Textos más populares esta semana etiquetados como Cuento publicados el 10 de mayo de 2021 | pág. 4

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etiqueta: Cuento fecha: 10-05-2021


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Solución

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Más fijo era que el sol: a las tres de la tarde en invierno y a las cinco en verano, pasaba Frasquita Llerena hacia el Retiro, llevando sujeto por fuerte cordón de seda rojo, cuyo extremo se anudaba a la argolla del lindo collarín de badana blanca y relucientes cascabeles argentinos, a su grifón Mosquito, pequeño como un juguete. El animalito era una preciosidad: sus sedas gris acero se acortinaban revueltas sobre su hociquín, negro y brillante, y sus ojos, enormes parecían, tras la persiana sedeña, dos uvas maduras, dulces de comer. Cuando Mosquito se cansaba, Frasquita lo cogía en brazos. Si por algo sentía Frasquita no tener coche, era por no poder arrellanar en un cojín de su berlina al grifón.

Solterona y bien avenida con su libertad, Frasquita no se tomaba molestias sino por el bichejo. Ella lo lavaba, lo espulgaba, lo jabonaba, lo perfumaba con colonia legítima de Farina; ella le servía su comida fantástica: crema de huevo, bolitas de arroz; ella le limpiaba la dentadura con oralina y cepillo. De noche, en diciembre, saltaba de la cama, descalza, para ver dormir al cusculeto sobre almohadón de pluma, bajo una manta microscópica de raso enguatado. De día, lo sacaba en persona «a tomar aire puro». ¿Confiarlo a la criada? ¡No faltaría sino que lo perdiese o se lo dejase quitar!


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Las Setas

Emilia Pardo Bazán


Cuento


La jardinera, al pasar arremolinando una nube de polvo, justificaba su nombre: hacía el efecto de enorme ramillete. Los trajes borrosos de los hombres desaparecían bajo los de percal rosa, azul y granate de las mujeres, y las pamelas de paja y las amplias sombrillas eran otros tantos cálices de gigantesca flor, abiertos sobre el verde gayo y frescachón del campo galaico.

Bajáronse los expedicionarios al pie del castañar, que les ofrecía para su merienda regalada sombra. Destaparon el cesto y, acomodándose sobre la hierba mullida, despacharon, entre alborozo, agudezas y carcajadas, el jamón fiambre y las rosquillas que regaron con champaña. Después corretearon por el bosque, jugando a esconderse. Eran siete, tres matrimonios y un muchacho soltero, gente distinguida de la corte, que veraneaban en el puertecillo de la costa cantábrica, y se sentía embriagada por el aire puro, los sanos alimentos y la, para ellos, desconocida belleza del país. Mientras el soltero Manolo Chaveta se ocultaba detrás del matorral, y las señoras, Clara, Lucía y Estrella, se dedicaban a buscarle entre el ramaje de los castaños nuevos, los tres maridos, Juan, Antonio y Perico, se entretenían en coger setas que Antonio declaraba comestibles.

—Las freiremos con tocino —exclamó—, y veréis qué bocado delicioso.

Al ponerse el sol tenían dos pañuelos henchidos de setas morenas, leves como el corcho, olientes a almendra amarga.


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Por España

Emilia Pardo Bazán


Cuento


(El viaje de novios de Mister Bigpig).


Al desembarcar en Cádiz, ya el novio venía malhumorado. Encontraba que la novia, en todo el tiempo que había durado la travesía, por otra parte muy feliz, no pensaba tanto en él como en España, tierra expresamente elegida por la antojadiza criatura para comerse el panalito de miel. Y la novia —que harto sacrificio había realizado al prescindir de su libertad de mujer independiente casándose con un hombre prosaico y opulento— andaba un poco distraída, y en el puente del buque, de noche, gustaba de aislarse, de contemplar a solas las estrellas sobre el cielo turquí del Mediodía, y rechazaba el brazo conyugal, afanoso de ceñirse a su talle.


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Planta Montés

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Hubo larga deliberación, y se celebró una especie de consejo de familia para decidir si era o no conveniente traerse a aquel indígena de la más enriscada sierra gallega a servir en la capital de la región. Ello es que emprendíamos la doma de un potro; tendríamos que empezar enseñando al neófito el nombre de los objetos más corrientes y usuales, dándole una serie de «lecciones de cosas», que me río yo de la escuela Froebel. Pero tan ahítos estábamos del servicio reclutado en Marineda, procedente de fondas y cafés, picardeado y no instruido por el roce, ducho en hurtar el vino y en saquear la casa para obsequiar a sus coimas, que optamos por el ensayo de aclimatación. En el fondo de nuestro espíritu aleteaba la esperanza dulce de que al buscar en el seno de la montaña un muchacho inocente y medio salvaje, hijo y nieto de gentes que desde tiempo inmemorial labran nuestras tierras, ejerceríamos sobre el servidor una especie de donominio señorial, reanudando la perdida tradición del servicio antiguo, cariñoso, patriarcal en suma. ¡Tiempos aquéllos en que los criados morían de vejez en las casas!…


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Prueba al Canto

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Discutíamos una noche en el saloncito verde del Circulo de pensadores trascendentales (sociedad que murió joven por falta de cuotas), acerca de socialismo y comunismo, y el buen Zenón Veleta, siempre amigo de contradecir, porfiaba que ninguno, ni aún los mismos que echan bombas de dinamita o clavan puñales y suben al patíbulo, es comunista de verdad, en el fondo de su alma.

