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El Abanico

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—Como deseaba escrutar el corazón de mi novia —díjome Sandalio Aguilar, en la terraza del Casino, en la hora propicia a las confidencias, cuando los acordes de la orquesta se desmayan en el aire, aleteando débiles, a manera de fatigadas mariposas—, y en las conversaciones de amor casi todo es mentira, decidí practicar una experiencia que me ilustrase. No había asistido ella nunca a una corrida de toros. ¡Su tía la educaba con tal rigidez...! Compré un palco, y las invité galantemente. La tía transigió, convidando a su vez a unas amigas que la ayudasen a llevar, según ella decía, el peso de la «cesta».

Me senté en el ángulo del palco, al lado de mi Bertina (ya sabe usted: Albertina Laguarda, hoy marquesa de Lucientes). No, no crea usted que me he interrumpido porque me corte el habla ninguna emoción. Es que la noche empieza a refrescar, y yo tengo unos bronquios que todo lo notan en seguida. ¡Ejem!...

Y Sandalio tosió con la precisión y la pulcritud que le caracterizan, aplicando a la boca un fino pañuelo, fragante, de amplísima orla.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 391 visitas.

Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Breve Historia Veraz de un Pericote

Abraham Valdelomar


Cuento


Que concreta en la siguiente carta al protagonista.


Muy estimado amigo:

Anoche, tres de abril de mil novecientos dieciocho, a las nueve y diez —supongo que esta fecha sea inolvidable para usted (el hecho de haberle a Ud. salvado la vida no me autoriza a hablarle de tú)— anoche, digo, por uno de esos motivos que no tiene explicación, vi a Ud. que en el fondo de la tina vacía, debatíase desesperadamente, sin poder salir. Estaba oscuro. Ud. había caído, por una inexperiencia juvenil, en aquel espacio y allí habría Ud. perecido. Yo no tenía nada que hacer en el baño. Fumaba, en mi escritorio pensando en cosas tan inconsistentes como el humo de mi cigarrillo. De pronto me levanto violentamente, voy al baño, enciendo un fósforo y veo a Ud. recorriendo, nervioso y despavorido, el fondo húmedo de la tina. El caño mal cerrado, dejaba caer con desgana, una columna de agua. Parecía la arteria de un colosal Petronio desangrándose en el baño. Tuve el impulso de abrirlo, llenar de agua la tina y ahogarlo a usted.

Ud. me miró, debe usted recordarlo, porque en su mirada inteligente parecía concretarse su alma llena de angustia brillante, llena de urgente invocación. Sólo entonces pude apreciar su estatura. Era Ud. joven como yo. Comprendí su dolor. En su mirada comprendí que me hablaba usted de su madre, de su rinconcillo obscuro y húmedo en el fondo del parquet, de su vida en flor. Si usted joven, después de verme, hubiera intentado la fuga imposible, yo le habría matado, tal vez. Pero usted al verme, se detuvo, sin tener la presunción de buscar una huida necia y puso usted en mí toda su esperanza. "Tú me puedes salvar o matar. Tengo madre. Te ruego que me salves". Así decían sus ojos, querido amigo mío.

Yo lo comprendí. ¡Qué bueno es que le comprendan a uno en la mirada! Yo no soy tan feliz como Ud., pericotito de mi corazón.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 354 visitas.

Publicado el 1 de mayo de 2020 por Edu Robsy.

La Cámara Oscura

Horacio Quiroga


Cuento


Una noche de lluvia nos llegó al bar de las ruinas la noticia de que nuestro juez de paz, de viaje en Buenos Aires, había sido víctima del cuento del tío y regresaba muy enfermo.

Ambas noticias nos sorprendieron, porque jamás pisó Misiones mozo más desconfiado que nuestro juez, y nunca habíamos tomado en serio su enfermedad: asma, y para su frecuente dolor de muelas, cognac en buches, que no devolvía. ¿Cuentos del tío a él? Había que verlo.

Ya conté en la historia del medio litro de alcohol carburado que bebieron don Juan Brown y su socio Rivet, el incidente de naipes en que actuó el juez de paz.

Llamábase este funcionario Malaquías Sotelo. Era un indio de baja estatura y cuello muy corto, que parecía sentir resistencia en la nuca para enderezar la cabeza. Tenía fuerte mandíbula y la frente tan baja que el pelo corto y rígido como alambre le arrancaba en línea azul a dos dedos de las cejas espesas. Bajo éstas, dos ojillos hundidos que miraban con eterna desconfianza, sobre todo cuando el asma los anegaba de angustia. Sus ojos se volvían entonces a uno y otro lado con jadeante recelo de animal acorralado, y uno evitaba con gusto mirarlo en tales casos.

Fuera de esta manifestación de su alma indígena, era un muchacho incapaz de malgastar un centavo en lo que fuere, y lleno de voluntad.

Había sido desde muchacho soldado de policía en la campaña de Corrientes. La ola de desasosiego, que como un viento norte sopla sobre el destino de los individuos en los países extremos, lo empujó a abandonar de golpe su oficio por el de portero del juzgado letrado de Posadas. Allí, sentado en el zaguán, aprendió solo a leer en La Nación y La Prensa. No faltó quien adivinara las aspiraciones de aquel indiecito silencioso, y dos lustros más tarde lo hallamos al frente del juzgado de paz de Iviraromí.


