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etiqueta: Cuento fecha: 17-06-2016 contiene: 'u'


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Pierrot

Guy de Maupassant


Cuento


La señora Lefèvre era una mujer de campo, una viuda medio campesina, medio señora, que se adornaba con cintas y volantes y llevaba sombrero. Era una de esas personas que hablan enfáticamente, que cuando se encuentran en público se dan tono de grandeza, y que bajo un aspecto cómico y abigarrado esconden un alma de bestia presuntuosa de la misma manera que bajo guantes de seda cruda disimulan sus encarnadas manazas.

Por criada tenía á una honrada campesina, muy sencilla, que se llamaba Rosa.

Y las dos mujeres vivían en una casita pequeña, una casita con persianas verdes, que á lo largo de un camino de Normandía se alzaba en el centro del territorio de Caux.

Como frente á su casa tenían un pequeño jardín, en él cultivaban legumbres.

Pero sucedió que, una noche, les robaron una docena de cebollas.

En cuanto Rosa se enteró del hurto, corrió á prevenir á la señora, que bajó vistiendo refajo de lana. Y se produjo una escena de verdadera desolación, de verdadero terror. Habían robado, robado á la señora Lefèvre... En el país se robaba, y el robo podía repetirse.

Las dos mujeres, aterrorizadas, contemplaban las huellas de los pasos y hacían mil suposiciones. «Por ahí han pasado —decían— y subiendo por la tapia han saltado al camino».

Y el porvenir las aterrorizaba, y ya no podían dormir tranquilas.

La noticia circuló rápidamente: los vecinos llegaron, empezaron á discutir, y las dos mujeres comunicaban sus ideas y sus observaciones á cuantos llegaban.

Un labrador que vivía muy cerca les dió un consejo: «Ustedes deberían tener un perro».

Y era verdad; debían tener un perro aun cuando sólo fuese para dar la voz de alarma. Y no un perro grande, ¡santo Dios! ¿Qué harían con un perro grande? se arruinarían para darle de comer. Un perro pequeñito... con que ladrase sería bastante.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Un Golpe de Estado

Guy de Maupassant


Cuento


París acababa de enterarse del desastre de Sedan. Se proclamaba la República. Francia entera jadeaba al comienzo de esa demencia que duró hasta después de la Comuna. Se jugaba a los soldados de una punta a otra del país.

Fabricantes de géneros de punto eran coroneles y desempeñaban cargos de generales; revólveres y puñales se desplegaban en torno a gruesos vientres pacíficos rodeados por cinturones rojos; pequeños burgueses convertidos en guerreros de ocasión mandaban batallones de voluntarios chillones y juraban como carreteros para adquirir empaque.

El mero hecho de manejar armas, de tener fusiles complicados, enloquecía a aquella gente que hasta entonces sólo había manejado balanzas, y la hacía, sin la menor razón, temible para el recién llegado. Ejecutaban a inocentes para probar que sabían matar; fusilaban, merodeando por las campiñas todavía vírgenes de prusianos, a los perros vagabundos, a las vacas que rumiaban en paz, a los caballos enfermos que pacían en los pastos.

Cada cual se creía llamado a desempeñar un gran papel militar. Los cafés de los más míseros villorios, llenos de comerciantes de uniforme, parecían cuarteles o ambulancias.

El pueblo de Canneville ignoraba aún las desquiciadas noticias del ejército y de la capital; pero una extremada agitación lo perturbaba desde hacía un mes, los partidos contrarios se encontraban frente a frente.

El alcalde, señor vizconde de Varnetot, un hombrecillo flaco, ya anciano, legitimista incorporado al Imperio hacía poco por ambición, había visto surgir un decidido adversario en el doctor Massarel, un gordo sanguíneo, jefe del partido republicano en el distrito, venerable de la lógica masónica de la cabeza de partido, presidente de la Sociedad de Agricultura y del cuerpo de bomberos, y organizador de la milicia rural que salvaría a la comarca.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Un Viejo

Guy de Maupassant


Cuento


Todos los periódicos habían insertado este anuncio: "La nueva estación balneario de Rondelis ofrece ventajas deseables para una estancia prolongada e incluso para una permanencia definitiva. Sus aguas ferruginosas, reconocidas como las primeras del mundo contra todas las afecciones de la sangre, parecen poseer además cualidades particulares, propias para prolongar la vida humana. Este resultado singular es tal vez debido en parte a la situación excepcional del pequeño pueblo, edificado en plena montaña, en el medio de un bosque de abetos. Pero desde siempre han existido casos de longevidad extraordinarios."

