandros de la magia, la magia verdadera no los trucos de los pseudos magos que embroman a los niños y entretienen a los adultos que aún no han crecido. 


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3 págs. / 6 minutos / 22 visitas.

Publicado el 20 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Estampas del Faro

Gabriel Miró


Cuento


I. La aparición

El fanal rueda muy despacio, tendiendo sus aspas de polvo de lumbre, y alguna vez las traspasa un buho, un autillo, que rebota loco y cegado por el relámpago de su cuerpo.

Bajo, truena la mar, quebrándose en los filos y socavones de la costa, y se canta y se duerme ella misma, madre y niña, acostándose en la inocencia de las calas.

Todo el cielo como una salina de luces, que en el horizonte se bañan desnudas y asustadas. Y la vía láctea parece recién molida en la tahona de la claridad del faro.

Hay una estrella encarnada casi encima del mar. Está muy quietecita mirándome.

Yo he venido de una masía de montaña. Costra, el pastor, y los dos labradores viejos, me han mostrado con la cayada y con sus manos, rudas y grandes de apóstoles de pórtico, las aldeas y veredas del firmamento. Esa estrella roja no se veía. Pero es que esa estrella está más baja que la ventanita de mi dormitorio.

—Eso no es una estrella; es el faro de la isla.

—¡Otro faro! —grito yo muy contento—. ¡Dos faros casi juntos!

—¡Casi juntos, no! Hay seis millas del uno al otro.

—Bueno: ¡y qué son seis millas!

Porque yo no lo sabía. Seis millas entre dos estrellas me hubiese parecido una distancia fabulosa de siglos; entre dos faros era tenerlos en mis manos como dos antorchas.


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14 págs. / 24 minutos / 6 visitas.

Publicado el 18 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Estampas de un León y una Leona

Gabriel Miró


Cuento


I. El desierto

La leona venía despacio, dulce, tibia, encarnada de sol poniente, un sol redondo, de hierro vivo de fragua, que humeaba al entrarse en el arenal. Caminaba sintiendo el ritmo de todo su cuerpo, la sensación resbaladiza de sus ijares sudados, la condescendencia de su cola, que le pesaba blandamente de anca en anca. Le parecía que iba abriendo el silencio como una hierba tierna.

A media tarde, por el arco del horizonte, pasó una caravana, una larga hilera de camellos flacos, que, al recoger el olor de leona, se precipitaron a grandes zancadas, estampando rápidos triángulos en el azul. Y después, ni una nube, ni un ave, ni una ola de aire había removido la soledad del desierto y del cielo. Todo crispándose, tan seco, tan metálico, que la leona lo sentía vibrar como si tuviese un finísimo abejorro de plata en sus rapadas orejas.

La inmensidad de pliegues, de abolladuras, de aristas, de lomas y planicies, se moraba y enrojecía de crepúsculo. Semejaba que la leona estuviese siempre en medio del mismo ruedo, de un escudo abrasante de arena y de vaho, y en el borde comenzaban a subir unas palmeras diminutas, donde se quedó el león postrado frente al pozo, con los brazos tendidos, rectos, juntos; las garras, cerradas; todo en una actitud arquitectónica de capitel; pero un capitel que fuese lo único del monumento a que perteneció, y ha de seguir resistiendo un conjunto y participando de una armonía que han desaparecido.

La leona le pasó la hoja de lis de su lengua, quitándole la pulverización del desierto que se cristalizaba en su ceño sublime, y le enjugó dos lágrimas envejecidas; pero el león seguía mirando el filo del sol de las dunas, y ella se apartó del oasis sin decirle nada.

Ahora volvía hundiéndose hasta el vientre en lo esponjoso de las hoyadas, resbalándole las garfas con un ardiente crujido en los suelos apretados.


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Dominio público
14 págs. / 26 minutos / 8 visitas.