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8 págs. / 14 minutos / 657 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Guardabosque Comediante

Horacio Quiroga


Cuento


En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de abedules y tamarindos, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas en la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía al pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: "Yo soy romano y negligente". Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar un papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino, y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: "_He sido galante", se decía.


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6 págs. / 11 minutos / 25 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Los Chanchos Salvajes

Horacio Quiroga


Cuento


Éramos cuatro cazadores: don Silverio, Venturinha, Israel y yo. A decir verdad, sólo los tres primeros lo eran profesionales, todo lo profesional que puede ser un propietario de media hectárea de mandioca y tabaco, o peón, según las vicisitudes. Yo los acompañaba, nada más, y si mi amor al bosque es fuerte, mi urbanización suele depararme sorpresas encantadoras. De esta especie fue la que me acaeció cierto 14 de enero.

Días anteriores Israel había traído de un pastoreo en la sierra la nueva de una vaquilla comida por un tigre. En un bosque como el de Misiones, donde abunda la caza para fieras, tal apetito civilizado suponía en el merodeador un espíritu poco recto, y sí bien torcido hacia las artimañas de tigre más o menos cebado. Deber nuestro era pues enseñarle la vía derecha con la mira de una escopeta.

Preparámonos. Primero, dar siquiera un pedazo de carne a los perros, pues para un animal que debe correr todo el día tras una fiera, no es excesiva la ración bisemanal de cuatro o cinco mandiocas. Así es su flacura espantosa. Los perros vanse de noche al monte a cazar por su cuenta, y de tarde a robar choclos en las chacras; pero aun así, como no siempre lo consiguen, viven mal, arrastrando con paso huraño su anca angostísima punteada de huesos.

Este sombrío paso desaparece, no obstante, apenas ve el animal aprontes de cacería; y una vez lanzado en pleno monte, el can miserable se transforma en un ser de ágil energía que concentra sus poderosos nervios en la aguda tensión del rastro.


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 22 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Machito

Horacio Quiroga


Cuento


Cuando dos recién casados comprenden que han cumplido la misión encomendada, recurren ─respecto del ser en formación─ a palabras de cómica gravedad: el infante... el heredero... el hombrecito.

Estas expresiones, bien se ve, son dictadas por la dicha de tener el primer hijo.

¡Las pedagogías y los regímenes establecidos de antemano! Se le otorga desde ya, sin embargo, el usufructo de ciertas perversas cualidades. Será, por lo pronto, rabioso como el padre. Esto parece halagar siempre a las madres, por ser el ejercicio del rabiar facultad sumamente viril. El padre en cuestión es, en este caso, un hombre ponderado; no importa: la ternura conyugal exige como adorno de inequívoca hombría, que sea un hombrecito rabioso. Gritará a veces hasta ensordecer la casa.

¡Bello, todo esto! El chico nace ─machito por lo pronto, para mayor gloria de la voz blanca que: «¡No ves! ¡estaba segura!»─ y se duerme, mientras el padre, más cansado que la abuela, la tía y la partera juntas, recostado a la cama dice a su mujer algunas burdas frases de consuelo que tienen el curioso don de conmoverla profundamente.

El chico cuenta ya veinte días, y padre y madre han logrado olvidar la poética historia de la conjuntivitis, el pezón retraído, la obstinación del chico en mamar con la oreja, las griegas y el ácido bórico.

Hasta este momento todo ha ido bien porque, aunque rudo el trabajo, se trataba de la pobre madre y del podre minúsculo ser.

Mas concluido el peligro y excluida toda inquietud, surge de repente una verdad franca, lisa y evidente que los padres no habían sospechado siquiera: que los chicos efectivamente gritan y rabian.

Una verdad así fue la que deslumbró y golpeó al matrimonio de Gastambide-Giuliani cuando su infante gritó a las ocho, gritó a las nueve y gritó a las diez. ¿Enfermo? Jamás. ¿Hambre? Tampoco. ¿Pañal plegado, alfiler abierto? No. ¿Qué, entonces?


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5 págs. / 9 minutos / 18 visitas.

Publicado el 25 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Tierra Elegida

Horacio Quiroga


Cuento


Llegó otra vez otro individuo ardiendo de fiebre agrícola. Ya desde su primer paso en la zona mostró su vena bajándose a recoger una mota roja.

─Excelente tierra ─dijo─. Todo el hierro necesario para el tabaco y el café. En Cuba y San Pablo la tenemos igual.

─¿Es usted español? ─le preguntamos.

─¿Yo? Ni por asomo ─repuso─. Y menos brasileño. Digo «tenemos» en representación de la especie a la que pertenezco. Soy plantador, hijo de la tierra, y nada más. A ella volvemos a la postre, con semillas o con los huesos. ¿Hace mucho que se cultiva yerba aquí?

─Bastante ─respondimos─. Treinta años más o menos.

