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etiqueta: Cuento fecha: 09-11-2017


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Un Viaje Indiscreto

Katherine Mansfield


Cuento


1

Se parecía a santa Ana. Sí, con aquel manto negro sobre la cabeza, los mechones grises colgándole y el quinqué humeante en la mano, mi portera parecía la imagen de santa Ana. Cosa realmente hermosísima, pensé sonriéndole. Pero ella dijo con severidad:

—Son las seis en punto. Sólo tiene el tiempo justo. Hay un tazón de leche sobre la mesa escritorio.

Salí de mi pijama para zambullirme en un lebrillo de agua fría como lo hace toda dama británica en las novelas francesas. La portera abrió las contraventanas persuadida de que iría a parar a la celda de una cárcel o moriría a punta de bayoneta, y, al hacerlo, penetró una fría claridad. En el río pitaba un vaporcillo; un carro tirado por dos caballos pasó a todo galope; los rápidos remolinos de las aguas; los altos árboles negros de la otra orilla, agrupados como negros conversando. «Siniestro, sin duda», pensé, mientras me abotonaba mi secular impermeable Burberry. (Aquel Burberry tenía mucha importancia. No era mío. Me lo había prestado una amiga. Mis ojos se encandilaron al verlo colgado en su diminuto y obscuro vestíbulo. Era lo que yo necesitaba. El disfraz perfecto y apropiado; un viejo Burberry. Con un Burberry usado se ha hecho frente a más de un león. Damas envueltas en Burberrys usados han sido salvadas de botes que hacían agua en mares agitados como montañas. Un Burberry usado se me antojaba el santo y seña de todo viajero que se respetara y fuera sin disputa tenido por tal. Y, así diciendo, dejé en su lugar mi abrigo púrpura con piel de foca auténtica en el cuello y las bocamangas.)

—No conseguirá llegar allí —decía mí portera al ver que me subía el cuello—. No, nunca.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Una Aventura Verídica

Katherine Mansfield


Cuento


«Ante la ávida mirada del viajero, la pequeña ciudad se extiende como un tapiz de tonos marchitos surcado por los hilos de plata de los canales y animado por las notas del carillón del Gran Campanario. En Brujas la vida se ha detenido hace tiempo y sólo ensueños fantásticos alientan sobre sus torres y portaladas medievales, que nos encantan la vista, inspiran el alma y colman la mente con la majestuosa belleza de lo contemplativo.»

Leí este párrafo de la guía mientras esperaba a Madame en el salón del hotel. Aquello resultaba extremadamente confortador y sentí que mi corazón, cohibido bajo las grises envolturas de mil y una ciudades, despertaba exultante.

Me pregunté si tendría ropa suficiente para quedarme cuando menos un mes. «Soñar durante todo el día —pensaba—. Tomar una barca y dejarla ir flotando de aquí para allá por los canales o amarrarla a un verde arbusto de los que crecen en matorral por las orillas, contemplar absorta las fachadas de las mansiones medievales, y luego, al toque de oración, hallarse tendida sobre el crecido césped de la pradera de Béguinage mirando los altos olmos cuyo follaje tocado por el oro crepuscular temblará en el aire azul. De la diminuta capilla llegarían los ecos de rezos monjiles y una quedaría saturada de poesía para todo el invierno.»

Me remontaba majestuosamente en las flamantes alas de mi fantasía, cuando Madame entró a decirme que no disponía de habitación para mí. Ni una cama ni un solo rincón estaban libres. Se mostró muy amable, y parecía encontrar en aquello algún secreto motivo de regocijo, pues me miraba como si esperase que fuera yo a echarme a reír de contento.

—Mañana —dijo— creo que habrá. Espero que se vaya del once un joven que se ha sentido indispuesto repentinamente. Ahora está en la farmacia. ¿Quiere tomarse la molestia de ver su habitación?


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Cómo Secuestraron a Pearl Button

Katherine Mansfield


Cuento


Pearl Button se estaba meciendo subida en la puertecilla que había ante la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Era poco después del mediodía y hacía sol. Unos vientecillos revoltosos, que jugaban al escondite, aupaban el delantal a Pearl, queriendo taparle la boca con los volantes, y alzaban el polvo de la calle por encima de la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Y al mirar aquella nube de polvo, se acordó de su mamá cuando iba a sazonar el pescado y se le caía la tapa del bote de la mostaza. Se mecía sólita en el portillo cantando una cancioncilla, cuando pasaron por la calle dos mujeres gordas. Una vestida de rojo y la otra de verde y amarillo. Ambas llevaban pañuelos color rosa en la cabeza y en el brazo sendos canastos de helechos. No tenían zapatos ni medias, y, como estaban tan gruesas, caminaban muy despacito, riéndose y charlando. Al verlas, Pearl dejó de mecerse y las mujeres también se detuvieron a mirarla y hablaron entre sí, agitando los brazos y palmoteando. Lo que a Pearl le hizo reír.