—A mí no me digan —argüía Zenón—. No existe el tal comunismo; es una farsa, moralmente hablando: obras son amores y no buenas razones.

—¿Y no llama usted obras —exclamó el excelentísimo señor D. Tristán Molinillo, individuo correspondiente de la Ciencias históricas de Estocolmo—, a dejarse apretar el pescuezo? Quisiera yo verle a usted…

—¡Antes ciegue usted que tal vea! —saltó furioso Zenón.

—Entiéndame usted bien: yo sostengo que todos los días aparecen gentes que se juegan la vida por un quítame allá esas pajas. Cada novillada, en los pueblos, cuesta dos o tres muertos y diez o doce heridos graves. Que se encienda ahora una guerra civil al grito de… lo que ustedes gusten, y sobrarán voluntarios. Arme usted un motín, por consumo va o consumo viene, y se echarán a la calle como fieras innumerables ciudadanos ayer pacíficos, sin temor a que les rompan la crisma. Por unas copas; pro diez céntimos; por una palabra más alta que otra; por cualquier futesa, se desmondongan los chulos en tabernas y fandangos. Créalo usted; de la vida hace poco caso el hombre; fácilmente la tira por la ventana: el morir en aras de una doctrina ni siquiera indica que el mártir la profesa sinceramente. El caso, señores, no es morir por una doctrina, sino vivir por ella y según ella.

Ahí está como yo juro y perjuro que no existan tales comunistas ni anarquistas; que son un mito, engendrado por el miedo burgués. Y si no, a la prueba.


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Volunto

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Sin darse cuenta de ello, naturalmente, Napoleón cometió una vez en su vida señalada imprudencia. La cosa ocurrió en España, donde bien pudiera decirse que no cometió esa sola el conquistador del mundo, siendo la primera y trascendental haberse metido en ratonera semejante.

Sin embargo, la imprudencia a que me refiero fue doblemente grave, amén de inexplicable, y sólo la excusa, o la excusaría ante la Historia, si la Historia la conociese, esa mágica y prestigiosa seguridad que tienen los grandes hombres de que el azar está en favor suyo, aun cuando en España bien pudo entender el héroe de Austerlitz que la suerte empezaba a cansarse de prodigarle caricias locas.


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Teorías

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Las muchachas curiosas y siempre en acecho de novios, que se asomaban a las ventanas angostas del caserío pueblerino de la Cañosa, para ver pasar cada dos horas un gato cazador, y cada tres o cuatro una vieja toda rebozada en un manto ala de mosca, dirigiéndose a alguna iglesia donde se rezase el rosario o se celebrase un triduo, no sabían del nuevo médico, Julián Carmena, sino que se llamaba así, que era bajo de estatura y enjuto de rostro, que andaba como distraído, y que del bolsillo del gabán, cortado y llevado sin pizca de gracia, le asomaba siempre algún librote.

«Es un tipo raro» fue la impresión que se comunicaron las consabidas muchachas, al ver con escandalizado asombro que el médico ni alzaba los ojos, atraído por los claveles y geranios que daban en los balcones su nota de rosa y fuego, como símbolo del amor, emboscado tras de hierros y vidrios…

Estaba visto: no le importaban las señoritas a Julián. Y tampoco parecían sacarle de quicio las mozallonas que cogían agua en la fuente y bailaban el domingo en un salón infecto, ni las domésticas de casa humilde, que salían a la compra con un cesto a la vuelta casi tan vacío como a la ida… ¿En qué pensaba el médico, me lo quieren ustedes decir? Pensaba —y, por cierto, a todas horas— en honduras de filosofía y de política ideal. Aparte de los momentos en que necesitaba ocuparse de sus enfermos —lo cual sucedía raras veces, pues en la Cañosa parecía haber peste de salud, según decía amargamente el boticario—, Julián se pasaba el día, y buena parte de la noche, en lecturas, con fiebre de saber lo que se devanaba en el mundo del pensamiento, allá en los países donde fermentaba la gran transformación social. Su ensueño de ojos abiertos le absorbía. No salía mucho de casa, y apenas tenía amigos en aquel rincón donde las mentalidades eran tan diferentes de la suya.


