Un muchacho gallego, que estaba en Sevilla sirviendo en una tienda de
comestibles, era íntimo amigo de un gitano calderero, a quien siempre
que con él salía a pasear ponderaba la fertilidad de Galicia. Sus
frondosos bosques; sus verdes praderas, cubiertas de abundante pasto,
donde se crían y ceban hermosos becerros y lucias vacas que dan
mantecosa leche; y la rica copia de flores, frutas y hortalizas que hay
allí por donde quiera, valían mucho más, según el gallego, que los
áridos cortijos, que las estériles llanuras sin árbol que les preste
sombra y sin chispa de hierba, y que los sombríos olivares y viñedos de
Andalucía.
Entusiasmado cierto día el galleguito, comparando la ruindad y
pequeñez de las plantas andaluzas con la lozanía y tamaño colosal de las
de su tierra, llegó a hablar de una col que había crecido en un
huertecillo cultivado por su padre. La col acabó por tener tales
dimensiones que, en el rigor del estío venía una manada de carneros a
sestear a su sombra y a guarecerse de los ardientes rayos del sol.
Mucho celebró y admiró el gitano la magnificencia de la col gallega y
no pudo menos de confesar que el suelo andaluz era harto menos fértil y
generoso en lo tocante a coles.
—Por eso —decía el gitano—, si los andaluces siguiesen mi consejo,
descuidarían la agricultura y se dedicarían a la industria, que empieza
ya a estar muy en auge. Por ejemplo, en Málaga, donde hace poco tiempo
que estuve yo para cierto negocio, vi, en la ferrería del Sr. Leria, una
caldera que estaban fabricando, y que es verdaderamente un asombro.
¡Jesús! Yo no he visto nada mayor. Figúrese usté que en un lado de la
caldera había unos hombres dando martillazos y los que estaban en el
lado opuesto no oían nada.
—¿Pero hombre, dijo el gallego, para qué iba a servir esa caldera tan enorme?
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