Entonces las dos mujeres se acercaron hasta el mismo seto, junto a la puertecilla, lanzando miradas temerosas hacia la casa de cuartitos chiquitos como cajones.

—Hola, pequeña —dijo una.

—Hola —respondió Pearl.

—¿Estás sólita?

Y ella dijo que sí con la cabeza.

—¿Dónde está tu mamá?

—En la cocina-planchando-porque-es-maar-tes.

Las dos mujeres se rieron y ella rió también.

—Hum —les dijo—, me parece que no tenéis muy limpios los dientes. Reíros otra vez.

Y las dos mujeres morenas de nuevo rieron y otra vez se pusieron a hablar entre ellas con palabras muy raras y muy raros movimientos de brazos.

—¿Cómo te llamas? —le preguntaron.

—Pearl Button.

—¿Quieres venir con nosotras, Pearl Button? Tenemos cosas muy bonitas que enseñarte —le dijo en voz baja una de las mujeres.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Viejo Underwood

Katherine Mansfield


Cuento


(A Anne Estelle Rice)

Descendía a grandes trancos del cerro batido por el vendaval. En una mano llevaba un paraguas negro, y en la otra un hatillo hecho con un pañuelo moteado de blanco y encarnado. Usaba la negra gorra de visera de los pilotos; aros de oro relucientes pendían de sus orejas y sus ojillos chispeaban como dos brasas; dos brasas entre las cenizas de su cara barbuda. A un lado del cerro, todo a lo largo del camino hasta el mar, pinares. Del otro, matojos de hierba y blancos y pequeños arbustos de manuka en flor. Las altas copas de los pinos bramaban como las olas, y sus troncos crujían como crujen las arboladuras de las embarcaciones. Las blancas flores de manuka revoloteaban en el aire. «¡Ah!», gritaba el viejo Underwood amenazando con su paraguas al vendaval que arremetía contra él, que estaba a punto de derribarlo, de estrangularlo con su propia capa negra. «Ahh», respondía el viento cien veces más fuerte que él, llenándole de polvo la boca y la nariz. El viejo Underwood sentía dentro de sí algo que golpeaba como un martillo: «Uno, dos; uno, dos», sin parar nunca, sin variar jamás. No podía evitarlo. No era un ruido fuerte, casi no era un ruido, sino como alguien que llamara cautelosamente a una puerta. «Uno, dos; uno, dos.» Como si alguien golpeara las rejas de una prisión —pam, pam, pam—: alguien que estuviera encerrado y tratara de escaparse. Podía hacer lo que quisiera; palparse sus ropas, agitar los brazos, escupir, jurar. No podía acallar aquel ruido. «Alto, alto, alto, alto», repetía el viejo Underwood echando a correr a trompicones.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Esta Flor

Katherine Mansfield


Cuento


Ya le conté a usted, mi querido y necio señor,
cómo de aquella ortiga peligrosa recogimos esta flor de seguridad.
 

¡Cuánto había esperado aquel momento! Lo que ahora sentía no tenía ningún punto de contacto con nada de lo que había sentido anteriormente: era algo único, maravilloso. Algo así como una perla perfecta puesta junto a otra de notoria imperfección... ¿Cómo podría ella describir su felicidad? Imposible. Era como un sueño del que aún no había despertado del todo. Había tenido valor para luchar contra los acontecimientos y ahora, de repente, se daba cuenta de que su lucha había terminado. Y no era sólo esto, sino que ahora sabía que aquella lucha le iba a producir unos frutos inmediatos, que había alcanzado la meta que se había fijado hacía mucho tiempo. Sentía que formaba parte de aquella habitación, de «su» habitación, del gran ramo de anémonas que la adornaba, de la blanca cortina que se agitaba a impulsos de la ligera brisa, de los espejos, de las mullidas alfombras. Que formaba parte del glorioso tañido de campanas que era la vida, que ella misma era una partícula de la vida, de la luz...

El doctor volvió a entrar. Su pequeña figura resultaba ridícula con el estetoscopio colgado al cuello —ella le había pedido que examinara su corazón—, frotándose una contra otra sus manos recién lavadas...