Y el público asistía en masa.

Una mañana, el médico de las aguas fue requerido por un nuevo viajero, el señor Daron, llegado hacía unos días y que había alquilado una casa encantadora, en el límite del bosque. Era un anciano de ochenta y seis años, todavía joven, enjuto, bien parecido, activo y que tenía una preocupación infinita por disimular su edad.

Hizo sentar al médico y lo interrogó rápidamente:

—Doctor, si estoy bien, es gracias a la higiene. Sin ser demasiado viejo, tengo ya una cierta edad, pero evito todas las enfermedades, todas las indisposiciones, todos los más ligeros malestares gracias a la higiene. Se dice que el clima de este país es muy bueno para la salud. Estoy dispuesto a creerlo, pero antes de establecerme aquí, quiero pruebas. Le rogaría, pues, que viniese a visitarme una vez por semana para darme exactamente los siguientes informes:

Primero deseo la lista completa, muy completa, de todos los habitantes de la ciudad y de los alrededores que han pasado de los ochenta años. Necesito también algunos detalles físicos y sicológicos de ellos. Quiero conocer su profesión, su forma de vida, sus costumbres. Cada vez que una de estas personas muera, usted deberá avisarme, e indicarme la causa precisa de su muerte, así como las circunstancias.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Una Viuda

Guy de Maupassant


Cuento


Ocurrió el suceso, durante la época de caza, en el Castillo de Banneville. El otoño era lluvioso y triste; las hojas secas, en vez de crujir bajo los pies, se pudrían en las rodadas de los caminos empapadas por los aguaceros.

Casi desnudo ya de hojas, el bosque desprendía humedad como una sala de baños. Al penetrar en él, se sentía bajo los árboles, azotados por los chubascos, un tufo mohoso, un vaho de agua pantanosa, de hierbas humedecidas, de tierra mojada, y los cazadores, abrumados por aquella inundación continua; los perros, macilentos, con el rabo entre las patas y el pelo pegado sobre los lomos, y las jóvenes cazadoras, con los vestidos calados por la lluvia, regresaban todas las tardes, fatigadas de cuerpo y alma.

Después de comer, en el gran salón jugaban a la lotería, displicentes y sin animación, mientras el viento empujaba con violencia los postigos y hacia girar las veletas como un trompo. Quisieron entretenerse narrando cuentos, como dicen las novelas que se hace; pero a ninguno se le ocurrió nada que distrajera. Los cazadores explicaban aventuras a escopetazos, matanzas de conejos, y las mujeres se quebraban la cabeza sin hallar algo semejante a la imaginación de Scheherazada.

Se disponían a buscar otra diversión, cuando una muchacha, jugando distraídamente con la mano de una tía suya, vieja solterona, tropezó en una sortija hecha con cabellos rubios, que había visto ya otras veces sin que fijara su atención, y haciéndola girar en el dedo, preguntó:

—Dime, tía: ¿qué significa esto? Parece pelo de niño.

La señorita se ruborizó, luego palideció y dijo al fin con voz temblorosa:

—Es una historia tan triste, tan triste, que jamás quiero referirla, porque originó la desgracia de toda una vida. Entonces era yo muy joven, pero me ha quedado un recuerdo tan doloroso, que aún me hace llorar.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

San Antonio

Guy de Maupassant


Cuento


Lo llamaban "San Antonio" porque, además de llamarse Antonio, era bondadoso, alegre, bromista, buen bebedor y vigoroso perseguidor de mozas, a pesar de sus sesenta años.

Labriego en la comarca de Caux, de color arrebatado, ancho pecho y voluminoso vientre, parecía encaramado sobre sus largas piernas, excesivamente delgadas para las anchuras de su cuerpo.

Viudo, vivía sólo con su criada y dos criados en la casa de labranza cuyos trabajos dirigía, echando una mano en toda ocasión, atento siempre a sus conveniencias, muy entendido en sus asuntos, en la cría de ganados y en el cultivo de las tierras. Sus dos hijos y sus tres hijas, casados todos ventajosamente, vivían también en los contornos de Caux, y una vez al mes iban a comer con su padre. Su vigor era celebrado por cuantos lo conocían, repitiéndose allí, como un proverbio, esta frase: "Tal o cual es fuerte como 'San Antonio'". Cuando llegó la invasión prusiana, "San Antonio", en la taberna, prometió comerse un ejército, porque era charlatán como un verdadero normando, bastante mandria y fanfarrón. Daba puñetazos en las mesas, que retemblaban haciendo saltar las tazas y los vasos, y gritaba, con el rostro enrojecido y la mirada socarrona, con la exaltación mentirosa de un hombre satisfecho:

—¡Voy a tragármelos! ¡ Por vida de...!