Publicado el 18 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Mar: el Barco

Gabriel Miró


Cuento


Mi ciudad está traspasada de Mediterráneo. El olor de mar unge las piedras, las celosías, los manteles, los libros, las manos, los cabellos. Y el cielo de mar y el sol de mar glorifican las azoteas y las torres, las tapias y los árboles. Donde no se ve el mar se le adivina en la victoria de luz y en el aire que cruje como un paño precioso.

En mi ciudad, desde que nacemos, se nos llenan los ojos de azul de las aguas. Ese azul nos pertenece como una porción de nuestro heredamiento, una herencia enteramente romántica si no tenemos barcos ni mercaderías.

Y llegó una mañana en que el mar, tan entregado siempre a nosotros, tan dócil a través de todo, se alzó cara a cara de nosotros. Estábamos en la costa. Claridad de distancias vírgenes, de silencio, silencio entre un trueno de espumas, un temblor de brisa que aleteaba en nuestras sienes, en nuestros párpados y en nuestra boca. Un contacto de creación desnuda que calaba la piel y la sangre. Carne de alma, y el alma como un ala comba, vibrante, dolorida y gozosa de doblarse y distenderse, pero hincada en la peña. Sensación olorosa de firmamento. La mirada y el afán cogidos en nuestra vida, y alejándose encima de las aguas, aspirándolas, tocándolas sin tropiezo, como alciones hermanos. Un pasmo, una congoja del ámbito eterno y del horizonte que nunca gozaremos. Un dolor frío que quema los ojos. Y el cielo y el mar se levantaban delante de nuestra frente, se alzaban tendidos, sensitivos y duros.

De pronto tuvimos la conciencia de la soledad; de la soledad de nuestro cuerpo, de su latido caliente junto a la soledad de las aguas, soledad que no es un estado como en nosotros, sino un concepto sin realización humana, y se avivó el de eternidad sin nosotros, el de la naturaleza sublimada en sí misma.


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2 págs. / 5 minutos / 4 visitas.

Publicado el 18 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Río y Él

Gabriel Miró


Cuento


Desde su origen, el río se amó a sí mismo. Sabía sus hermosuras, el poder de su estruendo, la delicia de sus rumores de suavidad, la fertileza que traía, la comprensión fuerte y exacta de su mirada.

Lo cantaban los poetas; las mujeres sonreían complacidas en sus orillas; los jardines palpitaban al verse en sus aguas azules; los cielos se deslizaban acostados en su faz; las nieblas le seguían dejándole sus vestiduras, y bajaba la luna, toda desnuda, y se desposaba con cada gota y latido de su corriente.

Era muy bueno. Quizá fuese tan bueno en fuerza de amarse tanto, porque se amaba amándolo todo en sí mismo. Es verdad que algunas veces consentía que se le incorporasen otros caudales extraños, unos arrabaleros de monte que le daban sus sabores y siniestros, hinchándolo y apartándolo de la serenidad de la madre. Entonces cometía hasta ferocidades. No veía ni poetas, ni mujeres, ni jardines. Nada. Se quedaba ciego. Pero, entonces, no era el río, sino la riada. El verdadero río era un lírico de bien. Lo toleraba todo. Cuando más anchamente se tendía por el llano, le quebraban el camino, cavándoselo; tenía que derrocarse; se precipitaba buscándose; se despedazaba y bocinaba torvo y rápido, exhalando un vaho de espumas, un tumulto pavoroso. Unas turbinas le arrancaban la fuerza torrencial. Y él no se enfadaba. Otras veces le salía un caz del molino. Nada tan inocente y tranquilo como un caz. Y el río, tan sabio y grande, le obedecía, dándole un brazo para moler el pan de los hombres. No es que se dejara embaucar. ¡Ni cómo habían de engañarle siendo de una rapidez maravillosa para comprenderlo todo! Se asimilaba todo lo que pasaba sobre su cuerpo y a su lado: aves, nubes, rebaños, praderas, monasterios, cortinales blancos de granjas, frondas viejas, senderos, aceñas, cruces de término, fábricas con chimeneas; hasta el humo de hulla subiendo al azul lo copiaba él atónitamente.


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Dominio público
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Publicado el 18 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

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