Había cumplido eficientemente con lo que Roy le había pedido. Ni siquiera había sido doloroso. No podían permitirse el tener un hijo. Roy había obtenido, no sabía cómo, las señas de aquel sospechoso doctorcillo.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Estampas Primaverales

Katherine Mansfield


Cuento


1

Llueve. Grandes gotas que salpican blandamente las manos y las mejillas. Goterones cálidos como estrellas derretidas. «¡Rosas! ¡Lirios! ¡Violetas!», grazna la vieja bruja en el arroyo. Pero los manojos de lirios, entre verdores escarolados, se asemejan a coliflores mustias, y de ellos se desprende un olor desagradable y enfermizo. Va y viene arrastrando el rechinante carretillo. Nadie quiere comprar aquello. Es necesario andar por en medio de la calle; no hay sitio en las aceras. Todas las tiendas están de bote en bote. Todas exhiben volantes andrajosos, encajes manchados, cintajos sucios; algo con que atraerle a uno. Han instalado fuera mesas con cañones de juguete, soldados y Zeppelines, o marcos para fotografías completados con bellezas que miran de soslayo. Hay enormes montones de amarillentos sombreros de paja, formando en pirámides de confitería, y ristras de botas de color y de zapatos, tan pequeños, que no le sirven a nadie. Hay una tienda repleta de saldos de pequeños impermeables, con un letrero —«Bebé»— en medio de ellos. Los azules para las niñas, los rosas para los chicos.

—¡Lirios, rosas, bonitas violetas! —gorjeaba la vieja bruja en el momento de tropezar con otro carretillo.

Pero éste no se mueve. Está abarrotado de lechugas, y su propietaria, una vieja gorda, duerme profundamente, tirada en él, todo a lo largo, con la nariz en las raíces de las hortalizas.

¿Quién va a comprar aquí nada? Las vendedoras son mujeres. Están sentadas en sus banquillos de tijera, pensativas, con la mirada perdida. De vez en cuando una de ellas se levanta, coge un plumero, como una antorcha humeante, y sacude esto o aquello. Luego vuelve a sentarse. Hasta el viejo con gafas color naranja, que tiene un balón por barriga y está dando vueltas al soporte de las postales cómicas, lo hace girar y girar sin decidirse.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Abandonada o la Mujer Solitaria

Katherine Mansfield


Cuento


Durante todo el día, el calor fue terrible. El viento soplaba a ras del suelo, rastreando entre las matas de hierba y deslizándose todo a lo largo del camino, de modo que el polvo blanquecino y volcánico, agitado en remolinos, nos fustigaba el rostro, depositándose en él, endureciéndose y formando una especie de piel reseca que pugnaba por extenderse a todo el cuerpo. Los caballos avanzaban penosamente tosiendo y resoplando. El que llevaba la impedimenta estaba enfermo; tenía una llaga enorme y sangrante bajo el vientre, producida por el roce de la cincha, y de vez en cuando se quedaba parado en seco, volvía la cabeza para mirarnos, como si fuera a quejarse, y relinchaba. El cielo era pizarroso y en él chirriaban cientos de alondras, de modo que me recordaban el chirriar del pizarrín al escribir en la pizarra. No se alcanzaba a ver otra cosa que oleadas y oleadas de herbazal, salpicado por orquídeas purpúreas y matas de manuka, recubiertas de espesas telarañas.

Jo cabalgaba en cabeza. Llevaba una camisa de galatea azul, pantalón de pana y botas de montar. Se había anudado alrededor del cuello un pañuelo blanco moteado de rojo, que daba la impresión de haber servido para enjugar una hemorragia nasal. De su flexible de fieltro con anchas alas se escapaban mechones de cabello cano, y su bigote y cejas podía decirse que eran blancos. Iba ladeado en la silla y rezongando. Ni una sola vez había cantado en todo el día su estribillo:


No podía. Pues, ¿qué?, ¿no comprendes?,
estaba mi suegra delante de mí.
 


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Casa que No Era

Katherine Mansfield


Cuento


«Dos al revés, dos al derecho, el-hilo-por-delante-de-la-aguja y coger dos puntos a un tiempo.» Como una vieja canción, como una canción que hubiera repetido tantas veces, que no tuviera sino que exhalar la voz para cantarla, iba musitando las rutinas del ganchillo. Otra camiseta casi terminada para el paquete de las misiones.

—Sus camisetas, señora Bean, son algo que tiene tan buena acogida. Mire a estos pobrecillos bichejos sin un trapo —y la esposa del pastor le había mostrado la foto de unas repulsivas cosillas negras con vientres abultados como limones...

