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etiqueta: Cuento fecha: 08-06-2016


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La Cama 29

Guy de Maupassant


Cuento


Cuando el capitán Epivent pasaba por la calle, todas las mujeres se volvían. Era el auténtico prototipo del gallardo oficial de húsares. Por ello se exhibía pavoneándose siempre, orgulloso y atento a sus piernas, a su cintura y a su bigote. Y, verdaderamente, eran admirables su bigote, su cintura y sus piernas. El primero era rubio, muy fuerte, y le caía marcialmente sobre los labios, denso, con su bello color de trigo maduro, pero fino, cuidadosamente recortado, descendiendo a ambos lados de la boca en dos poderosas e intrépidas guías. La cintura era delgada, como si llevara corsé, y más arriba surgía un vigoroso pecho masculino, abombado y amplio. Sus piernas eran admirables, unas piernas de gimnasta, de bailarín, cuya carne musculosa dibujaba todos sus movimientos bajo la tela ajustada del pantalón rojo.

Andaba tensando las corvas y separando pies y brazos, con ese pequeño balanceo de los jinetes que tanto favorece a las piernas y al torso, y que parece airoso bajo el uniforme, pero vulgar bajo una levita.

Como muchos oficiales, el capitán Epivent no sabía llevar un traje civil. Vestido de gris o de negro, tenía aspecto de dependiente. Pero en uniforme era un ejemplar. Tenía, además, una hermosa cabeza, la nariz delgada y curva, los ojos azules, la frente estrecha. Es cierto que era calvo, sin que nunca hubiera logrado saber la causa de la caída del pelo. Se consolaba pensando que un cráneo un poco pelado no resulta mal si se tienen unos buenos bigotes.

En general, despreciaba a todo el mundo, aunque establecía muchos grados en su desprecio.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Felicidad

Guy de Maupassant


Cuento


Era la hora del té, antes que trajeran las luces. La ciudad dominaba el mar; el sol, que acababa de ponerse, había dejado el cielo rosa a su paso, salpicado de polvo de oro; y el Mediterráneo, sin una arruga, sin un estremecimiento, todavía resplandeciente bajo el día agonizante, parecía una interminable plancha de metal pulimentado.

Lejos, a la derecha, las montañas escarpadas dibujaban su perfil negro sobre el púrpura pálido del poniente.

Se hablaba del amor, se discutía sobre este viejo tema, volviéndose a decir las cosas ya dichas tantas veces. La suave melancolía del crepúsculo hacía pesadas las palabras, produciendo un sentimiento de ternura en las almas, y aquella palabra, «amor», constantemente pronunciada, tan pronto por la voz fuerte de un hombre como por una voz femenina de timbre ligero, parecía llenar el saloncito, en el que revoloteaba como un pájaro, pesando en su atmósfera como una aparición.

¿Se puede amar durante muchos años seguidos?

—Sí —decían algunos.

—No —aseguraban otros.

Distinguían los diversos casos, establecían diferencias, se citaban ejemplos; y todos, hombres y mujeres, estaban llenos de recuerdos que les volvían y turbaban, pero que no podían citar aunque los tenían a flor de labios, y parecían emocionados, hablaban de aquel tema vulgar y soberano, del acuerdo tierno y misterioso de dos seres, con una emoción honda y un interés ardiente.

De pronto, alguien, con la mirada fija en un punto lejano, exclamó:

—¡Miren allí! ¿Qué es aquello?

Sobre el mar, en el horizonte, surgía una masa gris, enorme y confusa.

Las mujeres se levantaron y contemplaron sin comprender aquel fenómeno sorprendente que jamás habían visto.

Alguien dijo:


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Una Mujercita

Franz Kafka


Cuento


Es toda una mujercita; aunque muy delgada, suele además usar un corsé ajustado; la veo siempre con el mismo vestido gris amarillento, algo así como el color de la madera, adornado discretamente con borlas en forma de botón, de igual color; siempre sale sin sombrero, el rubio cabello opaco y lacio es ordenado, pero también muy suelto. Aunque está encorsetada se mueve con agilidad, y a veces exagera esa facilidad de movimiento; le gusta llevarse las manos a la cintura y girar el torso hacia uno u otro lado, con asombrosa rapidez. Apenas puedo dar una ligera idea de la impresión que me causa su mano, si digo que jamás he visto una cuyos dedos estén tan agudamente diferenciados entre sí como la suya; y sin embargo no presenta ninguna peculiaridad anatómica, es completamente normal.


