Escribir un cuento con argumento no es cosa difícil, lo hace
cualquiera, un jarro sin asa, según dicen; la cuestión es escribirlo sin
argumento. La vida humana tampoco tiene argumento, ¿quién sabe lo que
será mañana? Las cosas vienen sin que sepamos cómo y se van del mismo
modo.
—¿Qué quieres?—preguntó la mujer a su marido.
—¿Que qué quiero? ¿Lo sé yo acaso...?
La mujer hizo un gesto de resignación y dejó escapar una lágrima.
Indudablemente, no estaba en su sano juicio el hombre que así hablaba y
sí lo estaba la mujer que así lloraba.
—Pero, hijo, la cosa no es para ponerse así.
Llamaba hijo a su marido, y esto no era una pura metáfora; hay de
todo en la viña del Señor. Era la mujer que así hablaba una mujer joven y
hermosa, de carne y hueso, no de alabastro, coral, marfil y todos esos
materiales de que suelen ser las mujeres de los libros (de los libros
cursis). Su marido era más de hueso que de carne.
—Josefa, yo me voy a volver loco si esto sigue así.
—No digas esas cosas, hombre; confía en Dios.
—En Dios, que no abandona a los pajarillos aunque estos se mueran de frio cuando hay helada...
—No digas esas cosas, que Dios puede castigarnos.
—Por ti ha apartado hasta hoy la diestra de sobre nuestras cabezas;
por ti, que le quieres tanto y a quien El tanto quiere, se ha limitado
hasta hoy con dejarnos en la miseria.
—¡Calla, calla! Yo confío en Él.
Así se paso un día, y detrás de este paso otro, en los cuales días no
vino el cuervo de Eliseo a visitar al matrimonio de mi cuento en su
tribulación.
—¡Pan, papá, pan!
Érase un chiquillo enteco, flacucho, negro, los ojos en aureola de
azul y amarillo, brillante y sudorosa la nariz, entreabierta la boca,
engendrado en el seno de la miseria con vislumbres de vicio y oliendo a
estercolero en putrefacción.
—Pan, papá, pan, ¡yo quiero pan!
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