«Dos al revés, dos al derecho.» Dejó caer el tejido en el regazo, dio un gran suspiro y se quedó mirando ante sí un momento. Luego volvió a cogerlo y empezó de nuevo. ¿En qué pensaba cuando suspiraba así? En nada. Era su costumbre. Siempre estaba suspirando. Cuando iba por la escalera, sobre todo. Ya bajara o subiera, solía detenerse, y, alzándose el vestido con una mano, la otra en el barandal, se quedaba mirando los escalones y suspiraba.

«Elhilopordelantedelaaguja...» Se sentó junto a la ventana del comedor que daba a la calle. Era un desagradable día de otoño. El viento corría por la calle como un perro flaco. Las casas de enfrente parecían haber sido recortadas con unas malvadas tijeras de acero, y pegadas sobre el papel gris del cielo. No se veía un alma.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Los Vestidos Nuevos

Katherine Mansfield


Cuento


Sentadas ante la mesa del comedor, la señora Carsfield y su madre daban los últimos toques a los vestidos de casimir verde que las dos señoritas Carsfield estrenarían al día siguiente, para ir a la iglesia, con el complemento de unos cinturones verde manzana y sendos sombreros de paja con cintas colgantes. La señora Carsfield había puesto toda el alma en ellos y como aquella noche Henry volvería tarde, porque había ido a una reunión de la Liga Política, su madre y ella podían disponer a sus anchas del comedor y, como decían, tenerlo todo revuelto sin molestar a nadie. El tapete rojo había sido retirado de la mesa, y en ella habían instalado la máquina de coser, su regalo de bodas, un cesto de costura obscuro, el género y algunas revistas de modas con hojas arrancadas. La señora Carsfield hacía que la máquina fuera despacio, para que el hilo verde no se rompiera; conservaba la vaga esperanza de hacerlo durar más, si lo empleaba poco a poco. Y la anciana, sentada en una mecedora, la falda recogida y los pies abrigados con zapatillas de fieltro, posados sobre un cojín, iba anudando los hilos rotos de la máquina y cosía una tira de encaje en los puños y cuello de un vestido. Cuando la llama del gas oscilaba y disminuía, la anciana levantaba la vista para mirar al mechero.

—Debe de haber agua en la tubería, Anne —dijo. Y tras breve pausa insistió de nuevo—: Anne, tiene que haber agua en la tubería.

Otro silencio seguido de una verdadera explosión de energía.

—Sí, eso es, estoy segura.

Anne, ante la máquina, frunció el ceño. «Me ataca los nervios —pensó—, esa manía de repetir tanto las cosas. Y siempre cuando no hay posibilidad humana de evitarlo. Sin duda es cosa de la edad, pero resulta molestísimo.» Luego en voz alta:


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Seis Peniques

Katherine Mansfield


Cuento


Los niños son seres incomprensibles. ¿Por qué un chiquillo como Dicky, de ordinario más bueno que el pan, sensible, cariñoso, dócil y extraordinariamente sensato para su edad, tenía aquellas rarezas, y, sin que nada pudiera hacerlo prever, súbitamente, se convertía, como decían sus hermanas, en un «perro rabioso», y entonces no había nada que hacer con él?

—¡Dicky, ven aquí! ¡Venga usted aquí ahora mismo! ¿No estás oyendo que te llama tu madre? ¡Dicky!

Pero Dicky no hacía caso. Y había oído de sobra. Mas su única respuesta era una risita clara, tintineante. Salía corriendo a esconderse entre el heno sin segar del prado, atravesaba luego a todo correr el cobertizo de la leña, pasaba como un torbellino hacia la huerta, y allí, escabullándose, asomaba la cabeza tras los musgosos troncos de los manzanos para mirar a su madre, y se ponía a dar saltos como un indio bravo.

Había empezado a la hora del té. Mientras su madre y la señora Spears, que había ido a pasar la tarde con ella, estaban en la sala tranquilamente ocupadas con sus labores, he aquí lo que, según la criada, ocurrió cuando los niños tomaban el té. Estaban comiendo las primeras rebanadas de pan con mantequilla tan modositos y tan tranquilos que daba gusto verlos, y ella acababa de servirles la leche y el agua, cuando, de repente, Dicky cogió la fuente del pan, se la puso del revés sobre la cabeza, y, apoderándose también del cuchillo, gritó:

—¡Miradme!

Sus hermanas le miraron muy asustadas y antes de que la criada pudiera cogerlo, el plato se tambaleó, y, resbalando, fue a parar al suelo, donde se hizo añicos. Y en aquel crítico instante se alzaron las voces de las niñas, gritando a más no poder:

—¡Madre, ven a ver lo que ha hecho!

—¡Dicky ha roto un plato muy grande!

—¡Ven a sujetarlo!


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

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