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El Buhonero

Guy de Maupassant


Cuento


Breves memorias, asuntos insignificantes, dramas humildes presenciados, adivinados, tal vez sospechados, para mi alma joven e ignorante aún, son como hilos que me arrastran poco a poco hacia el conocimiento de la desconsoladora verdad.

A cada instante, cuando vuelvo atrás la vista en mis largas divagaciones, aparecen, risueños o terribles, recuerdos aislados que revolotean a poca distancia de mí como los pájaros en los matorrales.

Caminaba yo en verano por la carretera que domina el hermoso lago Bourget, recreando los ojos en el agua tranquila y azul, de un azul abrillantado con los últimos destellos del sol poniente. Al otro extremo de la inmensa llanura líquida, elevábanse las crestas de las montañas, y a los dos lados del camino, se extendían las viñas enlazadas en los árboles, como guirnaldas suspendidas para engalanar los campos, luciendo varios colores: verde, amarillo y rojo, con golpes negros de abundantes y maduros racimos.


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El Burro

Guy de Maupassant


Cuento


En la espesa niebla dormida encima del río no calaba el más leve soplo de aire. Parecía una nube de algodón mate posada sobre el agua. Ni siquiera se distinguían las orillas, envueltas en vapores de formas raras que tenían perfiles de montañas. Pero al empezar a alborear fue descubriéndose a la vista la colina. Al pie de la misma, a los nacientes resplandores de la aurora, fueron apareciendo poco a poco las grandes manchas blancas de las casas revocadas de yeso. Cantaban los gallos en los gallineros.

A lo lejos, en la otra orilla del río sepultada en la bruma, delante mismo de La Frette, ruidos ligeros turbaban de cuando en cuando el profundo silencio del cielo sin brisa. Se oía a veces un confuso palmoteo, como de una lancha que avanzase con cuidado; otras, un golpe seco, como de un remo que chocase en la borda, y otras, un ruido como de objeto blando que cayese al agua. Y de pronto, el silencio.

De cuando en cuando, unas palabras dichas en voz baja, sin que se pudiese precisar el sitio, quizá muy lejos, quizá muy cerca, perdidas en las brumas opacas, nacidas tal vez en la tierra, tal vez en el río, se deslizaban tímidas, pasaban como esos pájaros salvajes que han dormido entre los juncos y levantan el vuelo con las primeras claridades del día para seguir huyendo, para huir siempre; se los distingue un segundo, cuando atraviesan de parte a parte la bruma, lanzando un grito suave y tímido que despierta a sus hermanos a lo largo de las riberas.

De pronto, cerca de la orilla, al lado del pueblo, se perfiló sobre el agua una sombra, borrosa al principio, pero que fue agrandándose, dibujándose. Saliendo de la cortina nebulosa que envolvía el río, una embarcación de fondo plano, tripulada por dos hombres, atracó en la orilla cubierta de hierba.


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El Hombre de Marte

Guy de Maupassant


Cuento


Estaba trabajando cuando mi criado me anunció:

—Señor, es un hombre que quiere hablar con el señor.

—Hágalo entrar.

De pronto vi a un hombrecillo que saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestro con gafas, cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas demasiado flojas.

Balbuceó:

—Le pido perdón, señor.

Se sentó y continuó:

—Dios mío, señor, estoy demasiado turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no había nadie más que usted... que usted... En fin, me he armado de valor... pero verdaderamente... ya no me atrevo.

—Atrévase pues, Señor.

—Verá, Señor, es que, tan pronto como empiece a hablar usted me tomará por un loco.

—Dios mío, señor, eso dependerá de lo que vaya a contarme.

—Exactamente, señor, lo que voy a decirle es raro. Pero le ruego que considere que no estoy loco, precisamente por esto, yo mismo reconozco lo inusual de mi confidencia.

—Y bien, señor, adelante.