Imaginaba que los prusianos jamás llegarían a Tanneville; pero en cuanto supo que se habían apoderado ya de Rautot, se encerró en su casa y desde la ventana de la cocina miraba constantemente hacia la carretera, esperando el momento en que brillarían a distancia los fusiles.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Un Normando

Guy de Maupassant


Cuento


Acabábamos de dejar a Ruán y marchábamos a trote largo por la carretera de Jumiéges. El coche avanzaba ligero, cruzando praderas; al empezar a subir la cuesta de Cantaleu, el caballo se puso al paso.

Se descubre desde allí uno de los espléndidos panoramas del mundo. A nuestras espaldas, Ruán, la ciudad de las iglesias y de las torres góticas, cinceladas con minuciosidad de figurillas de marfil; delante, Saint—Sever, el barrio de las fábricas, que yergue al cielo sus mil chimeneas humeantes frente por frente de las mil torrecillas sagradas de la vieja ciudad. Aquí, la flecha de la catedral, cúspide de la más elevada de los monumentos humanos, y allá, la "bomba de Fuego", de "El Rayo", su rival, tan gigantesca como ella, y que sobrepasa en un metro a la más alta de las pirámides de Egipto.

Frente a nosotros se alargaba el Sena, ondulante, salpicado de islas, costeado a la derecha por blancas escarpas que corona un bosque, y a la izquierda por praderas anchísimas, que también limitan un bosque, allá al fondo, muy lejos.

De trecho en trecho, grandes barcos anclados a lo largo de las riberas del ancho río. Tres enormes vapores desfilaban uno tras otro rumbo al Havre; y un rosario de embarcaciones, formado por un buque de tres palos, dos goletas y un bergantín, subía río arriba, hacia Ruán, arrastrado por un pequeño remolcador que despedía una humareda negra.

Mi acompañante, natural de la región, no se molestaba siquiera en mirar tan extraordinario paisaje; se limitaba a sonreír; parecía estar gozando de antemano con otra cosa. Y de pronto exclamó:

—Va usted a ver en seguida una cosa curiosa: la capilla de San Mateo. Eso sí que es gloria pura, amigo mío.

Lo miré con sorpresa, y él siguió diciendo:


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Restos del Naufragio

Guy de Maupassant


Cuento


Me gusta el mar en diciembre, cuando los extranjeros se han marchado, pero me gusta, lógicamente, de un modo sobrio. Acabo de pasar tres días en lo que se llama una ciudad costera.

En el pueblo, tan lleno de parisinos no hace mucho, tan ruidoso y alegre, no hay más que pescadores que pasan en grupo, caminando con pesadumbre, con sus grandes botas marineras, el cuello envuelto por la lana, llevando en una mano una botella de aguardiente y en la otra la linterna del barco. Las nubes llegan del norte y corren alocadas en un cielo ensombrecido; el viento sopla. Las extensas redes están extendidas en la arena, cubierta de restos devueltos por las olas. Y la playa tiene un aspecto penoso, ya que los botines de las mujeres ya no dejan marcados los profundos agujeros de sus altos tacones. El mar, gris y frío, con un borde espumoso, sube y baja sobre este arenal desierto, ilimitado y siniestro.

Al llegar el atardecer, todos los pescadores llegan a la misma hora. Dan vueltas durante largo tiempo alrededor de las barcazas encalladas, que semejan pesados peces muertos; guardan en sus bolsas pan, algo de mantequilla, un vaso, luego empujan hacia el agua la pesada mole que pronto se balancea, abre sus alas marrones y desaparece en la noche, con una pequeña luz en el extremo del mástil. Unos grupos de mujeres que habían permanecido hasta la salida del último pescador, regresan al pueblo adormecido, y sus voces turban el profundo silencio de las calles apaciguadas.

Yo mismo iba a regresar cuando divisé un hombre: estaba solo, envuelto en un abrigo oscuro; caminaba deprisa y recorría con la mirada la extensa soledad del arenal, escrutando el horizonte, buscando a alguien.


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Un Drama Verdadero

Guy de Maupassant


Cuento


«Lo verdadero puede a veces no ser verosímil»
Boileau, Art poétique, III, 48

Decía yo el otro día, en este lugar, que la escuela literaria de ayer se servía, para sus novelas, de las aventuras o de las verdades excepcionales encontradas en la existencia; mientras que la escuela actual, al no preocuparse sino por la verosimilitud, establece una especie de media de los acontecimientos ordinarios.