─Es lo que me han dicho. El Ministerio de Agricultura no escatima incienso a su cultivo. Y hace bien. Yo soy de los que han sentido germinar la semilla del entusiasmo. Devolveré semilla por semilla plantando yerba mate, y quedaremos en paz. Toma y daca.

Dicho lo cual, el plantador desapareció de nuestra vista y del lugar mismo.

Bastante tiempo después supimos de su suerte. En aquel lapso había buscado, examinado y escudriñado como con lupa, las mejores tierras de la región. Sondeó el suelo no sé hasta qué profundidad, huyó como de la peste de los subsuelos de meláfiro demasiado próximos a la superficie, y con mucha mayor razón de los de arenisca. Se cercioró, brújula en mano, de la orientación de las laderas, se informó a conciencia de las bajas extremas de temperatura, y no de la zona general sino de las parcelas elegidas, y esto con todas las razones del mundo, pues nadie ignora que el clima de este país está, respecto a heladas, más cargado de sorpresas que de tormentas.


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4 págs. / 8 minutos / 32 visitas.

Publicado el 13 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

La Capa Escarlata

Horacio Quiroga


Cuento


─Ten mucho cuidado con el color rojo ─había recomendado la vaca a su tierno becerro de lidia destinado un día a sucumbir en la plaza de toros─. Cierra los ojos, vuelve la cabeza, no des un paso más apenas una tenue mancha de sangre comience a invadir el color que miras. Nuestra raza no tiene sino un punto débil pero que pesa sobre nuestra destino como una tremenda fatalidad: la atracción aguda, feroz e indomable por el color rojo. Cierra los ojos ante él, no mires, destrózate las pupilas si es preciso, pues más fatal que la Medusa para los hombres, él enciende el llamaradas de locura nuestra pasión atávica. Cuídate, hijo mío, del trapo rojo.

Con los años, el tierno becerro de lidia, hoy toro de flava melena, no ha olvidado el consejo materno. Pero llegado el instante de prueba, en vez de cerrar los ojos los abre a la súbita, sangrienta pasión que desde el fondo de la raza la lanza enloquecido sobre el manto escarlata.

Como este toro, todas las bestias de lidia han sucumbido en la arena de la plaza, víctimas de su pasión, a pesar de las prevenciones maternales. Mas éstas no se pierden. Empapadas en angustia en un principio, pesan luego cargadas de rencor sobre el destino del hombre, el explotador triunfante de aquel ananké.

─¡Ojalá ─clama la voz─ tu propia raza sufra un día de la pasión mortal que diezma a la nuestra! ¡Quiera el cielo que el color rojo enceguezca también al más tímido de tus hijos, y que a la vista, no sólo de un rojo manto de lidia sino de un inocuo anuncio, del más inocente cartel callejero estampado en tinta de aquel color, pierdas el color y te encarcelen por mirarlo!

Voto éste que parece por fin cumplirse en una localidad europea.


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1 pág. / 1 minuto / 52 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Cantor Errante

Abraham Valdelomar


Cuento


Chasca avanzaba silenciosamente por el borde de los sembríos. El cielo principiaba a oscurecer. El Sol habíase dormido sobre el mar lejano, y él debía estar en el Castillo entrada la noche. Tenía prisa para poder hacer la caminata en seis horas. Como tuviera que saltar muchas vallas, Chasca salió de los sembrados y se internó por su sendero poco traficado; sin embargo iba encontrándose en el camino con gañanes rezagados que caminaban a prisa, temerosos de llegar a sus terrados demasiado tarde.

Bien pronto tuvo que ocultarse para no encontrarse con un grupo numeroso que comentaba la cacería de Makta-Sumac. Los hombres acaloradamente discutían y hablaban de los destinos y de los oráculos, Chasca salió cuando hubo pasado el último quechua. Ya era de noche y el silencio reinaba en todo el Imperio. El viejo guerrero caminaba de prisa. Tenía que concluir el sendero y cortar luego hacia el lado del río, luego subir por el camino de la orilla hasta el puente y pasarlo, para internarse en el vallecito en cuyo fondo se elevaba el castillo del noble joven.

Al acercarse al río, principió a percibirse el ruido del agua desgarrándose entre los peñascales y, serpenteando entre ese ruido, un eco apenas perceptible, suave como un suspiro, el eco de una música lejana. Chasca no reparó; mas, a medida que se acercaba a la caja del río, las notas, entre el ruido rocalloso, se hacían más perceptibles. Era como un quejido sin reproches, un dulce lamento, un dolor supremo e inconsolable, que llegaba a los ojos y les robaba lágrimas, que se filtraba entre los huesos y abría el pecho a todos los dolores pasados.


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4 págs. / 7 minutos / 368 visitas.

Publicado el 1 de mayo de 2020 por Edu Robsy.

El Pozo y el Péndulo

Edgar Allan Poe


Cuento


Impia tortorum longas hic turba furores sanguinis innocui, non satiata, aluit,
sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro, mors ubi dira fuit vita salusque patent.

(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que debió erigirse en el solar del Club de los Jacobinos, en París.)

Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal, les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.


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Dominio público
19 págs. / 34 minutos / 1.122 visitas.

Publicado el 21 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

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