—No señor, no estoy loco, pero tengo ese aspecto propio de los hombres que han reflexionado más que otros y que han franqueado un poco, bien poco, las barreras del pensamiento medio. Piense pues, señor, que nadie piensa en nada en este mundo. Cada uno se ocupa de sus asuntos, de su fortuna, de sus placeres, de su vida, en una palabra, o de pequeñas tonterías divertidas como el teatro, la pintura, la música o la política, la más grande de las necedades, o de cuestiones industriales. ¿Quién piensa? ¿Quién? ¡Nadie! ¡Oh! ¡Me acelero demasiado! Perdón. Vuelvo a mi asunto.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Legado

Guy de Maupassant


Cuento


El señor y la señora Serbois estaban acabando de almorzar, con aspecto taciturno, uno enfrente del otro.

La señora Serbois, una rubia bajita de piel rosada, ojos azules, gestos tiernos, comía lentamente sin levantar la cabeza, como si un pensamiento triste y persistente la hubiera alcanzado.

Serbois, alto, fuerte, con patillas, aspecto de ministro o de hombre de negocios, parecía nervioso y preocupado.

Al fin, profirió como hablando consigo mismo:

—¡Verdaderamente es muy asombroso!

Su mujer preguntó:

—¿Qué, querido?

—Que Vaudrec no nos haya dejado nada.

La señora Serbois enrojeció; enrojeció bruscamente como si un velo rosa se hubiera extendido de repente sobre su piel subiendo desde la garganta al rostro, y dijo:

—Tal vez haya un testamento en la notaría. Aún no sabemos nada.

Y ella parecía en verdad saber.

Serbois reflexionó:

—Sí, es posible, ya que en definitiva ese muchacho era nuestro mejor amigo. No abandonaba la casa, cenaba aquí cada dos días; sé perfectamente que te hacía muchos regalos y que esta era una manera como otra de pagar nuestra hospitalidad, pero es verdad que, cuando se tienen amigos como nosotros, se piensa en ellos a la hora del testamento. Es bien cierto que si yo me hubiera sentido enfermo hubiera hecho algo por él, aunque tú seas mi heredera natural.

La señora Serbois bajó los ojos. Y mientras su marido estaba trinchando un pollo, ella se sonó, como uno hace cuando llora.

Él continuó:

—En fin, es posible que haya un testamento en el notario y un pequeño legado para nosotros. No esperaría gran cosa; un recuerdo, nada más que un recuerdo, un pensamiento, para probarme únicamente que nos tenía aprecio.

Entonces su mujer pronunció con voz temblorosa:


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El Padre

Guy de Maupassant


Cuento


Jean de Valnoix es un amigo al que voy a ver de vez en cuando. Vive en una pequeña casa de campo, a orillas de un río, en el bosque. Se había retirado ahí tras haber vivido en París, una vida de loco, durante quince años. De repente se hartó de los placeres, las cenas, los hombres, las mujeres, las cartas, de todo, y se vino a esta finca en la que había nacido.

Somos dos o tres los que vamos a pasar, alguna que otra vez, quince días o tres semanas con él. Desde luego está encantado de volver a vernos cuando llegamos y de volver a encontrarse solo cuando nos vamos.

Fui, pues, a su casa la semana pasada y me recibió con los brazos abiertos. Pasábamos las horas unas veces juntos, otras en solitario. Generalmente, él lee y yo trabajo durante el día; y cada noche hablamos hasta la medianoche.

El martes pasado, tras un día sofocante, estábamos ambos sentados, sobre las nueve de la noche, mirando cómo corría el agua del río a nuestros pies e intercambiando ideas muy vagas sobre las estrellas que se bañaban en la corriente y que parecían nadar delante de nosotros. Intercambiábamos ideas muy vagas, muy confusas, muy breves, ya que nuestras mentes son muy limitadas, muy simples, muy impotentes. Yo me enternecía con el sol que muere en la Osa Mayor. Palidece tanto que sólo se puede ver cuando la noche está clara. Cuando el cielo está un poco nubloso éste, agonizante, desaparece. Pensábamos en los seres que pueblan estos mundos, en sus modales inimaginables, en sus insospechadas facultades, en sus órganos desconocidos, en los animales, en las plantas, en todas las especies, en todos los reinos, en todas las esencias, en todas las materias que el sueño del hombre ni siquiera puede atisbar.