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Lo Imposible

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—Dile a ese tarambana que pase…

Tal fue la orden de don Máximo de la Olmeda cuando le anunciaron a su sobrino, que regresaba del viaje por el extranjero, y venía a presentarle sus respetos, según carta recibida la víspera.

Don Máximo estaba sentado en el eterno sillón de ruedas, en el cual le paseaba un criado por todas las habitaciones de la vasta casona. Porque ha de saberse que don Máximo tenía rotas ambas piernas, y no se había encontrado modo de soldarlas, pues los huesos del viejo señor eran ya como cañas secas, tanto, que la fractura ocurrió sin que la precediese caída; sencillamente al dar un paso. No se pudo hacer otra cosa que sostenerlas con un vendaje, y así, clavado en su poltrona, pasábase los días rabiando, a veces exhalando gritos de dolor, o vomitando atroces blasfemias, alternadas con devotas invocaciones a varios santos, a la Virgen del Carmen y al Cristo de la Olmeda, que es muy milagrero.

Autorizado en tan incorrecta forma, entró el sobrino, y se acercó al paciente, mejor dicho, al impaciente, con solícita expansión cariñosa.

—¡Hola! ¿Qué tal, tío Máximo? ¿Cómo van esas piernas? ¿Y cómo ha sido? ¡Lo he sentido mucho! ¿No puede usted aún andar, moverse?

—¡Andar! Cuatro meses hace que estoy así, ¡me parto en…! ¡Anda, siéntate ahí, cuéntame qué has hecho! Me figuro que traerás novedades…


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Poema Humilde

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Lo que voy a contaros es tan vulgar, que ya no pertenece a la poesía, sino a la bufonada en verso: ni al arte serio, sino a la caricatura grotesca, de la cual diariamente hace el gasto. Sed indulgentes y no me censuréis, porque donde suele verse risa he visto una lágrima.

Lo que voy a contaros son los amoríos del soldado y la criada de servir. Se querían desde la aldea, donde ambos nacieron; y cuando, después de haber destripado terrones toda la semana, las noches de los sábados salían los mozos de parranda y broma, cantando y exhalando gritos retadores, Adrián siempre echaba raíces en la cancilla de Marina, y Marina no se despegaba de la cancilla para dar palique a Adrián. Las tardes de los domingos, al armarse el bailoteo sobre el polvo de la carretera, la pareja de Adrián era Marina, y que nadie se la viniese a disputar; y al celebrarse la fiesta patronal, sentados juntos en la umbría de la tupida «fraga» —mientras la gaita y el bombo resonaban a lo lejos, doliente y quejumbrosa la primera, rimbombante y triunfador el segundo—, Marina y Adrián callaban como absortos en el gusto de allegarse, aletargados de puro bienestar. Sólo al anochecer, hora de regreso a sus casitas por los caminos hondos, Adrián, despidiendo un suspirote, soltaba el brazo con que tenía ceñida solapadamente la cintura maciza y redonda de su rapaza.


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Porqués

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Al bajar la escalera del hotel —después de las despedidas penetradas, los apretones de manos largos y expresivos, las frases musitantes, acompañadas de convencional mímica, de todo pésame— los amigos ya comentaban indignados la escandalosa actitud del huérfano y la viuda, tranquilos «como si tal cosa», y hasta sonrientes… Sí, sonrientes; lo afirmó Ramírez Hondal, que lo había visto con sus ojos, y lo confirmó Piñales, que forzando la nota exclamó que no era sonrisa, sino risa…

—¡Carcajadas!, falló Muntises, entre las protestas del grupo, que avanzaba por la acera compacto y alegre, con la alegría egoísta de desahogo, peculiar de las salidas de duelo y los regresos de camposanto.

—Carcajadas, no; ni risa, tampoco —rectificó Benibar—, pero, positivamente, triste no estaban. Y ¿quieren ustedes que les diga la verdad, sin ambages ni repulgos? Yo, en su caso, tampoco me desharía en lágrimas, no.

—¿Por qué? —preguntaron casi a un tiempo cuatro voces. El pobre Manolo no se portaba tan mal.

—Era fiel, buen marido…

—Acrecentó su fortuna…

—Al chico le adoraba… No se consolaba de verle así…

—¡Ah! ¡Eso clama al cielo! Es que ese chico… —murmuró Piñales— ese chico… ¡no hay sino verle! Le ha señalado Dios: le ha escrito en el rostro y en el cuerpo la maldad… Por algo es jorobado, torcido, bizco, temblón de las manos y de los pies; por algo hace con la cara esos continuos gestos que parecen de terror, esos visajes ridículos… No les quepa a ustedes duda, los seres deformes son desnaturalizados. Monstruos por fuera, monstruos por dentro… Compasión me daba ver a Manolo pendiente de los antojos de ese escuerzo, y a veces se me ocurría aconsejarle que buscase otro hijo de mejor facha, aunque fuese en la Inclusa.


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