La estancia de los «Horcones», después de extenderse
por varias leguas en el oeste de la provincia,
se ha ido desparramando en otras varias
leguas, por la pampa lindera.
Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo
de tres generaciones de Salazar de Villarica.
Don Martín el fundador, fué un vasco recio y animoso
que se instaló en el entonces semidesierto,
con un rebaño de ovejas y cuya energía logró triunfar
en la lucha incesante con la indiada, con los
malevos, con las policías, con los alcaldes y las
calamidades menores de las sequias torturantes y de
las inundaciones desvastadoras.
El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, heredó
de su padre un vasto y próspero establecimiento,
que él agrandó y perfeccionó mediante un esfuerzo
y una tenacidad dignas del heróico antecesor.
Contribuyó no poco a sus éxitos, Lino Colombo,
robusto y activo mocetón genovés, que empezó
por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una
docena de frutales.
Y dos años después, ya no era una docena, sino
una centena de durazneros, perales, manzanos,
que formaba alegre festón al antes desnudo y triste
caserón de la estancia.
La peonada gaucha miró al principio con adversión
al innovador.
—Ahí viene el loco 'e los árboles—decía despreciativamente
uno, al verlo regresar, siempre a
pie, las herramientas al hombro, en mangas de
camisa, la cabeza eternamente descubierta.
—Ahí está el dueño de la hacienda verde—mofaba
otro, no pudiendo comprender que el campo
pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cría
de vacas, caballos y ovejas.
Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso,
cuando llegó la producción, cuando pudieron
hartarse de duraznos, de peras, de manzanas, de
membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no
las puyas, hacia el «ganadero de la hacienda
verde», a quien, por otra parte, don Carlos dispensaba
la mayor confianza, alentándolo en sus plantaciones.
Leer / Descargar texto 'Los Gringos'