De repente una voz gritó a lo lejos:

—¡Señor, señor!

Jean contestó:

—Estamos aquí, Baptiste.

Y cuando el criado nos encontró, anunció.


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El Pozo

Guy de Maupassant


Cuento


Muerte ocasionada por golpes y heridas. Así rezaba el cargo de acusación por el cual comparecía ante el juzgado del crimen un tal Leopoldo Renard, tapicero.

Rodeando al acusado se hallaban sus principales testigos: la señora Flameche, viuda de la víctima; Luis Ladureau, ebanista, y Juan Durdent, gasfitero.

Junto al acusado se encontraba su esposa, vestida de negro, pequeña y fea, con aspecto de mona vestida de dama.

Leopoldo Renard refirió con estas palabras el drama:

—Dios mío, fue una desgracia de la cual fui yo, en todo momento, la mayor víctima y en la que mi voluntad no intervino para nada. Los hechos hablan por sí mismos, señor juez. Soy un hombre honesto, un hombre trabajador. Hace dieciséis años que trabajo como tapicero en la misma calle. Todos los vecinos me conocen, me quieren, me respetan, me consideran, como lo han declarado. Hasta la portera, que no está casi nunca de buen humor. Me gusta el trabajo, me gusta el ahorro. Me gustan la gente decente y los placeres honestos. Eso me perdió. ¡Qué le vamos a hacer! Lo hice sin querer, y por eso sigo creyéndome un hombre de honor.

"Hace ya cinco años que mi señora y yo vamos todos los domingos a pasar el día a Poissy Tomamos el aire, y además nos gusta pescar con caña. Eso sí: a los dos nos gusta con locura. Melie es quien me aficionó a la pesca, ¡la haragana! Ella se apasiona mucho más que yo, ¡la muy tiñosa! y ella tiene la culpa de todo este asunto, como verán si me prestan atención.

"Soy vigoroso, pero bonachón No tengo un pelo de maldad. Ella, en cambio, bueno..., ella. ¡Oh, si parece que no mataría una mosca, tan chica, flacucha! ¡Pero más mala que una garduña! No niego sus buenas cualidades, algunas muy importantes para un comerciante. ¡Pero su carácter! Pregunten a los vecinos. La misma portera que declaró en mi favor hace un momento podrá decir algo.


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El "rosier" de la señora Husson

Guy de Maupassant


Cuento


Acabábamos de pasar por Gisors donde me había despertado al oír el nombre de la ciudad gritado por los empleados e iba a adormecerme de nuevo cuando una sacudida horrorosa me lanzó sobre la gruesa dama que se encontraba sentada frente a mí.

Una rueda se le había roto a la locomotora que yacía atravesada en la vía. El ténder y el vagón de equipajes, también descarrilados, se habían acostado al lado de esta moribunda que roncaba, gemía, silbaba, soplaba, escupía, parecía uno de esos caballos caídos en la calle, cuyo flanco se mueve, cuyo pecho palpita, cuyos ollares humean, y cuyo cuerpo completo tiembla, pero que no parecen capaces de hacer el menor esfuerzo para levantarse y volver a caminar. No había muertos ni heridos, sólo unos cuantos contusionados, pues el tren no había alcanzado aún mucha velocidad, y mirábamos desolados, el grueso animal de hierro lisiado, que ya no podría transportarnos y que bloqueaba la vía por mucho tiempo quizá, pues sería necesario sin duda traer un tren de socorro desde París.

Eran las diez de la mañana, y me decidí de inmediato a regresar a Gisors para almorzar allí. Mientras caminaba por la vía me preguntaba: «Gisors, Gisors, yo conozco a alguien aquí. Pero ¿quién? ¿Gisors? Veamos, yo tengo un amigo en esta ciudad.» Y de pronto, un nombre surgió de mi memoria: «Albert Marambot». Era un antiguo compañero de colegio, que no había vuelto a ver desde hacía doce años por lo menos, y que ejercía en Gisors la profesión de médico. Con frecuencia me había escrito invitándome; yo le había prometido venir, pero sin cumplir mi promesa. Esta vez, por fin, aprovecharía la ocasión. Pregunto al primer transeúnte que encuentro:

—¿Sabe usted dónde vive el doctor Marambot?


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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