Y hete aquí que me comunican toda una historia, ocurrida, al parecer, y que se diría inventada por algún novelista popular o algún dramaturgo delirante.

Es, en cualquier caso, pasmosa, bien urdida y muy interesante en su extrañeza.

En una propiedad rural, mitad granja y mitad quinta, vivía una familia que tenía una hija a la que cortejaban dos jóvenes, hermanos.

Éstos pertenecían a una antigua y excelente casa, y vivían juntos en una propiedad vecina.

El preferido fue el mayor. Y el pequeño, a quien un amor tumultuoso le trastornaba el corazón, se tornó sombrío, soñador, errabundo. Salía durante días enteros o bien se encerraba en su habitación, y leía o meditaba.

Cuanto más se acercaba la hora de la boda, más receloso se volvía.

Aproximadamente una semana antes de la fecha fijada, el novio, que regresaba una noche de su cotidiana visita a la joven, recibió un disparo a quemarropa, en un rincón del bosque. Unos campesinos, que lo encontraron al nacer el día, llevaron el cuerpo a su hogar. Su hermano se sumió en una fogosa desesperación que duró dos años. Se creyó incluso que se metería a cura o que se mataría.

Al cabo de esos dos años de desesperación, se casó con la novia de su hermano.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

¡Solo!

Guy de Maupassant


Cuento


Habíamos comido juntos varios amigos de buen humor, alegres y contentos. Uno de ellos, el más viejo de todos nosotros, me dijo:

—¿Quieres que subamos a pie la avenida de los Campos Eliseos?

Y salimos juntos siguiendo a paso lento el largo y ancho paseo bajo los árboles casi desprovistos de hojas. No se oía otro ruido sino ese rumor confuso y continuo que se escucha en. París a todas horas. Un vientecillo fresco nos azotaba el rostro, y allá arriba el cielo oscuro, negro, cubierto de estrellas, parecía sembrado de un polvo de oro. Mi compañero me dijo:

—No sé por qué respiro aquí de noche mejor que en ninguna otra parte. Me parece que mi pensamiento se ensancha. Hay momentos en que siento esa especie de luz en el entendimiento que hace creer, durante un segundo, que se va a descubrir el divino secreto de las cosas. Pero pasado ese instante la luz se extingue... la ventana se cierra y ¡se acabó!

De cuando en cuando veíamos deslizarse dos sombras a lo largo de los árboles, o pasábamos por delante de un banco donde estaban dos seres sentados uno junto a otro, y cuyas negras siluetas se confundían en una sola. Mi amigo murmuró:


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Sueños

Guy de Maupassant


Cuento


Fue después de una cena de amigos, de viejos amigos. Eran cinco: un escritor, un médico, y tres solteros ricos sin profesión.

Se había hablado de todo, y se había llegado a una lasitud, esa lasitud que precede y decide la partida después de una fiesta. Uno de los comensales, que miraba desde hacía cinco minutos, sin hablar, el agitado bulevar, constelado por las boquillas del gas y lleno de zumbidos, dijo de pronto:

—Cuando no se hace nada de la mañana a la noche, los días son largos.

—Y las noches también —añadió su vecino.

Yo apenas duermo, los placeres me cansan, las conversaciones no varían; jamás encuentro una idea nueva, y experimento, antes de hablar con no importa quién, un furioso deseo de no decir nada y no oír nada. No sé qué hacer con mis veladas.

Y el tercer desocupado proclamó:

—Estaría dispuesto a pagar bien una forma de pasar, cada día, sólo dos horas agradables.

Entonces el escritor, que acababa de echarse el abrigo al brazo, se acercó.

—El hombre —dijo— que descubriera un vicio nuevo, y lo ofreciera a sus semejantes, aunque eso redujera su vida a la mitad, haría un servicio más grande a la humanidad que aquél que encontrara el medio de asegurar la salud y la juventud eternas.

El médico se echó a reír, y mientras mordisqueaba un cigarro dijo:

—Sí, pero las cosas no se descubren de este modo. Aunque se ha buscado encarecidamente y trabajado el asunto desde que el mundo existe. Los primeros hombres llegaron de golpe a la perfección en esto. Nosotros apenas los igualamos...

Uno de los tres desocupados suspiró.

—¡Es una lástima!

Luego, al cabo de un minuto, añadió:

—Si tan sólo pudiéramos dormir, dormir bien sin tener ni frío ni calor, dormir con ese anonadamiento de las noches de gran cansancio, dormir sin sueños.


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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